LA HISTORIA DE CAFÉS, BARES, TABERNAS Y VIDA COTIDIANA DE ÁVILA EN EL SIGLO XX EN UN LIBRO DE FERNANDO GARCÍA SAN SEGUNDO.
May 03 2026

POR JESÚS MARÍA SANCHIDRIÁN GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE ÁVILA.

                                                     

«Historia de cafés, bares, tabernas y vida cotidiana. Ávila en el siglo XX. Memoria documental de los bares de ciudad de Ávila» es el título del voluminoso libro (814 págs.) escrito y editado por el abulense Fernando García San Segundo (nac. 1959), el cual se presentará el próximo martes 7 de mayo en el Palacio de Congresos del Lienzo Norte (20:00h), en cuyo acto se rendirá homenaje al colectivo de la hostelería, y especialmente a aquellos camareros que pasaron más de media vida detrás de una barra.
Se trata de una magna obra en la que Fernando García San Segundo demuestra el tesón y las habilidades de los historiadores, aunque lo suyo sea la consultoría en la de redacción de proyectos, con especiales cualidades en el levantamiento de planos.
En esta ocasión, el autor da vida a la planimetría urbana de la ciudad con su particular visión de un callejero salpicado de bodegones, bodegas, cantinas, tascas, figón, fondas, casas de comidas, mesones, ventas, etc. y, convertido en un cartógrafo valiente, nos dice los lectores:
«Entre las páginas del libro encontraréis tabernas y cafés con solera, bares jóvenes de crianza y pubs de nueva añada. Todos os traerán recuerdos, os dejarán buen sabor y avivarán vuestra imaginación. Y, como los buenos caldos, no se os subirán a la cabeza».
Los cafés, bares y tabernas aparecen entonces como espacios que históricamente han surgido ante la necesidad del hombre de relacionarse, reunirse, charlar y socializarse, y a la vez mantener vínculos de vecindad y estrechar lazos de unión propios del hombre que vive en comunidad. Por ello, y ante la despersonalización en las formas de convivencia que imperan en los tiempos actuales, aparte del abandono del carácter familiar y genuino de estos establecimientos, lo que es más acuciante en el medio rural que se despuebla, a Fernando García San Segundo le «pareció interesante redactar un libro sobre estos locales de ocio, donde una buena parte de la sociedad ha pasado momentos sumamente agradables a lo largo de su vida, y reflejar en sus páginas la historia de los cafés, bares y tabernas, de la capital abulense».
Con todo, podemos decir que Fernando García ha compuesto un libro que, igual que en su anterior obra dedicada al barrio de Santo Tomás, es el diccionario geográfico, estadístico y genealógico de los cafés, bares y tabernas de Ávila; es una parte de las fuentes históricas, económicas y sociales en de la que bebe el conocimiento sobre la ciudad; es un pedazo de la memoria colectiva de los abulenses; es el mapa callejero y el plano topográfico de lugares donde la población adquiría conciencia pública; es el relato de la costumbre de alternar; es el censo y registro de las aperturas y traspasos de los negocios hosteleros y su colonización urbana convertidos en el ágora de la ciudad; es el escaparate de establecimientos y locales de ocio que funcionaron a lo largo de un siglo; es el almanaque de acontecimientos memoriales y celebraciones; es el padrón de cantineros, taberneros, camareros y confesores de clientes; y es el libro de familia de los fundadores y consumidores.
Y más aún, el libro también es el anuario comercial, industrial y profesional de la hostelería abulense; es una guía descriptiva, detallada y pormenorizada de gran parte de la población capitalina; es la cartelera de festejos, recreos, juegos y entretenimientos en los que se divertían los abulenses; es la novela existencial del vecindario; y es el álbum de retratos y estampas de los protagonistas del vivir diario de los que atendieron y los frecuentaron dichos peculiares establecimientos.
