POR JOSÉ ANTONIO FIDALGO SÁNCHEZ, CRONISTA OFICIAL DE COLUNGA (ASTURIAS)
Ignoro quién fue el promotor de la idea, si la ONU, si la FAO, si la UNESCO, si la OTAN, el CERN o el CSIC… (esto de las siglas es un totum revolutum curiosísimo y siempre aciertas citando alguna), pero una cosa es cierta: hoy, 15 de mayo, festividad de San Isidro Labrador, «alguien» lo ha declarado como DÍA INTERNACIONAL DEL MUNDO RURAL, al que yo prefiero denominar MUNDO CAMPESINO.
Aquel castigo bíblico impuesto a Adán y a Eva, pecadores ellos, que fue la obligatoriedad del cumplimiento del Segundo Principio de la Termodinámica (conversión de energía en trabajo mecánico y producción de calor) bajo el enunciado de «ganarás el pan con el sudor de tu frente», fue el germen de la actividad agrícola, ganadera, cazadora y pescadora.
La humanidad primitiva y la del siglo XXI -en esto no hemos cambiado- necesitamos, para nuestro sustento, de los productos que nos ofrece la naturaleza; productos que solamente una ciencia empírica enseño a quienes los cultivan, los trabajan, los miman con ese entusiasmo que da el laboreo del campo.
El campesino, el hombre que vive pegado a la tierra y se confunde con ella, sabe cómo y cuándo sembrar y recolectar (que si en luna menguante o en luna creciente) aunque ignore el porqué; acierta en la predicción del tiempo observando las nubes y la retorno de las gallinas al gallinero; y exige que las señoras «con la regla» no entren donde se amasa el embutido, se corcha la sidra o el vino o se trabaja la cuajada para el queso.
El refranero es su libro de texto y la experiencia, su ciencia.
El campesino ama a la tierra y lucha «contra ella». Es lucha contra un trabajo duro, fatigoso; un trabajo que «apura» en fechas muy concretas y al que hay que atender.
Y el campesino, en su capacidad de adaptación, también sabe de convivencias vecinales, de fiestas, de descansos, de romerías.
Y sabe, ¡cómo no!, de una cocina sencilla, pero sustanciosa. Como decimos en Colunga, de una «cocina que FURNA»; es decir, que alimente.
Una cocina SUSTANTIVA, sin adjetivos ni esdrújulos.
Sin «modernidades innovadoras».
Evidentemente, el campesino de hoy no es el del ayer.
La mecanización impone su ley y su comodidad.
El «llaviegu», el «rastru» y la «gradia» dieron paso al tractor que lo hace todo; la «guadaña», los «fierros de cabruñar», el «cachapu y la piedra de afilar», el «angazu» y la «traenta»… son los grandes ausentes en las labores de siega… Sí, es otro mundo; pero la estampa campesina sigue presente en nuestro tiempo.
En su recuerdo prepararemos un guiso de FABES ROXES CON TUCU, OREYA Y TOCÍN.
Tras un remojo en agua durante 10-12 horas, ponemos las alubias (fabes roxes, en este caso) en una cazuela con cebolla picada en fino, pimiento verde y rojo en trozos pequeños, pimentón dulce extremeño y aceite de oliva.
Rehoga todo junto durante unos momentos y se le suma un hueso de jamón («tucu»), una oreja de cerdo troceada y unos trozos de tocino entreverado o de panceta (todo esto habrá estado en remojo de agua para desalar).
Se añade caldo o agua… y a cocer a fuego mediano en hervores permanentes.
Conviene remover de vez en cuando agitando la cazuela y, si se precisa, añadir algo más de caldo o de agua.
Al final de la cocción se rectifica de sal.
Reposa y se sirve bien caliente.
NOTA
Hay quienes en vez de oreja ponen manos de cerdo («uños»); y otros… ponen las dos cosas.
