CHINCHILLA, EL TREN DE LOS QUE NUNCA REGRESARON
Nov 01 2026

POR LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁN CRONISTA OFICIAL DE CARTAGENA (MURCIA) .

                                         

Hay viajes que nunca terminan. Trenes que parten de una estación cargados de pasajeros, maletas, ilusiones y pequeños proyectos cotidianos, pero que jamás alcanzan su destino. Detrás de cada accidente ferroviario quedan familias rotas, ausencias irreparables y recuerdos que el paso del tiempo no consigue borrar. España está viviendo un año especialmente doloroso, con las tragedias ferroviarias de Adamuz y Urda, que han vuelto a sembrar de luto nuestro país. Y ante semejante desgracia, quienes vivimos en Cartagena no podemos evitar recordar otra noche terrible, la del 3 de junio de 2003.

Aquel martes, alrededor de las diez menos veinte de la noche, un Talgo procedente de Madrid y con destino a Cartagena chocaba frontalmente contra un tren de mercancías en las proximidades de Chinchilla de Montearagón, en Albacete. Diecinueve personas perdieron la vida y decenas resultaron heridas. Una tragedia que conmocionó a España, pero que golpeó especialmente a Cartagena, porque algunos de aquellos viajeros eran nuestros vecinos, personas con familias que los esperaban.

El accidente ocurrió en un tramo de vía única. El Talgo circulaba hacia Cartagena mientras un mercancías avanzaba en dirección contraria. Una autorización equivocada de salida permitió que ambos convoyes coincidieran sobre la misma vía. El choque fue espantoso. Las locomotoras quedaron destrozadas y el combustible derramado provocó un incendio que alcanzó varios coches de viajeros. En pocos segundos, aquella noche se convirtió en un infierno.

Entre los fallecidos había personas nacidas en Cartagena y otras estrechamente vinculadas a nuestra ciudad. Algunas fueron despedidas en sus iglesias y parroquias, mientras familiares, amigos y compañeros intentaban asimilar lo sucedido. Aquellos días, Cartagena compartió el dolor de quienes habían perdido a sus seres queridos en un viaje que debía terminar aquella misma noche.

Pero las diecinueve víctimas no fueron simplemente una cifra en las estadísticas ferroviarias. Eran personas con sus propias historias, sus familias, sus ilusiones y sus proyectos. Algunas regresaban a casa; otras viajaban por motivos profesionales o personales. Todas tenían algo en común: alguien las esperaba al final del trayecto. Y ese encuentro nunca llegó a producirse.

También hubo supervivientes que consiguieron escapar de aquella tragedia, pero que quedaron marcados para siempre por lo vivido. Porque un accidente ferroviario no termina cuando se retiran los restos de los vagones. Continúa durante años en el recuerdo de quienes sobrevivieron y, sobre todo, en la ausencia que acompaña a las familias de quienes perdieron la vida.

Así quedaron los dos trenes tras el accidente ocurrido el 3 de junio de 2003.
Así quedaron los dos trenes tras el accidente ocurrido el 3 de junio de 2003.
La investigación judicial determinó que el accidente se produjo por un error del responsable de circulación de Chinchilla, condenado en 2006 a dos años de prisión por diecinueve homicidios por imprudencia grave profesional y numerosos delitos de lesiones. Pero aquella tragedia también puso de manifiesto la necesidad de modernizar los sistemas de seguridad para impedir que una equivocación humana pudiera desencadenar semejante desastre.

Hubo investigaciones, responsabilidades, indemnizaciones y mejoras técnicas. Sin embargo, ninguna sentencia podía devolver la vida a quienes murieron ni reparar completamente el sufrimiento de sus familias. Porque las consecuencias de una tragedia semejante no se miden únicamente por el número de fallecidos o heridos, sino también por el dolor que permanece cuando las noticias desaparecen de las primeras páginas de los periódicos.

Han transcurrido veintitrés años y España vuelve a enfrentarse al dolor de nuevas catástrofes ferroviarias. Adamuz, en enero, y Urda, en octubre, nos recuerdan que detrás de cualquier balance de víctimas existen personas, no simples cifras. Las circunstancias de estos accidentes son diferentes y sus causas deben investigarse con rigor, sin anticipar conclusiones ni buscar culpables antes de conocer los hechos.

Sin conexión ferroviaria
Y aquí aparece una paradoja especialmente amarga para Cartagena. Hoy no puede repetirse exactamente aquella tragedia entre un Talgo de viajeros y un mercancías en servicio regular por Chinchilla, sencillamente porque los trenes de pasajeros han dejado de circular por esa línea. Los mercancías continúan utilizándola, pero los viajeros siguen esperando la recuperación de una conexión ferroviaria que durante generaciones unió nuestra ciudad con Madrid.

Lo que comenzó como una suspensión temporal por obras lleva ya varios años prolongándose. La reapertura continúa siendo una de las reivindicaciones más insistentes de Cartagena y de las poblaciones atravesadas por esta histórica línea. Y conviene decirlo claramente: la solución a los problemas de seguridad ferroviaria no consiste en dejar de tener trenes, sino en disponer de infraestructuras modernas, seguras y eficaces.

Cartagena merece recuperar su ferrocarril convencional con Madrid. Lo necesita su puerto, su industria, su actividad turística y, especialmente, sus ciudadanos. Pero esa reivindicación debe quedar hoy en segundo plano ante algo mucho más importante: el recuerdo de quienes perdieron la vida.

A las familias de Chinchilla, a las de Adamuz, a las de Urda y a todas las que alguna vez han sufrido una tragedia ferroviaria les debemos algo más que unas palabras de condolencia. Les debemos memoria, respeto y el compromiso de aprender de los errores para que semejantes desgracias no vuelvan a producirse.

Porque los trenes pueden volver a circular, las vías pueden repararse y las estaciones recuperar su actividad. Pero hay algo que ninguna obra ni ningún avance tecnológico podrá devolver.

Aquellas personas que una tarde salieron de viaje y nunca regresaron a casa.

FUENTE:https://www.laverdad.es/murcia/cartagena/chinchilla-tren-nunca-regresaron-20261031222252-nt.html

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