Esto y mucho más encierra esta singular publicación que acaba de ver la luz, también como homenaje a esos hombres y mujeres que estuvieron media vida detrás de una barra.
Dice el acalde de Ávila en la presentación del libro: «Hay muchas maneras de contar la historia de una ciudad. Se puede hacer desde sus monumentos, desde sus grandes acontecimientos o desde los nombres que figuran en los libros. Pero también se puede contar —y quizá sea la forma más auténtica— desde los lugares donde la vida ocurre de verdad. Y en Ávila, esos lugares han sido, durante generaciones, sus bares, cafés y tabernas».
Por su parte, Fernando García nos introduce en la magia del libro hablándonos de la costumbre de chatear, frente a los usos sociales y costumbres actuales: «Antes de que existieran los móviles, ya se chateaba. Lo hacíamos de pie, apoyados en la barra, o sentados en una silla de formica, con un chato de vino en la mano, hablando y mirando a nuestro interlocutor a los ojos. Cara a cara. Sin pantallas de por medio.
Durante cien años, los bares de Ávila fueron nuestras verdaderas redes sociales: nos comunicábamos con la boca y con la mirada, no a golpe de teclado. Bastaba un gesto para regalar un «me gusta»; y, si querías bloquear a alguien, solo tenías que darte la vuelta. Chatear entonces no era escribir mensajes, sino conversar. Y escuchar.
Se debatía de fútbol, de toros, de política y de lo humano y lo divino, mientras el vino, copa tras copa, iba templando el cuerpo y alegrando el alma. Hoy nos comunicamos a distancia. Pero durante cien años, en los bares de Ávila, lo hicimos a la distancia justa de una mirada. Con voz. Con vino. Sin filtros ni disfraces.
Sin postureos escondidos detrás de un cristal luminoso».
Al mismo tiempo, avanzamos en el prólogo, tal y como hacemos el texto que sigue, que la historia del siglo XX en Ávila, tiene en los cafés, bares y tabernas un singular conjunto monumental, no de arquitecturas, sino de antropología y sociedad.
Son los establecimientos públicos por excelencia, abiertos a la mayor pluralidad de gentes, un rico microcosmos de convivencia y comunicación que testimonian el carácter social de los abulenses, o mejor aún, la costumbre de exponerse y participar libremente del ocio que se disfruta en el alterne y en el chateo, que se decía.
Y para saber de la intrahistoria unamuniana, que habla de vida tradicional, cotidiana y silenciosa de los abulenses y sus costumbres, la ciudad tiene la suerte de contar con Fernando García San Segundo, quien se ha ocupado de escudriñar todo lo que rodea al zoo humano que se congrega en torno a aquellas barras y mostradores donde se expedían bebidas, tapas y aperitivos, y de los locales y espacios gastronómicos que los cobijan regentados por familias enteras y avezados emprendedores.
Fernando García San Segundo es un agrimensor que retoma en esta obra su peculiar estilo investigador sobre las cosas y gentes de Ávila como ya demostró con éxito en el libro «Las Peñas de San Roque. Ávila [Barriada de Santo Tomás] 1922/1980» (2022).
En esta ocasión, aunque cambia el escenario y la temática, sigue la misma técnica y nos ofrece también un diccionario geográfico, estadístico y genealógico del mundo de la hostelería repartido por la capital. En él combina aspectos históricos y urbanísticos, recoge la memoria colectiva de sus gentes, y presenta mapas callejeros y planos topográficos de los de los barrios, donde emplaza los cafés, bares y tabernas que jugaron un papel fundamental en su colonización.
Estos espacios fueron durante el siglo XX, periodo al que se refiere el estudio, verdaderos lugares de ocio y tiempo libre, igual que algunas ventas, posadas, mesones y puestos del alboroque en días de feria, y un teatro, a falta de otros equipamientos y dotaciones que tardarían en llegar a una ciudad en la que proliferaban iglesias y conventos.
