HUELLAS VIAJERAS DE JULIO LLAMAZARES EN SIGÜENZA
Nov 07 2026

POR ANTONIO HERRERA CASADO, CRONISTA OFICIAL DE GUADALAJARA.

                                       

Hace escasas fechas, ha sido otorgado a Julio Llamazares el título de “Premio Nacional de Narrativa 2026” por su libro recientemente publicado “El viaje de mi padre”. Llamazares es uno de los mejores valores que hoy tiene la Literatura Española. Nacido en Vegamián (León) en 1955 ha tocado todos los resortes, incluido el periodismo, la novela, y el relato del viaje. Fue famosa su serie, en dos tomos, “Las rosas de piedra” y“Las rosas del Sur” en que viajaba y describía a las Catedrales Españolas. Se paró en Sigüenza, y aquí dejo el resumen de lo que vio y dijo de ella.

Nos adentramos de nuevo en la geografía sentimental de nuestra tierra de Guadalajara para seguir la estela de los viajeros ilustres que han sabido cantar las bellezas del suelo alcarreño y seguntino. En esta ocasión es el escritor leonés Julio Llamazares quien, en las páginas de su celebrada obra Las rosas del sur (2018), dedicada a recorrer y admirar las catedrales hispanas, hace parada y fonda en la Ciudad del Doncel.

Ingresa el viajero en las tierras de Sigüenza tras contemplar un paisaje sobrio y austero, de parameras calladas, del que dirá con sincera rudeza que «es aún más pobre que el de la vecina Alcarria». Mas al cruzar los umbrales de la urbe en una invernal y solitaria jornada, el silencio de sus rúas cobra de inmediato aliento histórico. Entabla el caminante sus primeros diálogos con el paisanaje local: primero con un anciano que revive la secular tradición de los obispos accediendo a la medieval población a lomos de una blanca mula, leyenda viva que luego ratifica en cordial charla con otra vecina del lugar. A cada paso, asalta a la vista la soberbia fábrica de sus caserones, donde la parda y rojiza piedra rodena da tono y carácter a un trazado monumental sin parangón.

El sobrecogimiento sagrado en la Catedral Basílica
El camino del peregrino desemboca, como no podía ser de otro modo, en el monumental templo catedralicio. Sorprendido por la contundente fachada de aspecto fortificado, traspasa las naves y siente en la carne la helada imponencia del recinto: «Por dentro, la Catedral sobrecoge por su severidad», anota. Es tal la magnitud de sus altas bóvedas y la dilatada escala de sus pilares que el viajero, absorto ante la inmensidad del espacio, termina deteniendo sus pasos en la girola, admirado e incapaz de abarcar de un solo golpe de vista tanta grandeza artística.
En la apacible sacristía de los Mercedarios surge el encuentro erudito. Allí se topa con el canónigo e historiador don Felipe-Gil Peces Rata, insigne sabio de las glorias seguntinas, quien le ofrece su monografía La Catedral de Sigüenza. Entre legajos, libros y recuerdos de su fecunda vida pastoral por los pueblos de la diócesis, el beneficiado relata con pasión sus investigaciones de arqueología y archivos, compartiendo además la anécdota de haber adiestrado como guía del templo a Óscar, un joven llegado de tierras argentinas.

Se suma luego el viajero a una visita guiada conducida por el propio Óscar, quien evoca cómo las dificultades del «corralito» pampeano y la mediación de un sacerdote español en Santa Fe trazaron el rumbo de su destino hasta el pie de la sierra del Ducado. Con admirable precisión iconográfica, el guía va desgranando ante los visitantes los secretos del retablo de Santa Librada, los blasones del obispo don Fadrique y la hagiografía de las nueve hermanas mártires.

Crónica urbana y el sosiego de la tarde

Llegado el mediodía, Llamazares se pierde por el intrincado entramado urbano, rindiéndose a la evidencia monumental de la ciudad: «La ciudad es tan hermosa como su Catedral». Pasea por la sobria Plaza Mayor de trazo renacentista y armónicas soportaladas, que asciende en suave pendiente hacia el imponente Castillo-Palacio de los Obispos, hoy Parador de Turismo. Tras comprobar que las dependencias del castillo albergan un almuerzo corporativo, el viajero prefiere buscar acomodo en un tradicional asador de la calle del Seminario.

Al caer la tarde, busca de nuevo el refugio del templo para asistir a la liturgia vespertina. En el recogimiento del coro y la nave, observa la misa oficiada puntualmente por un sacerdote calvo ante una escasa docena de fieles. Al margen del rito, el escritor aprovecha la quietud del recinto para consultar las páginas de la guía de don Felipe, descubriendo los tesoros cerrados al público y anotando en su cuaderno de campo los matices de la jornada: “la misa empieza puntual. La oficia un cura calvo, no muy mayor, y asisten a ella docena y media de personas, el viajero entre ellas, aunque no participe de la ceremonia. Está más interesado en mirar en la guía de don Felipe las maravillas que no ha podido admirar por estar cerradas y en tomar algunas notas de lo que le ha sucedido hoy”.

Dedica finalmente una concisa pero honda mirada a la sepultura de don Martín Vázquez de Arce, el eterno Doncel. Llamazares no pasa por alto la poética inscripción en castellano antiguo ni la singularidad de esa estatua yacente que, rompiendo el rigor del mármol y la muerte, se muestra eternamente viva, leyendo un libro con infinita serenidad. Son, en fin, veintidós páginas inolvidables con las que el viajero rinde tributo a una de las joyas más deslumbrantes de la geografía alcarreña y serrana.

FUENTE:https://www.herreracasado.com/2026/11/06/llamazares/?fbclid=IwY2xjawVb6kJleHRuA2FlbQIxMABwZG9mAWJyaWQRMFpHSUFLRFZyVFJlR2k5WUxzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEfMHtkRpWrjVf9-eiAYACZHDXrfttHas2SHqCG1DVuOBQJbp1fAQoUH0tiMDM_aem_VRBznCDR39ZOe854LvL5Gw

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