POR RICARDO GUERRA SANCHO, CRONISTA OFICIAL DE ARÉVALO (ÁVILA).
Quién nos iba a decir que en plena meseta tendríamos noches tropicales, esas que no bajan de veinte grados nos dicen. Pues sí, de esas tenemos de vez en cuando. Y para que eso sea así, los días han de ser muy calurosos y llegar a los 38 o 40 grados. O acaso también esto sea parte de esa nueva terminología que se está imponiendo en la causa climática, entre otras cosas… y que no acabo de entender, porque yo estos calores ya los he sufrido hace años.
Verán amigos lectores, no es que me guste llevar la contraria, pero no me creo mucho esas cifras llenas de récords. Todos los veranos teníamos unos días tórridos que combatíamos como se podía. Esas noches de insomnio que no se podía pegar el ojo, esas tertulias a las puertas de las casas con abanico, y eso que las casas de antes, casi todas tenían gruesas paredes, aislantes naturales, que las hacía mucho más fresquitas y habitables.
Cuando aún no se registraban datos de máximas y mínimas, yo en mi niñez y con la hora solar, en pleno campo como era el Soto, cuando apretaba «Manolo» que así se denominaba popularmente al sol, el calor tórrido hacía hondear el horizonte como la oscilante llama de los pábilos de las velas, y los chuirriosos cantos de las cigarras se tornaban ensordecedores, penetrantes y monótonos, decían los mayores que era el síntoma de esos calores que se combatían como se podía.
No había luz y el aire acondicionado quizás aún no estaba ni inventado, o al menos por estos lares era algo totalmente desconocido, ¡si no había luz eléctrica! Para eso estaban los abanicos… la comida a las 12 y el descanso del medio día en las casas frescas, para reanudar el trabajo después de los momentos peores del medio día hasta el atardecer. Para los chavales el río, que era un baño continuo y los frescores de las alamedas, las fuentes de agua fresquita, los manantiales del Chorrillo. Y ese fresco del atardecer a la puerta de las casas, que ya subía el relente del río, con las anécdotas del día a día, entonces se vivía muy con el horario del sol. Ya se cenaba a la luz del carburo y las lámparas de aceite… lo he comentado, era la edad media prolongada mediado el s. XX en un caserío castellano.
Créanme, cuando veo un@ joven locutor que nos muestra algunos fenómenos meteorológicos con el tremendismo de lo nunca visto, cuando no es para tanto, me da ganas de reír, o mejor dicho, mucha pena por ver el nivel al que hemos llegado, con sus correspondientes excepciones, alguien me va a odiar por estas afirmaciones, pro dejan mucho que desear. En realidad, quieren expresar algunos momentos que dicho sea cariñosamente, no tienen la menor singularidad ni se salen de lo normal. O no, ¿acaso es tan raro que en verano haga calor de verano?
Bien es cierto que cuando las corrientes del Niño de servían alteran los fenómenos naturales, pero esto es cíclico y natural. El planeta se está calentando, pero eso no casa con esas olas de frío polar que a veces parece que van a traer de nuevo las glaciaciones…
Por no hablar de los incendios, cada vez más virulentos… pero, de qué cabeza sale el tener los montes asalvajados y llenos de fuscas, que cuando ésta prende no hay medio de apagarla… Qué razón tienen los que dicen que los incendios se apagan en invierno… bueno, que «la calor» también acalora la mente… disculpen amigos lectores.