La ciudad evoluciona en las páginas del libro, igual que ocurre con su transformación urbana, lo que propicia la aparición de nuevos locales de ocio, acorde con los cambios de los tiempos. El libro también es el almanaque de años memoriales; es el padrón de taberneros y mesoneros; es el libro de familia de los vecinos que regentaron los negocios y la biografía de los que aquí vivieron; es el anuario comercial, industrial y profesional de los titulares de la actividad hostelera; finalmente, es una guía descriptiva, detallada y pormenorizada de los establecimientos que a los largo de cien años han estado al servicio de los abulenses de ordinario y en los más variados y señalados momentos.
Es un libro de visitas y de sucesos, y también de cartelera de festejos, recreos, juegos y entretenimientos de niños, jóvenes y adultos.
En verdad, el libro se presenta también como una novela existencial protagonizada por camareros, mesoneros, cantineros y posaderos, una pluralidad de clientes y una amplia variedad de públicos.
Finalmente, el libro también es el álbum de retratos y estampas de los protagonistas del vivir diario.
Aunque no trata el libro de recoger la historia de las tabernas a lo largo de las distintas épocas y civilizaciones que ha habido, haciéndolo sólo desde el mil novecientos al año dos mil, aprovechamos la ocasión para recoger algunas notas de tiempos pretéritas con la voluntad ilustrativa.
Para ello tomamos referencia el vino, la bebida de consumo primordial que se servía en los locales de ocio que tratamos, diciendo con Jorge Luis Borges:
«Vino, enséñame el arte de ver mi propia histórica / Como si ésta ya fuera ceniza en la memoria» (Soneto del vino, 1964).
Ávila, que en el siglo de oro destacó como una floreciente ciudad palaciega y conventual, se nos aparece ahora como una urbe de raigambre hostelera, un aspecto bastante común y generalizado en la mayoría de pueblos y ciudades españolas que en nuestro caso contribuye a la construcción de una parte de la identidad cultural de los abulenses.
Y de aquel siglo de oro, respecto a la tradición de servicio y consumo de vino, bebida por excelencia en los hábitos ociosos de la población, como bien escribieron Quevedo y Lope de Vega, con la cual se brindaba en bodegas y tabernas, no podemos por menos que traer a colación un primer acercamiento conceptual de interesantes connotaciones, tanto corporales como espirituales, con los textos de los místicos abulenses Santa Teresa y San Juan de la Cruz, pues en ellos descansa nuestra herencia cultural.
Los santos de Ávila toman entonces las palabras bodega y vino, y con ellas componen alegorías de deidades y forman la «bodega del vino», para referirse al alma de cada uno, como almacén o despensa interior del hombre, o casa de Dios donde se guarda el vino, es decir el tesoro divino:
«Asenteme a la sombra de aquel a quien deseaba, y su fruto es dulce para mi garganta. Metióme el Rey en la bodega del vino, y ordenó en mí la caridad» (Santa Teresa, Conceptos del amor de Dios, cap. V, 1571-1574).
«En la interior bodega / De mi Amado bebí, y cuando salía/ Por toda aquesta vega, / Ya cosa no sabía, / Y el ganado perdí que antes seguía» (San Juan de la Cruz. Cántico Espiritual, canción XVIII, 1578).
Y con el mismo acento místico, el poeta Amado Nervo, viajero por Ávila, antes de acercarse al Dios eucarístico, evoca:
«Más tarde, trovero de nobles feudales /, canté sus hazañas, sus lances de honor, / yanté a la su mesa, y en mil bacanales / sentime beodo de vino y de amor» (Místicas, Transmigración, 1898).
Igualmente, Rubén Darío, nuestro poeta de adopción en Navalsauz, lugar al que mira desde el jardín del Rastro, también siente el arrobamiento teresiano por su amada Francisca Sánchez, su enamorada abulense:
«Una copa me dio el sino / y en ella bebí tu vino / y me embriagué de dolor, / pues me hizo experimentar / que en el vino del amor / hay la amargura del mar» (Dezires, layes y canciones, 1901).
