POR AGUSTIN DE LAS HERAS, CRONISTA OFICIAL DE VALDEPIÉLAGOS (MADRID).
Quizás ya en aquella habitación de un bajo por el que se llegaba por un portal de la calle del Doce de Octubre número 19, cuya ventana daba a la calle Fernán González, Clio me susurrara el presente para que pudiera rescatarlo del pasado en un futuro muy lejano.
Cuando cerraba la puerta de mi dormitorio mis pensamientos se escapaban entre vivir o ser vivido.
Hablaba con mi amiga Esfher de cómo en aquellos años de nuestra infancia nos introdujeron en el vermú dominical.
Salir a tomar el vermú era una castiza forma de quedar con los amigos, la familia y los amigos de la familia para, en un vía crucis muy especial recorrer los bares del barrio antes de ir a comer.
La zona de El Retiro que forman las calles de Fernán González, Sainz de Baranda, Narváez, Ibiza, Menéndez Pelayo… era una zona de bares ideal para estas procesiones.
Un barrio va cambiando su apariencia según cambian sus locales. Muchos a fuerza de jubilaciones de quienes los regentan y por la falta de continuidad en su existencia..
Quienes habéis vivido o recorrido las calles que he comentado en los años 70 y 80, recordaréis lugares que fueron desapareciendo. Una de las primeras fue la tienda de ultramarinos que con todo respeto llamábamos la del «Tío Miserias» una tienda en la esquina de Fernán González con Sainz de Baranda. Ya desde que entrabas, el espacio era tétrico formado por un laberinto de cajas que sólo dejaban un pasillo hasta el mostrador. Al abrir la puerta sonaba una campanilla. Casi nunca veías al dueño y este aparecía a tus espaldas o por detrás de cajas superpuestas con un ¿Qué quieres chaval? que me hacia pegar un salto. Aún recuerdo cómo era, embutido en una bata blanca con un lápiz en la oreja que utilizaba para hacer la cuenta en una esquina de una pila de papel de estraza.
A ese lugar mi madre me mandaba a por media libra de chocolate, o unas sardinas arenques de barril para mi padre o cuarto y mitad de galletas María.
Al lado estaba la tienda de chuches de la asturiana Tina, con sus mejillas coloradas y su bata azul oscuro.
Pero antes de perderme en recordar aquellas tiendas lo que quería decir es que los únicos establecimientos que denotaban un cambio irremediable para el barrio era la desaparición de los bares.
Fue en aquellos templos de nuestro época donde me regalaron mis primeras claras, cerveza con gaseosa, cuando acompañaba a los mayores. A Esther, como no le gustaba la cerveza le introdujeron en el mundo del vermú con mucha Casera. No, no pasábamos de doce años. Hoy día les habrían quitado la patria potestad a todas las familias del barrio por introducir a niñas y niños en el mundo del alcohol. Pero bueno, aquí estamos.
Ya os hablé una vez del bar de Pepe.
Dentro de una delgadez nervuda no paraba de circular por aquella barra de su bar en forma de ele.
Los primeros cortos no sé si me los tomé en ese bar o en los Fernández. Eran otros tiempos, donde tu propia familia en aquellos vermús de sábados y domingos, con la visita de la familia o amigos, te introducían antes en el mundo de aquella Mahou del Paseo Imperial que en los de la cocacola y la mirinda.
Aquella ele de mostrador bajaba hacia el suelo, por el lado de los clientes, en una curva convexa de una piedra verde oscura que siempre la recuerdo brillante por una grasilla extraña. La barra era más baja, y de madera, junto a una puerta de la calle Narváez esquina a Doce de Octubre. El suelo de aquel bar estaba algún escalón por encima de la calle.
Por debajo de estanterias de cristal en las paredes, por dentro de la barra, había multitud de grabados taurinos, en blancos y negros, con suertes y lances. Pero no sé si por la tez y el perfil de su cara, o por su deje andaluz sevillano que no había desaparecido que, yo me quedaba extasiado mirando un retrato dibujado de Manolete, el torero, y mirando una y otra vez a Pepe, pensaba que eran la misma persona.
Pepe siempre estaba atento, al quite de cualquier ronda. Y cuando mis padres tomaban cañas y yo nada, el plato del aperitivo siempre venía con tres palillos que pinchaban un boquerón o unas ricas patatas fritas que en forma de barca llevaban una sardinilla.
En aquel bar llegaron los primeros flippers al barrio. Aquellos cajones llenos de cables por dentro, con la pendiente necesaria para que lanzaras cinco bolas una a una y bajaran por debajo de un cristal, rebotando en paredes y artilugios, haciendo que un marcador mecánico te fuera indicando los puntos que te faltaban para hacer partida. Y tú mientras, de puntillas, te sujetabas como podías a los botones que controlaban los mandos para evitar que las bolas se colaran.
Según envejecía Pepe los flippers, llamados ya pinballs, se hacían más complicados cambiando cables por sistemas digitales.
Y los años pasaban. Y ya cerca de embarcarme en otras aventuras recuerdo que Pepe nos vendía litronas que llevabamos al parque. Una de las ultimas litronas me sirvió de compañia para ver a Radio Futura en el Paseo de Coches de El Retiro.
Y un día, el bar de Pepe, Doce de Octubre esquina con Narváez, se convirtió en una agencia de viajes.
Y todos perdimos a una excelente persona, que con torera maestría, tiraba y tiraba cañas para alegrarnos aquellos días.
El otro templo estaba en la calle del primer conde independiente de Castilla, Fernàn González, frente a la ventana de mis sueños, màs exactamente en el número 75.
Mientras el bar de Pepe era un bar bético o madridista, el bar Fernández era territorio del Atlético de Madrid.
La familia Berlanga regentaba este bar.
Antes de entrar ya te despejaban las dudas. En el cartel ponía Bar Fernández, cerveza y mariscos. Y digo yo ¿Para qué más?.
Tres hermanos se repartían estrategicamente la barra donde se mostraban raciones que daban sentido a un sábado o un domingo.
Mi amiga Esther ha despertado mi mente eidética de recuerdos poniéndome en contacto con José Luis, uno de los hijos de aquellos castizos servidores de un barrio que regalaban felicidad tirando bien las cañas y sirviendo raciones de berberechos o gambas a la plancha que aún recuerdo. Este bar poseía una ele invertida en su forma que retrocedía hacia una cocina al final de la derecha.
El local lo presidía una fotografía enmarcada de un pueblo madrileño con la imponente torre de una iglesia, la de Colmenar de Oreja.
Recuerdo al padre de José Luis, Valentín, y a los hermanos del padre, Hilario y Luis. José Luis tenia un hermano que se llamaba como su padre, Valentín, que nos dejó hace unos años. E incluso a su madre que creo era la artifice de aquellas raciones.
Algo característico de la barra es que los tres camareros iban impolutos dentro de sus chaquetas blancas, camisa y corbata negra.
El bar de los Fernández se teñía de símbolos del Atleti y una clientela que seguía esa bandera.
El bar de Pepe ya no existe, al igual que el de los Fernández, y los protagonistas de aquel escenario también nos han ido dejando como hace unos días, la madre de nuestra amiga Esrher.
Pero nada ni nadie muere mientras haya alguien que lo recuerde.
Y hoy yo lo recuerdo.
