POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
Ríanse ustedes del Halloween importado. Por la huerta de esta tierra, desde hace siglos, los niños ya pedían su particular truco o trato de Halloween protagonizando la entrañable y chispeante ‘orillica del quijal’. Llamando a las puertas de las casas, los más pequeños colmaban las cestas con las frutas y hortalizas sobrantes de los extremos del bancal —el quijal—, amenazando con un divertido «¡Si no me la das te rompo el portal!».
Aquel bullicio se entrelazaba con el respeto y la melancolía de la noche de Tosantos, cuando la tradición dictaba que las ánimas de los difuntos regresaban para dormir una noche más en el calor de sus hogares. Entre mariposas de aceite encendidas, camas engalanadas con sábanas limpias y el murmullo de los abuelos pidiendo silencio para no despertar a los visitantes del más allá, Murcia tejía un rico universo de leyendas, cánticos de auroros y sabores inconfundibles —como el arrope, el calabazate o los tostones— que hoy continúan formando parte viva de nuestra memoria colectiva.