POR FRANCISCO JAVIER ARELLANO LÓPEZ, CRONISTA DE LUIS MOYA-ZACATECAS (MÉXICO)
Doña Dolores Adame nació en Zacatecas en 1902 y murió en la ciudad de México en 1987. Fue hija del Constituyente de 1917, don Julián Adame Alatorre. Su niñez y juventud las vivió en la Casa Grande de San Francisco de los Adame, hoy Luis Moya, Zac. donde conoció la sencillez y belleza del campo mexicano. Luego se trasladó a la ciudad de México y allá se dedicó al magisterio. Fue poeta y cuentista. Sus versos los dio a conocer en el libro «La musa zacatecana» y se caracterizan por tener una gran musicalidad, un ritmo muy propio del posmodernismo mexicano y una temática provinciana que retrató fielmente el cariño al terruño paterno.
Al romper el albor de esta mañana
sentí al saltar del lecho
deseos de encontrarme bajo el techo
de mi vieja casona provinciana;
escuchar el gorjeo de los gorriones
y el grito destemplado de Severa
que asegura con olímpico enojo
que uno de los peones
es el culpable de mi calentura
porque me hizo mal de ojo.
Escuchar el batir del chocolate
molido mes a mes en el metate
y sentarse a la mesa una bandada;
de caras relucientes,
de hipócrita sonrisa desmolada
que presumen de gente decente
y que furtivamente
se suenan un garnucho a la pasada.
Engullir de carrera las tostadas
el requesón, la miel, las quesadillas,
y con estrepitosas risotadas
y tumulto de sillas
y tiernos besos que nos da la abuela,
salir rumbo a la escuela
con el alma gozosa;
robando de pasada algunas flores
que regalan al huerto su fragancia,
y que van a morir, prendas de amores,
en el libro de “Rosas dela infancia”.
Y frente a la capilla del santuario
donde duermen por siempre mis mayores
el sueño milenario,
llenar el delantal de rojas flores;
y cruzar la plazuela
entre charca de lluvia diamantina
que solo quiebra nuestro leve paso
o el rápido flechazo
de alguna veraniega golondrina.
Y llegar a la clase retardada
contando mil embustes que discurro
y estar en un rincón enfurruñada
con orejas de burro,
y aunque respeto por “el maistro”
imposible alejar la tentación
de sacarle la lengua
cuando vuelve la cara al pizarrón.
…..Y después, al igual que mis hermanos,
ir de escapada,
en busca de aguamiel y jaltomates
a los montes cercanos,
y luego en la ladera, gancho en mano,
caminar del traspuesto hasta las lomas,
saltando entre las breñas,
bajando del nopal rojas coronas
de tunas cascaronas y chaveñas.
Y volver a las cinco de la tarde
coleando los pesados carretones
que vuelven del barbecho,
por la tardanza dando explicaciones,
y el vestido deshecho;
y mi madre coser tantos girones
bajo la enredadera,
rimando las nostálgicas canciones
con el gotear de la destiladera.
…..Pueblecito norteño, nadie ignora
que hay cientos como tú, y que esta historia,
es la historia de cada forastero
que en el quieto baúl de su memoria
conserva todavía
respeto por las rústicas consejas
el eco antiguo de una melodía
y olor a espliego entre sus cartas viejas.
Casona provinciana, todavía
el peso de la vida no me abruma
y en gracias a haberme dado la poesía
de tu vida romántica y serena,
he de escribirte mi mejor poema
a tus noches quiméricas de luna.
Por todo los que han tenido Penas de amor, digamos:
REQUIEM
Réquiem por los cariños que murieron
Réquiem por sus desdenes y su olvido
Réquiem por los ensueños que han huido
Réquiem por lo que un día ya no volvieron.
Réquiem por los que no se conmovieron
Réquiem por los que tanto hemos sufrido
Réquiem por los falsos que han mentido
Réquiem por los que amor nunca sintieron
Réquiem por el que brota nuestro llanto
Réquiem por el que tuvo frío egoísmo
Réquiem por quien fuera tan solo un espejismo
Réquiem por quien nos diera penas y quebranto.
Réquiem por los que hirieron tanto, tanto,
Réquiem por los que fingen un cariño
Réquiem por los que manchan el armiño
Réquiem por el que enmudeciera nuestro canto.
Réquiem por los que desoyeron nuestro ruego
Réquiem por los que se apagara nuestra risa,
Réquiem por su niebla de engaño y ceniza,
Réquiem por habernos quemado con su fuego.
Réquiem por aquellos que no fueron sinceros,
Réquiem por los que nos robaron paz y calma,
Réquiem por aquellos amores traicioneros,
¡RÉQUIEM! ¡RÉQUIEM! Por ellos en el alma.
Margarita Adame, “La Novia de Colima”, como la llamaron en ese bello Estado, escribió muchos versos y tomó todos los temas del amor y desamor, de la alegría y la tristeza, los trató con solvencia literaria. Ella amó y le cantó a la provincia y a las ciudades mexicanas. Murió en la ciudad de México.
