EL MOLINO DE MINDÁN
Sep 08 2026

POR CARLOS AZNAR PAVÍA, CRONISTA OFICIAL DE ASPE (ALICANTE).

 

De todas las recreaciones históricas que he realizado hasta ahora, posiblemente esta sea la que más ilusión me ha hecho y también una de las que más tiempo y trabajo me ha llevado. El texto es algo más extenso de lo habitual, pero merece la pena detenerse unos minutos en él; porque detrás de aquellos viejos muros del «Molino de Mindán» se esconden apasionantes historias de trabajo, familia, recuerdos, posguerra, bodas, aventuras y hasta un destino que acabaría llevando a uno de sus habitantes a miles de kilómetros de Aspe del que nunca volveria… Pasen y lean!!
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🌾⚙️ EL MOLINO DE MINDÁN: MEMORIA RESCATADA ⚙️🌾
Hay lugares que desaparecen del paisaje, pero que nunca terminan de marcharse del todo. Permanecen en una fotografía antigua, en los recuerdos de una familia, en el nombre de un camino, en una historia contada muchas veces alrededor de una mesa o, simplemente, en la memoria de quienes pasamos decenas de veces junto a ellos sin imaginar que algún día dejarían de estar allí. Para muchos aspenses, el «Molino de Mindán», como también fue la casa de Juan Mira (Recreada recientemente), pertenecen a esa clase de lugares míticos ya desaparecidos, con una carga emocional tan profunda, que les hace inmortales.
Hoy cuesta reconocer incluso su ubicacion. Donde durante más de un siglo y medio se levantó aquella gran casa/molino de color granate desgastado, convertida casi en estandarte del paisaje previo al paraje de La Ráfica, apenas sobreviven unos restos de muros que se levantan unos centímetros sobre un terreno decadente en medio de un dramático «secarral».
Sin las fotografías antiguas y sin los recuerdos de quienes la conocieron, sería difícil imaginar que allí hubo una casona de dos plantas y un molino movido por la fuerza del agua y, sobre todo, una familia, como cualquiera de las nuestras, haciendo su vida entre aquellas paredes.
Esa fue la mayor motivación para mí; el empeño en recabar información que diera vida a estas recreaciones que no pretenden inventar nada que no existiera, ni presentar como exacto aquello que inevitablemente he tenido que interpretar. Mi intención ha sido otra: reunir fotografías, testimonios y recuerdos familiares para acercarme todo lo posible a esta edificación del siglo XIX para devolverle parte de la vida y esplendor que tuvo.
🌾🌿 DEL MOLINO DE ANTONIO SOLER, AL MOLINO DE MINDÁN. 🌿🌾
La construcción del molino se remonta a 1844, situado junto a la senda de La Ráfica, en el antiguo paraje del Caneo, con un detalle importante: entonces todavía no se conocía como Molino de Mindán. Su nombre era Molino de Antonio Soler, quien lo construyó a mediados del siglo XIX.
Para contextualizar el momento histórico de su construcción, España acababa de dejar atrás una larga etapa de regencias. María Cristina de Borbón había gobernado durante la infancia de Isabel II hasta 1840 y, posteriormente, lo había hecho el general Espartero hasta 1843. Ese mismo año las Cortes adelantaron la mayoría de edad de Isabel II, que apenas tenía trece años; pues bien…, en aquel rincón del término de Aspe comenzaba simultáneamente otra historia mucho más modesta y cercana: la de sus primeros moradores aprovechando la fuerza de un elemento primario como es el agua para convertir el trigo en harina.
En el Molino de Mindan, La fuerza motriz que hacía posible la molienda llegaba a través de la acequia del Fauquí que alcanzaba el molino por su parte posterior. Allí el agua era conducida y concentrada hasta la maquinaria situada en la zona inferior. El chorro impulsaba las palas o álabes del rodezno que a su vez hacía girar un eje vertical; este movimiento terminaba llegando hasta las grandes muelas encargadas de triturar el grano; después de cumplir su función, el agua continuaba su camino por la misma acequia de Fauquí. Era una ingeniería tan sencilla como admirable: agua, piedra, madera y gravedad trabajando juntas sin más combustible que la propia corriente del agua cayendo por una pequeña pendiente.
Aunque la construcción del edificio se culminó en 1844, la historia que quiero contar empieza realmente en 1936, cuando Francisco Miralles Aznar y María Castelló Manchón adquirieron aquel viejo molino y lo convirtieron en su hogar y en su sustento economico.
