POR LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁN CRONISTA OFICIAL DE CARTAGENA (MURCIA).
Este pasado miércoles 12 de agosto, cientos de cartageneros volvimos a mirar al cielo. Poco después de las ocho y media de la tarde, el Sol parecía desaparecer sobre el horizonte mientras una extraña penumbra se apoderaba de Cartagena. Las nubes, inoportunas como casi siempre que la historia prepara una buena fotografía, dificultaron el espectáculo en buena parte del litoral. Pero aquello ya había ocurrido antes. Mucho antes.
Exactamente 273 años antes, otro eclipse hizo que alguien mirara al cielo desde Cartagena. Solo que aquel observador no era un curioso. Había venido expresamente desde Francia para hacerlo.
Se llamaba Joseph-Bernard de Chabert, marqués de Chabert de Cogolin, oficial de la Marina francesa, astrónomo e hidrógrafo, y el 26 de octubre de 1753 se encontraba en Cartagena cumpliendo una misión científica encargada por la Académie Royale des Sciences de París. Pero, ¿por qué Cartagena?
A mediados del siglo XVIII las grandes potencias europeas se disputaban mares, territorios y rutas comerciales. Los mapas eran armas estratégicas y uno de los grandes problemas de la navegación seguía siendo determinar con precisión la longitud geográfica. Saber exactamente dónde estaba un puerto podía significar la diferencia entre llegar a él o estrellarse contra la costa.
Francia necesitaba mejorar sus cartas náuticas y la astronomía proporcionaba entonces algunos de los procedimientos más precisos para conseguirlo. Los eclipses permitían comparar el momento exacto en que un mismo fenómeno era observado desde diferentes lugares y calcular así diferencias de longitud. El cielo servía para medir la Tierra.
Y para el eclipse del 26 de octubre de 1753, los cálculos realizados por el prestigioso astrónomo francés Joseph-Nicolas Delisle determinaron dos puntos especialmente apropiados de la península ibérica: Aveiro, en Portugal, y Cartagena. Francia envió respectivamente a los oficiales Bory y Chabert.
Chabert sabía perfectamente lo que hacía. Entre 1750 y 1751 había recorrido las costas de América septentrional realizando observaciones astronómicas destinadas a corregir las cartas de Acadia, isla Real y Terranova. Era, por tanto, uno de los hombres que estaban construyendo una nueva forma científica de navegar. Y llegó a Cartagena.
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No hablamos de una tradición ni de una historia repetida durante generaciones. Existe documentación. En el Archivo Municipal de Cartagena se conserva una carta del Marqués de la Ensenada al Marques de Espinola ordenándole que se trate bien a Monsieur de Chabert, oficial de la marina de Francia, que va a ir a Cartagena a observar un eclipse de sol que tendrá lugar el día 26 de octubre, comisionado por la Real Academia de las Ciencias de Paris el próximo 26 de octubre de 1753.
La estancia debió tener además cierta consideración oficial. Las noticias conservadas señalan que permaneció alojado en el palacio del comandante general del Departamento hasta el 1 de diciembre.
Pero imaginemos por un momento aquella Cartagena. Estamos en 1753. Han pasado apenas veintisiete años desde la creación del Departamento Marítimo de Cartagena. El gran Arsenal está transformando la ciudad. Ingenieros, marinos, constructores, matemáticos y cartógrafos trabajan alrededor de uno de los mayores proyectos militares de la Monarquía española.
Y en medio de aquella Cartagena en obras aparece un científico francés cargado de instrumentos dispuesto a esperar que la Luna pase por delante del Sol. El eclipse no era el objetivo. Era la herramienta.
Las mediciones de Chabert permitieron contribuir a determinar posiciones geográficas y corregir la cartografía mediterránea. De hecho, sus trabajos para la rectificación de las costas del Mediterráneo comenzaron precisamente en Cartagena en 1753.
Y existe un detalle todavía más revelador. Medio siglo después aquellas observaciones seguían siendo útiles. Cuando a comienzos del XIX el marino y matemático Gabriel Ciscar trabajó en la determinación de longitudes respecto al meridiano de París, utilizó también los datos obtenidos por Chabert durante aquel eclipse cartagenero de 1753.
No fue, por tanto, una visita anecdótica, Cartagena ayudó a medir el mundo y ahora avancemos 273 años.
Miércoles, 12 de agosto de 2026. Otra Cartagena vuelve a mirar hacia arriba. El eclipse comenzó aquí a las 19.41 y alcanzó su máximo aproximadamente a las 20.36, cuando la Luna ocultó casi completamente el disco solar. La magnitud alcanzó aproximadamente 0,98. Las nubes terminaron aguando parcialmente la fiesta y dificultaron la observación en los momentos decisivos, pero cientos de personas se congregaron en playas y miradores.
En 2026 llevábamos gafas homologadas y teléfonos móviles. Sabíamos con precisión de segundos cuándo comenzaría el eclipse, cuánto duraría y por dónde discurriría la sombra de la Luna. En 1753, Chabert estaba precisamente contribuyendo a construir ese mundo.
Aquel marino francés no vino a Cartagena únicamente para contemplar cómo se oscurecía el Sol. Vino porque nuestra ciudad ocupaba una posición estratégica en el Mediterráneo, porque su puerto estaba adquiriendo una importancia extraordinaria y porque desde aquí podía obtener datos científicos útiles para mejorar la navegación europea.
Dos eclipses. 1753 y 2026, doscientos setenta y tres años separan aquellas dos imágenes y, sin embargo, hay algo que permanece. Cartagena sigue mirando al mar.
Y algunas veces, para comprender su importancia en la historia, basta simplemente con levantar la mirada hacia el cielo y no olvidemos lo que fuimos y deberíamos seguir siendo.