En otro orden, la novela La Gloria de don Ramiro (1908), de Enrique Rodríguez Larreta, ambientada en la ciudad de tiempos de Felipe II, nos presenta los bodegones en los barrios de San Esteban y Santiago:
«Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja.
Las callejuelas estaban llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones encendían sus candiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino resplandor anaranjado…
Ramiro escuchó a su maestro con la sumisión acostumbrada. Vivaz, enérgica, perentoria fue la consigna.
Debía recorrer a menudo el arrabal de Santiago, introduciéndose en los patios, en las posadas, en los bodegones, hasta sorprender alguna plática reveladora».
Una referencia literaria más sobre las bodegas abulenses del siglo de oro es la que queremos encontrar el Quijote de Cervantes (1605), quien sitúa en una venta al llamado Arriero de Arévalo, personaje que da nombre a la nombrada Bodega del Arriero que en Arévalo se identifica con la Bodega de Perotas.
De aquellos tiempos de esplendor renacentista, también de otras épocas, la ciudad de Ávila cuenta hoy con un extraordinario catálogo de bienes de interés cultural que reconoce los valores de su patrimonio histórico.
Pues bien, a mayores, Fernando García San Segundo, por su parte, ha elaborado para la memoria colectiva abulense un catálogo de lugares de ocio (cafés, bares, tabernas, etc.) que ya son sitios históricos para muchos, o entrañables recuerdos para otros, como poco, sin olvidar que la simple presencia de estos lugares en el imaginario, también en el callejero y el paisaje urbano, son símbolo de coexistencia y unión vecinal, a la vez que sirvieron para crear ciudad.
Con todo, resulta que las gentes de Ávila son las hacedoras de la historia hostelera de la ciudad, y cuanto se relata en el libro es parte de crónica diaria de sus vidas.
Es asombroso el gran número de establecimientos inventariados en el libro, lo cual da idea de la enorme repercusión social y económica en la ciudad.
Al comienzo del siglo XX, Ávila contaba con 11.885 habitantes, y cien años después la población sumaba las 47.843 almas.
En este periodo, Fernando García ha documentado 801 establecimientos de bebidas de nueva apertura, y 902 traspasos o cambios de titularidad, lo que hacen un total de 1.701 vecinos que, en algún momento, han figurado como propietarios o arrendatarios de tabernas, bares, cafés, pubs o discobares, dice el autor, sin contar los familiares que convivían con el dueño y tampoco los camareros y los empleados de dichos negocios, a los que sumamos la clientela y el público que en general por allí pasa y seguramente tengamos a toda la población abulense.
Ante tal proliferación de tabernas, El Diario de Ávila, en 1905, se hace eco del texto de Concepción Arenal, escritora muy querida en Ávila donde editó varias de sus obras y aquí tiene dedicada una plaza.
En el relato titulado La Taberna, emulando la obra de Émile Zola (L’Assommoir, 1877), Concepción Arenal, igual que Zola, critica los estragos que causa la miseria y el alcoholismo, los cuales traen causa, precisamente, en las tabernas, decían (DAV, 24/01//21905).
Quizás por ello, en 1911, los concejales Don Juan Guerras y don Isidro Mulero dijeron que en Ávila hay muchas tabernas, como ocurren en los barrios de San Nicolás, Feria, Rollo y Damas, donde en el 60 por 100 de las casas hay, por lo que piden deniegue la autorización que se tramitaba entonces.
Por otro lado, llamativa fue la orden gubernativa de 1940, en virtud de la cual todos los vocablos genéricos extranjeros debían desaparece de los rótulos de comercios y establecimientos de bebidas, a excepción de las marcas comerciales.
En Ávila, como ocurre en la mayoría de pueblos y ciudades, las tabernas, cafés y bares no son solo espacios considerados templos hedonistas, pues su versatilidad da cabida en ellos a todo tipo de actividades sociales.