Con ellos en el molino, crecieron sus tres hijos, Paco, Elvira y Antonio, y también la madre de María Castelló. Desde aquel momento, lo que ocurriría dentro de aquellas cuatro paredes quedó inseparablemente unida a la historia de esta familia.
Vayamos por partes ¿por qué aquel lugar terminó siendo conocido como «El Molino de Mindán» si ya se conocía por el de Antonio Soler, su constructor en 1844?… El origen parece remontarse a una generación anterior. El padre de Francisco Miralles también había sido molinero y, según una de esas anécdotas transmitidas de padres a hijos, siendo todavía pequeño, veía cómo en el molino se entregaban los sacos de harina a los clientes; al comprobar que a él no le daban, se quejaba a su madre con esa manera de hablar propia de los niños que todavía no pronuncian bien las palabras:
—Mamá, a todos les dan el saco y a mí no «min dán». (me dan).
Aquel infantil “mindán” terminó convirtiéndose en apodo de aquel niño que se hizo mayor y finalmente hasta su propio molino era conocido por el apodo dueño, es decir «El Mindan». Resulta curioso cómo a veces un nombre que sobrevive durante décadas y termina incluso señalando un lugar en el mapa, puede nacer de algo tan pequeño e inocente como las palabras mal pronunciadas por un niño.
🏡💦 UNA CASA, UN MOLINO… UN PEQUEÑO UNIVERSO.💦🏡
El Molino de Mindán era mucho más que una instalación destinada a moler cereal. Era una casa de campo llena de actividad. Su fachada estaba pintada de almagra roja, aquel tono tan característico de algunas fachadas de Aspe, que el sol, la lluvia y los años fueron desgastando hasta llenarlo de manchas, grietas y decoloraciones dotándole de ese aire decadentemente bello.
En la planta superior destacaban unos curiosos ventanales ovalados que todavía pueden apreciarse en las excasas fotografías antiguas que se conservan y que daban al edificio una personalidad inconfundible.
Al entrar, a la izquierda se encontraba la zona dedicada a la molienda, con las grandes piedras que constituían el corazón del trabajo. A la derecha comenzaba la vivienda familiar.
Allí estaba la cocina baja, presidida por una chimenea realizada con mármol rojo de Alicante. No era únicamente el lugar donde se cocinaba; aquella estancia hacía también de comedor y de centro de reunión de la casa en invierno.
En la planta superior, un pasillo distribuía tres habitaciones. Sobre el tejado se encontraba además un palomar. Las palomas no estaban allí por casualidad: Francisco Miralles era un gran aficionado a ellas, lo que entonces se habría denominado un auténtico «palomista». Podemos imaginar algunas de estas aves posadas sobre las tejas, otras entrando y saliendo del palomar y unas cuantas revoloteando alrededor de la casa mientras abajo continuaban girando las muelas del molino y la vida transcurría sin demasiadas prisas.
Francisco también sentía pasión por los caballos de los que disponía varios ejemplares. En la parte posterior de la vivienda existía además una construcción que se añadió posteriormente cubierta con teja francesa, donde se extendía el grano para dejarlo secar.
Después se abría un gran huerto del que la familia conserva todavía recuerdos sorprendentemente precisos. Cuentan…»Había higueras, un granado, chumberas cargadas de higos, un olivo, naranjos, un limonero y un enorme nisperero». En este corral al aire libre se movían gallinas ponedoras, pavos, ovejas, cabras, algún cerdo y otros animales de granja. Todo formaba parte de un pequeño universo rural y familiar que hoy resulta casi imposible imaginar cuando uno contempla aquel terreno vacío, seco y desolado.
Buena parte de lo que hoy sé de esta casa/molino, se lo debo a Nieves Miralles López, hija de Antonio, nieta de Francisco Miralles Aznar y María Castelló Manchón, sobrina de Paco y de Elvira. Nieves vive actualmente en Francia y durante estos días ha tenido la enorme generosidad de compartir conmigo fotografías, recuerdos y detalles transmitidos por sus antepasados, fundamentalmente por su padre. Gracias a ella he podido conocer la distribución de la casona, el color de la fachada, la chimenea, el funcionamiento del molino, el palomar, el huerto, los caballos pero sobre todo, multitud de pequeños detalles de la vida cotidiana que se desarrolló alli.
Una de las fotografías familiares que más me han gustado de las que Nieves me ha cedido, muestra una tertulia delante de la puerta del molino. Varias generaciones aparecen sentadas en sillas. Durante unos segundos todos han interrumpido lo que estaban haciendo y miran hacia la cámara. No ocurre nada extraordinario y precisamente por eso la imagen me parece muy potente emocionalmente porque nos muestra el Molino de Mindán en su verdadera dimensión: no como monumento ni como edificio histórico, sino como hogar. La enorme puerta permanece abierta, las sillas han salido al exterior y el mismo espacio donde durante el día se trabajaba, se transforma al caer la tarde en lugar de conversación, descanso y convivencia.
