POR TITO ORTIZ, CRONISTA OFICIAL DE GRANADA
La primera vez que escuché la palabra “desperdicios” se la oí a mí padre, cuando hablaba de un torero que existió de mucho carácter y personalidad.
Resulta que, Manuel Domínguez “Desperdicios”, se inició en el toreo desempeñando diversas labores en la cuadrilla de Leoncillo en 1834 y, en la de Manuel Lucas Blanco en 1835. En 1836 tomó la alternativa, se ignora en qué circunstancias, desapareciendo luego en América del Sur durante dieciséis años en los que no es posible seguir su carrera taurina.
Aparentemente llevó una vida aventurera. De regreso a España contó con el aprecio especialmente del público andaluz, que reconoció su valor y sentido del honor.
Su apodo parece deberse a Pedro Romero que, habiéndolo visto en la escuela de tauromaquia de Sevilla, siendo su director, habría exclamado: «ese muchacho no tiene desperdicio», pero otra versión cuenta que cuando el toro Barrabás lo corneó en El Puerto de Santa María el 1 de junio de 1857, saltándole el ojo derecho, él dijo, hablando de los restos de su ojo: «no son más que desperdicios», los tiró a la arena y siguió la lidia.
Más tarde, cuando mi abuela me llevaba por el Callejón de Los Franceses, saludando a su amigo de “La Casa de Las Matanzas”, para comprar morcilla de lustre en la Guifa, entre aquellas buenas gentes del mercado, La Romanilla y la pescadería, yo escuché palabras como pitraco, túrdigas y “güajerro”, entre otras. Al hablar de casquería, se deslizaba la palabra desperdicio, y a eso vamos.
Un mal de nuestro tiempo
El desperdicio de alimentos se da a lo largo de toda la cadena alimentaria y tiene diferentes causas. “Entre ellas, cuestiones comerciales y de estética. Se tiran porque son productos que están próximos a alcanzar su fecha de consumo preferente o de caducidad, o porque tienen errores en el etiquetado o defectos en los envases, entre otras razones”, explica Marie Lindström, directora general en España de Too Good To Go, una ‘app’ que hace de intermediaria entre los consumidores y los restaurantes o tiendas que ofrecen (a precio reducido) productos o alimentos que no han vendido.
“En lo que respecta al consumidor también hay algunos motivos, como son las compras por impulso, la falta de planificación o muchas veces la falta de información o desconocimiento de cómo conservar y almacenar correctamente los alimentos para alargar su vida útil o sacar el máximo partido de ellos en la cocina”, añade Lindström, en un estudio para BBVA.
Al pensar sobre el desperdicio alimentario, la primera consecuencia que suele venir a la mente es la social. Y no es para menos: el mundo continúa siendo un lugar muy desigual en el que millones de personas pasan hambre cada día. Según la FAO, el año pasado más de 295 millones de personas en 53 países sufrieron niveles de hambre aguda. Además, la situación empeora debido a problemas como los conflictos y las consecuencias del cambio climático.
Muchas veces, los problemas se encuentran muy cerca de los lugares en donde más se desperdicia. Más del 8% de la población de la Unión Europea no puede permitirse una comida de calidad (es decir, lo suficientemente nutritiva) cada dos días.
Además, el desperdicio alimentario tiene también una huella económica importante tanto para la industria como para las familias. “Según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación del Gobierno de España, supone unos 250 euros por persona al año. Por ello, reducir el desperdicio de alimentos es clave también para ahorrar”.
Por algo se empieza
En los últimos años se está prestando cada vez más atención también al impacto medioambiental. Se calcula que el 10% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que se lanzan a la atmósfera cada año están relacionadas con el desperdicio de comida. Pero lo cierto es que esta huella medioambiental no se limita a las emisiones.
Está relacionada también con la contaminación, por los residuos de envases que se tiran sin que su interior se haya consumido; por la sobreexplotación de la tierra, que se fomenta para producir cada vez más alimentos; o incluso por la crisis de biodiversidad, ligada a la pérdida de variedad de cultivos para ganar en eficiencia (de nuevo, para producir más alimentos que terminarán en gran parte en la basura).
“Está habiendo un gran cambio y una mayor sensibilización respecto a esta problemática. Esto viene motivado en parte por la inflación, pero también por una creciente conciencia medioambiental que nos ha hecho valorar aún más la comida y la importancia de no desperdiciarla”, explica la directora general de Too Good To Go en España.
“En nuestro caso, estamos observando este cambio de tendencia porque solo el año pasado registramos un aumento del 37% de usuarios salvando comida en la ‘app’ y también un increíble aumento de establecimientos que se han sumado a la iniciativa. Esto nos hizo incrementar un 42% el número de packs de comida salvados”, añade.
Too Good To Go nació en Dinamarca en el 2015, después de que sus creadores vieran cómo la comida sobrante de un bufé terminaba en los cubos de la basura. Hoy, la ‘app’ está disponible en 17 países y tiene una comunidad de más de 81 millones de usuarios y 140.000 establecimientos. “Se han salvado a través de la ‘app’ más de 250 millones de packs de comida, el equivalente a haber evitado el desperdicio de más de 250.000 toneladas de alimentos”, explica Lindström.
Y yo añado: Pongámonos las pilas. No puede ser que más de medio mundo pase hambre, y el resto -tan civilizado y adelantado- tiremos la comida a la basura. Algo estamos haciendo mal.
FUENTE: T.O.