Y al mismo tiempo que salpican calles y plazas, sirven para integrar y formar la conciencia de barrio, al que dotan de personalidad propia al convertirse en uno de los referentes de su identidad.
Igual que las guías de viaje de Ávila enaltecen palacios y monumentos como parte de sus bellezas materiales, el presente libro es un vademécum de su historia escrita a través del espejo de la hostelería en la que, de alguna manera, nos identificamos.
Todos los titulares de la actividad hostelera, antiguos y nuevos, se reflejan en el libro ubicados en un lugar del mapa donde se asentaron, se identifican en el padrón fiscal correspondiente y se incluyen en el inventario de actividades que también se relaciona.
El libro no es una guía comercial, ni una guía del ocio al uso, aunque también podría haber servido a tal fin en este viaje del tiempo, y es que el ambiente tabernero también respira crónicas sociales y de sucesos de gran interés.
Entre los antecedentes inmediatos de la historia de los locales en los que se servían bebidas y comidas, y que también ofrecían alojamiento, desde 1900 y a modo de introducción sobre la implantación de dichas actividades, nos detenemos con curiosidad en las posadas que reseñaron antiguos viajeros, como el hispanista Richard Ford (1796-1858), un erudito viajero nacido en Londres que vino a España en 1830.
Durante cuatro años recorrió a caballo todo el país, y en este tiempo acumuló datos que publicó bajo los títulos Manual para viajeros por España (1844) y Cosas de España (1846).
En su Manual, Ford describe la ruta que le llevó de Madrid a Ávila:
«Ávila es la capital de su fría y montañosa provincia… Las posadas son muy malas; las menos malas son ‘La Mingorriana’, en la plaza, y la del ‘Empecinado y ‘Puerta del Rastro’. Las galeras de Madrid paran en el ‘Mesón del Huevo’. Ávila es sede de un obispo y tiene universidad. Su población es de menos de cinco mil almas (…)».
En Cosas de España, Ford presta especial atención a los arrieros, las posadas, la tortilla, el gazpacho, los garbanzos, el chocolate español, la matanza del cerdo, los barberos y sacamuelas, etcétera.
@Es la misma curiosidad que Fernando García San Segundo nos despierta en las rutas de las tabernas y cafés que traza, llamando la atención de todos y cada uno de ellos.
También introducimos ahora que, en 1850, en el Mercado Grande, se instaló el Café Rubiños, con botillería y sala de baile y música en la galería del piso alto del edificio municipal de la Alhóndiga, siendo su arrendatario el fontanero y “aparejador” del Ayuntamiento Faustino Rubiños.
El local se había construido en el siglo XVI como pósito de granos, albergando en 1596 la Carnicería de la ciudad. Mediado el siglo XVII era también el sitio escogido para reclutamiento y enganche de gente destinada a las milicias mediado.
En el siglo XIX, las leyes desamortizadoras impidieron que funcionara como institución de préstamo y socorro, en 1842 era presidio, en 1844 se instalaron allí las oficinas del Gobierno, y en 1848 se destinó a cuartel de la Guardia Civil.
Así mismo, atendiendo a técnicas estadísticas, censitarias, registrales y descomposición de datos, propias de los diccionarios, las mismas que Fernando San Segundo ha seguido con rigor, Valeriano Garcés González, delegado del Montepío Universal de las Cajas de Ahorro elaboró una Guía de Ávila (1863).
Por él sabemos que en la feria de San Pedro (del 22 al 29 de julio) se instalaban botillerías, horchaterías y tabernas en la arboleda del río, y que en la calle San Segundo se hallaban la ‘Fonda y Café español y francais’ y el ‘Café et restaurant du Chemin de fer du Nord’, mientras que el ‘Café de Bazo’ estaba en la calle Barruecos, y el ‘Café del Valenciano’ en la calle de la Feria.
