POR FRANCISCO JOSÉ ROZADA MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE PARRES-ARRIONDAS (ASTURIAS)
Ángel -mi hermano menor- falleció en la madrugada de este último día del mes de mayo. Su cuerpo decidió que hasta ahí llegaría y -tras poco más de un año desde que supo el pronóstico de su enfermedad- esa luz se apagó, dejándonos un hueco notable en el alma y en el corazón.
Tenía 64 años, aún con bastantes sueños por delante y esperaba que la vida le regalase unos cuantos años más, como me comentaba en estos últimos meses de vida, después de haber decidido pasarlos conmigo en mi domicilio particular -ya que le parecía el lugar más apropiado- y no tener que vivirlos solo en el piso de su propiedad, a un paso de mi casa.
En estos apenas doce meses de manifiesta enfermedad he comprendido que Ángel no solo representa parte de mi pasado -lo mismo que los otros dos hermanos que me siguen en edad- sino que además he aprendido que la muerte llega cuando menos lo esperamos y -aunque deja siempre mucho dolor- también nos deja aprendizajes.
En este caso concreto el aprendizaje de la entereza, la resistencia, el estoicismo, la serenidad y la firmeza ante la adversidad más dura a la que debes enfrentarte cuando te anuncian una muerte segura, con un plazo prefijado más o menos aproximado para su llegada.
Es un tema a veces no fácil de entender, porque puede haber personas que no estén preparadas para perder a miembros de su familia más jóvenes que uno mismo. No parece haber lógica para algunas cosas pero -por duro que parezca- hay que aceptar estos tropiezos en la vida como tantos otros que pueden suceder durante nuestra existencia.
Puede ser que el duelo sea a veces una montaña rusa de emociones que van, vienen, suceden en corto tiempo, se encuentran y hasta chocan de frente. Cada cabeza es un mundo y unos responderán con sentimientos tristes, algunos más reaccionarán enojados, desesperados, apáticos, ensimismados, pesimistas e, incluso, incrédulos.
No hay nada de malo en ninguno de ellos, porque cada cabeza es un mundo, cada quién asimila los momentos de distinto modo y de acuerdo a su personalidad. Vive tu proceso como el corazón te dicte y no te desesperes si los demás lo hacen distinto a ti.
Pero también habrá momentos en los que sentirás rabia, enojo, y también se vale expresarlo y dejarlo salir, porque no pudiste hacer nada para evitar que sucediera, porque lo vas a extrañar el resto de tu vida. El tiempo suele ser una reconfortante terapia y la pérdida de personas queridas -como en el caso de los padres (o de un hermano en este caso)- ofrecen nuevas perspectivas sobre la vida, las relaciones o las cosas que verdaderamente importan.
Aprendemos a valorar lo que antes parecía simple y a apreciar todo aquello que normalmente damos por sentado.
Si algo me queda claro es que -aunque se hayan ido- de las personas que quisiste seguirás aprendiendo durante mucho tiempo, como en el caso de nuestros muy queridos padres, José María Rozada Blanco -fallecido con 96 años de edad en el año 2012- y Enriqueta Martínez Priede, fallecida a los 77 años en el año 1997. Así vamos muchas veces por la vida, llenos de dudas y de «esto lo dejo para después». Pero si algo nos enseñan estas experiencias es que nada nos asegura que viviremos más allá de mañana, de un año, de diez, o vaya usted a saber hasta cuándo.
Realmente en el río de la vida no se nada contracorriente: él mismo nos lleva. Comenzamos a envejecer el día que nacemos y es un proceso tan interesante porque es algo que no se nos impone. Vivimos muriendo poco a poco y hemos de procurar morir viviendo. Ángel reconoció y aceptó plenamente que hay enfermedades que tienen un fin anunciado y que no merece la pena alargarlo artificialmente. Sabía que todo es relativo, porque en el corazón pueden exhibirse más arrugas que en la cara, todo depende de cómo se haya andado la vida anterior, el camino ya recorrido.
El alma no decae con el cuerpo, sino que se perfecciona. No sé si la vida nos va haciendo más sabios con los años, al menos sí más prudentes.
Aprender a cumplir años con comprensión ayuda sin duda a avanzar de la mano de la esperanza, a pesar de la espada de la caducidad en el tiempo por el que transitamos. Todos conocemos nuestro final, el más común de todos los destinos, lo único infalible, la única verdad palmaria y evidente. Por mucha parsimonia y mucha prudencia con que se administren las oportunidades de la vida, nadie alargará la suya más allá de la roja cruz que señala el lugar y la fecha previstos.
Realmente la actitud de Ángel ante su destino final fue admirable, ligero de equipaje trató de tú a tú a su cáncer sobre el trampolín que le ofrecieron los últimos meses de vida, sin una sola lágrima, sin un dolor, como quien toma el relevo que le corresponde en una carrera que nunca se termina. Cualquiera que sea la edad a que se muera, se encontrarán el fin absoluto y nuestra realidad existencial, más allá de nuestro cuerpo y nuestra mente.
El estado de supraconciencia está más allá de la experiencia cotidiana porque la realidad existencial es eterna…cada uno lo comprobará en su hora final. Que el equilibrio, la quietud, el silencio y la paz sean eternas para Ángel, sin fronteras, allá donde la muerte ya no es enemiga de la vida, porque forma parte de ella y nos devuelve a nuestro origen después de haber actuado en el escenario del mundo sin que ya nos afecte el papel que nos haya tocado interpretar.
FUENTE: https://www.facebook.com/franciscojose.rozadamartinez