Hay otra fotografía muy distinta, pero igualmente hermosa; fue tomada durante la boda de Elvira, hija de Francisco Miralles, celebrada en el molino en 1957. Entre aquel grupo de jóvenes aparece Antonio Miralles, el padre de Nieves (🏡Francia), acompañado de un amigo y muchas amigas, todos vestidos para la ocasión. Merece la pena detenerse en sus ropas, en los peinados y hasta en la manera de posar. Nos trasladan a los últimos años de la década de 1950, cuando aquella generación comenzaba poco a poco a dejar atrás los años más duros y grises de la posguerra. Las chicas lucian vestidos de vuelo, estampados y peinados preparados para la ocasión. Los muchachos, chaquetas y corbatas. Son jóvenes que quieren salir, bailar, reír y divertirse… Porque fuera del molino también estaba cambiando el mundo; por la radio y el cine llegaban nuevas músicas; aparecían ritmos desconocidos hasta entonces, y expresiones como rock and roll comenzaban a sonar entre una juventud que miraba con creciente curiosidad hacia Europa y EEUU.
Seguramente ninguno de aquellos muchachos pensaba que estaba representando un cambio de época; celebraban una boda sin más pero se les notaba que querían salir favorecidos en la fotografía, bailar y disfrutar de ser jóvenes en una década que se avecinaba prodigiosa.
🎖️ PACO MIRALLES: DEl HOGAR DEL MOLINO A LA OTRA PUNTA DEL MUNDO.🌐
Dentro de aquella misma familia hubo una vida que acabaría llevando el nombre de Aspe mucho más lejos de aquel viejo molino, una vida que del mismo modo se apagó trágicamente a miles de Klm del pueblo.
Francisco Miralles Castelló, «Paco», tío de Nieves Miralles, había nacido el 1 de septiembre de 1928. Paco era el mayor de los hermanos. La memoria familiar lo describe como un muchacho inquieto, valiente y tremendamente aventurero. Creció entre el molino, las acequias, los caminos de la huerta Aspense y las correrías propias de los muchachos de entonces. Dejó pronto la escuela y su padre procuró que aprendiera lo necesario para ayudarle en el trabajo familiar; luego se les vino encima la durísima posguerra. La harina dejó de ser simplemente el resultado de un oficio y pasó a convertirse en un alimento imprescindible en un país marcado por la escasez, el hambre y el racionamiento. En el relato publicado por la propia Nieves Miralles López en la revista «La Serranica» de 2018, la memoria familiar conserva incluso la imagen del joven Paco vigilando desde una ventana del molino mientras se realizaban determinadas moliendas furtivas, pendiente de que no apareciera la Guardia Civil por el camino.
Aquel mundo a Paco, parecía quedársele pequeño. Cuando alcanzó la edad correspondiente realizó el servicio militar y terminó sintiendo una fuerte atracción por la vida militar y por la aventura. En el verano de 1947 tomó una decisión que cambiaría para siempre su vida.
Se marchó hacia el norte con intención de cruzar la frontera a francia. Intentó atravesar el río Bidasoa a nado junto a otros dos jóvenes, uno de Aspe también, y otro de Monforte. Uno de ellos, el de Aspe, perdió la vida ahogado durante el intento en el río Bidasoa. Paco consiguió llegar a la orilla francesa mientras que el chico de Monforte desistió volviéndose para su pueblo. Paco consiguió su objetivo y cuando la gendarmería francesa pretendio devolverlo a España, la familia conservó una respuesta suya tan breve como reveladora de su carácter:
—No. Yo, legión extranjera!!
Terminó llegando a Marsella y el 12 de noviembre de 1947 ingresó en la Legión Extranjera Francesa.
Tenía solamente diecinueve años.
A partir de aquel momento su vida quedó separada por miles de kilómetros del Molino de Mindán y de su pueblo. Pasó por Argelia y posteriormente fue destinado a la Indochina francesa.
En las fotografías de aquellos años aparece uniformado y todavía extraordinariamente joven. Hoy resulta imposible contemplar esas imágenes sin pensar en todo lo que le esperaba.
Después de diferentes destinos regresó nuevamente a Indochina y terminó participando en uno de los episodios militares más dramáticos del siglo XX: Dien Bien Phu.