Medio siglo después, el pintor José Gutiérrez Solana publica La España negra (1920), donde reseña la visita que hizo a Ávila: «Las primeras casas del pueblo son muy rústicas; tienen las fachadas de piedras todas desiguales y en pico, con una puerta muy grande; establos convertidos en tabernas; a la puerta hay un grupo de campesinos con grandes zajones de cuero, sombreros con las alas caídas, adornados con dos borlas, embozados en sus mantas a grandes cuadros y unos cuantos con montera de pellejo».
Una escenografía solanesca que contrasta con la que hizo el pintor poco después del «Café Pombo» presidida por Gómez de la Serna, quien recorrió Ávila como ‘cartógrafo gastronómico’ para el mapa donde recoge el fruto de sus esfuerzos ‘masticatorios y bebestibles’, dijo.
Por su parte, Camilo José Cela, en el libro Judíos, moros y cristianos (1956), también nos cuenta las delicias de «Casa Patas» (C/ San Millán), la comedor atendían Félix Grande con sus hijas, lo que sumamos a los detalles anecdóticos e impresiones de aspectos históricos abulenses relacionados con la costumbre de consumir bebidas en cafés, bares o tabernas, además de otros locales habilitados para ello, en los cuales, los dueños y clientes mantienen viva una tradición cultural centenario, como muy bien nos cuenta Fernando García san Segundo.
Adentrándonos entonces en el libro, descubrimos el arraigo en aquellos establecimientos de sociedades y peñas recreativas, festivas, deportivas, taurinas, flamencas, vecinales, etc., así como de los acontecimientos festivos que celebraban los hosteleros en honor de su patrona Santa Marta el 19 de septiembre, con toros incluidos.
Mientras que en la crónica de sucesos relacionados bares y tabernas llaman la atención, aunque fueran excepcionales, riñas, puñaladas disparos de armas de fuego, altercados y peleas, robos, asesinatos, timos, etc. con heridos y muertes, como cantó Federico García Lorca:
«La muerte / entra y sale, / y sale y entra / la muerte / de la taberna».
En la ruta de bares que traza Fernando García también se incluyen acontecimientos de vida cotidiana y otros de gran repercusión social.
Por ejemplo, se apunta la pérdida patrimonial del acueducto que canalizaba el agua desde las Hervencias hasta las Gordillas y el convento de Santa Anta, se informa de la vida comercial de la ciudad con detalle de tiendas y comercios que jalonan calles y plazas, se recuerdan las inundaciones de los ríos Adaja y Chico y la pertinaz sequía socorrida por rogativas a la Virgen de Sonsoles; se recogen inauguraciones y bendiciones de nuevos locales, se detallan actuaciones musicales y celebraciones varias (bodas, nochevieja, carnavales, homenajes, etc.); se reseñan las tertulias que tenían lugar en el «Café Suizo», «El Comercio», «Pepillo», el «Café Moderno» y «El Liceo», y se lamenta el cierre de algunos establecimientos emblemáticos como «Pepillo» (1984) y «Piquío» (1998), y de otros tantos.
Respecto a las bebidas y aperitivos que podían degustarse en los numerosos bares y tabernas, cabe destacar de las mismas su rica y variada oferta, cuya amplia carta también se recoge en el libro.
De aquellas se citan coñacs (Osborne), anises (Ríos, Cebra, El Mono), cervezas (Mahou y el Águila), vermouth (Martini é Rossi), ponche, ginebra, aguardiente, coca-cola en 1930, champagne y sidra, limonada, vino blanco de tierra de Medina, etc.
Entre los aperitivos o tapas se ofrecían cangrejos de Casa Luis, sardinas asadas en el bar de Félix Blanco, y callos y mollejas en Casa Patas», así como gambas y mariscos, jamón, champiñón y otras muchas más.
