POR XOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ PAZOS, CRONISTA OFICIAL DE RIBEIRA (A CORUÑA).
Desde el lugar más pequeño del mundo se puede observar todo el universo. El escritor Vicente Risco recreaba su erudición situando cada pequeño recuncho de Galicia en el vértice de un cosmos de sueños, ambición e imaginación. Cada rincón del viejo Finisterre se incrusta de sus propias historias, de horizontes singulares, de deseos humanos y ambiciones soñadoras. Un horizonte para un gallego siempre fue un reto insoslayable; lo ha sido en lo físico, en lo geográfico, en lo social y lo es muy singularmente en la creación artística, literaria y plástica.
Un pequeño paraje puede convertirse en el epicentro de una revolución simbólica, demostrando que la universalidad no exige metrópolis. Redondela, Arteixo, Lalín o San Cibrao das Viñas imperan en la moda; Cambados, Verín, Camariñas o la Ribeira Sacra, en la enología; Santa Cruz de Arrabaldo, en la agroalimentación y, dentro de esta, en el vino; Cervo o Xunqueira de Espadanedo, en la cerámica y la artesanía; la comarca de Arousa, en las inigualables conservas; Chantada, como centro tecnológico hotelero. Ese vigor de lo tradicional se suma a los episodios globales generados por Inditex con sus industrias complementarias, como la carpintería en Narón u Ordes o las pantallas de Sada. En el proscenio cultural, la historia nos apabulla con Otero Pedrayo y Trasalba; Cunqueiro y Mondoñedo; Valle-Inclán, A Pobra y Vilanova; Rosalía y Padrón. Son ejemplos; no me exijan exhaustividad en el relatorio de una sucesión que resultaría interminable de los logros localizados de un pueblo que ha sabido mirar al cielo, a la tierra, al mar y a los ríos sin complejos, para regalar al mundo cumbres como la primera ruta global, la genuina confluencia de la red de redes medieval: el Camino de Santiago.
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Desde el barrio de cada una de sus ciudades, villas o aldeas, nuestro habitar ostenta una forma peculiar de hacerse mundo, de brindar una manera intransferible de entenderlo. Participamos en tiempo real con nuestra Galicia Calidade, con nuestras abrumadoras personalidades, desde el diplomático y escritor español Salvador de Madariaga hasta la actriz española María Casares, abrazando las presencias pasadas y las estelares contemporáneas, pasando por otras tantas conocidas, olvidadas u obviadas; con nuestra presencia en el ancho mundo.
Hoy detengo mis pasos con admirada actitud en Artes, en la orilla de los horizontes de Ribeira, para contemplar un hito singular. Lo hago con motivo del vigésimo quinto aniversario de la creación, en ese mínimo enclave, del Museo de Artes do Gravado á Estampa Dixital, el reverenciado Mugart.
Artes se asienta con la indoblegable solidez de las granodioritas hercínicas, como bien diría Otero Pedrayo, en la ladera oeste que dibujan los montes de San Alberte y A Cidá, últimas estribaciones de una sierra del Barbanza que aquí se rinde, exhausta y bella, ante la inmensidad del océano. Es un mirador privilegiado, un balcón natural donde la geografía gallega se vuelve abierta y rotunda, expuesta a los vientos nobles y a esas lluvias que alimentan un paisaje de verdes profundos y azules salitres. Ante la mirada atónita se despliega el espectáculo de un horizonte arenoso, definido por el complejo de Corrubedo y las lagunas de Carregal y Vixán, donde la duna activa custodia un ecosistema de marismas y canales mareales que son puro latido geológico.
En este confín ribeirense, el clima oceánico hiperhúmedo se matiza con la luz de un sol yodado que baña el curso del río de Artes —el Sanchanás o Río Grande para los lugareños—, el cual serpentea desde A Coruta hasta entregar sus aguas dulces a la salobre quietud. Es el escenario propicio para conjugar las artes de pesca, sustento histórico de estas costas, con las artes plásticas más elevadas. Aquí, en esta parroquia de naturaleza desbordante, el milagro cotidiano del paisaje cristaliza en un prodigioso museo, erigiéndose en uno de los mejores centros internacionales dedicados a la estampa, donde la huella del hombre dialoga con la impronta eterna de la tierra y el mar. Un portentoso asombro inunda al visitante ante un tesoro digno de cualquier capital mundial.
La magna institución custodia desde hace un cuarto de siglo fondos que abarcan desde los grandes maestros de la antigüedad hasta las expresiones más audaces de la contemporaneidad. En este oasis de la cultura han elegido convivir Rembrandt y Rubens, Durero y Goya, Picasso, Miró o Dalí, en una sinfonía perfecta de líneas, cromatismos, miles de libros y matrices. De este concierto universal participan figuras gallegas supremas y, de forma inminente, el museo rinde justo tributo al pintor y grabador español Xaime Quessada. La exposición Imaxe surreal de Galicia, que arropa esta efeméride con casi medio centenar de estampas recuperadas, evidencia un riguroso e imponente trabajo de investigación y restauración. Todo se integra en un marco armonioso de singular arquitectura, un espacio que respira a través del ambicioso Centro Internacional de Investigación e Difusión do Gravado e a Imaxe Dixital, cuyo recién ampliado taller sitúa a la aldea en el corazón de la docencia artística suprema.
Este universo colosal, que atesora más de cuarenta y cinco mil piezas y una sublime biblioteca ilustrada de doce mil volúmenes, permanece erguido gracias a la voluntad incombustible de la iniciativa privada. Javier Expósito, mecenas insigne y generoso polímata triunfador en el mundo marítimo y del derecho, junto a su esposa Pilar, sus socios y el encomiable director del centro, Xoán Pastor Rodríguez Santamaría, regalan al visitante el testimonio vivo de un compromiso irrenunciable con el conocimiento. Este legado, germinado hace veinticinco años como homenaje a una madre y a una raíz rural, sitúa a Galicia en la vanguardia. El prestigio de galardones como el Premio Atlante demuestra que descentralizar la excelencia artística no es una quimera, sino el destino natural de un pueblo audaz.
El arte, en su esencia más pura, no entiende de fronteras, sino de voluntades compartidas y de una sensibilidad capaz de reverenciar el surco y la luz. La celebración de estas bodas de plata certifica que la cultura debe respirar allí donde la tierra es más auténtica. Al clausurar la reflexión en este horizonte atlántico, se hace evidente que cada destello de inspiración creativa encuentra su mejor hogar en la quietud de este paraje mínimo, corroborando la certeza absoluta de que el mundo, en lo más profundo de su anhelo, desea ser gallego para poder ser, al fin, feliz, disfrutable, abarcable, genial. @mundiario