En la primavera de 1954 las posiciones francesas quedaron rodeadas por las fuerzas del Viet Minh. Paco combatió allí y resultó herido durante una acción nocturna. Su comportamiento sería posteriormente reconocido por el Ejército francés. El 7 de mayo de 1954. Dien Bien Phu cayó, Paco sobrevivió a la batalla y fue hecho prisionero. Pero entonces comenzó otro calvario. Las largas marchas, las enfermedades, la desnutrición y las condiciones extremas de los campos de prisioneros acabaron con la vida de miles de hombres. En agosto de aquel mismo año, enfermo y tremendamente debilitado por las fiebres, Francisco Miralles Castelló murió en Indochina con apenas veinticinco años precisamente en las tierras que hoy forman parte de Vietnam.
Cuesta no detenerse a pensar en la distancia. A miles de kilómetros quedaban sus padres. Sus hermanos, Elvira y Antonio.(Padre de Nieves), y su abuela María que se enteraron de la muerte de Paco, meses después.
Mientras tanto, el molino continuó funcionando aproximadamente hasta finales de los años cincuenta. La industrialización fue haciendo cada vez menos competitivos aquellos viejos molinos hidráulicos. Las grandes fábricas y las nuevas formas de producir harina fueron sustituyendo poco a poco un oficio que durante siglos había dependido de las acequias, las piedras de molienda y la experiencia de los molineros.
La casa, sin embargo, permaneció todavía muchos años formando parte del paisaje de La Ráfica. Algunos la recordarían por el molino, otros, por las familias que vivieron en él y otros, sencillamente, porque era uno de esos lugares que servían de referencia cuando uno recorría los caminos de Aspe. Yo mismo pasé infinidad de veces por el «Camino del Molino» cuando era niño. Por allí íbamos hacia el «Campico de la Vaca» a jugar al fútbol, hacia La Ráfica de Jira o Mona o sencillamente a recorrer aquellos caminos que entonces constituían nuestro pequeño territorio de aventuras.
El Molino de Mindan siempre estaba allí y nunca nos planteábamos que pudiera dejar de estar. Cuando uno es niño piensa que las cosas que forman parte de su paisaje han existido siempre y seguirán existiendo para siempre. Pero no fue así, el abandono avanzó, el edificio fue deteriorándose
y finalmente desapareció por completo.
Hace pocos días regresé al lugar que ocupaba el molino por si podría inspirarme en algún detalle antes de recrearlo… Pues créanme que cuesta dar veracidad a lo que he contado y hubo allí; apenas quedan algunos restos de muro levantándose cuarenta o cincuenta centímetros sobre el suelo; evidentemente quien pase junto a ellos sin conocer la historia, difícilmente podrá imaginar todo lo que ocurrió sobre ese terreno.
Hay elementos que inevitablemente he tenido que interpretar a partir de fotografías tomadas desde diferentes ángulos y épocas; también por mis conversaciones con Nieves Miralles que desde su residencia en Francia ha tenido la amabilidad de despejar cualquier duda sobre la historia del Molino. En todo momento he intentado trabajar con una máxima ineludible: no inventar otro molino, sino recuperar el que verdaderamente existió.
No podemos saber exactamente cómo fue cada uno de aquellos días en los que el Molino era hogar y economía al mismo tiempo, pero sí sabemos que días como aquellos existieron y eso es, en el fondo, lo que he pretendido recuperar en estas recreaciones, una vida tranquila de quienes permanecieron en Aspe y la extraordinaria aventura de aquel muchacho que salió un día del Mindán buscando mundo y acabó sus días trágicamente a miles de kilómetros de casa.
Quiero terminar expresando un agradecimiento muy especial a Nieves Miralles López. Desde Francia, su residencia, ha ido compartiendo conmigo historia, charlas, fotografías, documentos y, sobre todo, recuerdos heredados de su padre Antonio y de su familia; sin su ayuda quizá habríamos podido reconstruir una fachada, tal vez unas puertas, un tejado incluso el mecanismo de un molino hidráulico pero difícilmente habríamos podido devolverle su alma.
Al final, la memoria de un lugar no está solamente en las piedras, está en quienes vivieron allí en quienes sintieron y escucharon aquellas historias de sus padres y abuelos y también en quienes, muchos años después, volvemos a pasar por aquel camino, nos detenemos delante de unos cuantos restos de muro y decimos… aquí estuvo el Molino de Mindán y mientras quede alguien que recuerde su nombre, sus historias y a quienes vivieron entre aquellas paredes, quizá el viejo molino nunca desaparecerá del todo.

FUENTE:https://www.facebook.com/carlos.aznarpavia

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