De la misma manera, se anotan las consultas médicas que tenían lugar en hoteles y cafés convertidos en improvisados dispensarios de oculistas, ortopedistas, callistas y sacamuelas en el Hotel Inglés, el Gran Hotel y el Hotel Jardín. Incluso, se añade que la posada de «El Rastro», el Dr. Luciano Clemente Guerra operó a un paciente de un tumor en el hígado, mientras que en el «Bar Blázquez» consulta Justa Muñoz Oliva, conocida saludadora y curandera, a la vez que el Dr. Torres pasaba consulta en «Pepillo».
En la vida que discurre entre bares y tabernas cobran singular protagonismo los personajes populares Paquillo (el de los caramelos y cigarrillos), los limpiabotas de «Pepillo» Tragayesos y Merejo (Aurelio Nieto)
. A su lado figuran el rey Alfonso XIII, quien fue agasajado con una cena especial en 1910 en la «Fonda de la Estación» en una parada a su regreso vacacional de Santander, y la Infanta Isabel de Borbón, quien llegó en 1912 y desayunó junto a los pinares de San Antonio, en el café veraniego «El Paraíso» invitada por el gobernador.
De otro lado, sobresale en el libro la presencia de las mujeres al frente de cafés, bares o tabernas, como Dña. Jovita Garrosa Jiménez, de la «Taberna bar Jovita», en el barrio de Las Vacas; María del Carmen Gómez (Mari), del «Bar Pema»; Pepa García Velayos, de «Casa Patas» (del Puente); Sonsoles, del «Bar la Choco»; doña Ángela Sáez López, del restaurante «Mesón El Rastro», entre otras que lo hacían calladamente a la sombra del negocio familiar.
Entre 1950-1975, dice Fernando García San Segundo, se forjó una generación, o, mejor dicho, la mejor generación de camareros que ha dado Ávila. Muchos de ellos comenzaron como “chicos de los recados” con apenas doce años y pasaron el resto de su vida detrás de una barra, sirviendo con alegría y simpatía a los abulenses, y prueba de ello son los numerosos premios y galardones obtenidos en concursos gastronómicos y de coctelería de los que se deja constancia también en el libro.
Finalmente, el libro se completa, como es habitual en los estudios de Fernando García, con el gran álbum formado por cientos y cientos de fotografías.
Estas imágenes son el testimonio vivo de la actividad hostelera impregnada en la ciudad, dando fe de su identidad y de su propia personalidad.
Son fotografías de un gran valor sentimental y documental, extraídas de los álbumes familiares con las que se salpican las páginas del libro resucitando viejas querencias y recuerdos.
Por último, una reflexión sobre el libro se nos ofrece como nota del autor:
«Tal vez todas las historias terminen siempre en el mismo lugar: en la necesidad de no estar solos. Este libro no se escribió para ajustar cuentas con el presente ni para idealizar el pasado, sino para recordar.
Recordar que hubo un tiempo —no tan lejano— en el que los cafés, bares y tabernas de Ávila eran algo más que locales abiertos: eran refugios, puntos de encuentro, pequeños hogares donde la vida se compartía sin prisas. En aquellas barras se hablaba poco y se escuchaba mucho.
Bastaba un gesto, una mirada o una ronda para sentirse acompañado. Allí se aprendía a estar, no a exhibirse. Y quizá por eso hoy, cuando todo parece más comunicado y menos cercano, su ausencia pesa tanto.
»Las tabernas no desaparecieron del todo. Cambiaron de piel, de nombre, de costumbres. Cambió el vino de la bota por la copa alta, el humo por la música de fondo, la conversación por el teléfono sobre la barra.
Pero su oficio sigue siendo el mismo: reunir a los vivos alrededor de algo compartido…
Y mientras quede alguien dispuesto a sentarse, a escuchar y a pagar una última ronda —aunque ya no sepa muy bien a quién—, la historia de los bares de Ávila seguirá viva. No en los censos ni en los archivos, sino en la memoria. Que es, al final, el último refugio que nos queda. Hasta pronto, amigos».

FUENTE:https://www.facebook.com/jmsanchidrian1234

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