POR JOSÉ ANTONIO AGÚNDEZ GARCÍA, CRONISTA OFICIAL DE MALPARTIDA DE CÁCERES (CÁCERES)
Es Miércoles de Ceniza, día en que nos cuenta la tradición solía pedirse la patatera. Aunque este año la celebración cayó en marzo, era febrero el mes en el que se concentraban dos de los rituales más significativos de la vida festiva malpartideña: las quintas y el Carnaval. Cada uno a su modo afirmaba la identidad comunitaria y servía de válvula de escape a la monotonía de lo cotidiano.
La Quinta fue durante decenios un acontecimiento vivido con intensidad por las familias y el vecindario, pues la flor y nata de la juventud del lugar se veía obligada a marchar al servicio de la patria durante un largo periodo de tiempo, con todo lo que ello comportaba. Numerosas son las referencias de nuestro folclore a este hecho y tres los días del año que concentraban la atención en torno a “los quintos”: el día del sorteo de los números, el día de la talla y el día del sorteo de destino. Los dos primeros, el del sorteo de los números y el de la talla tenían lugar a principios de febrero, con una semana de diferencia entre uno y otro. El día del sorteo se instalaban dos bombos en el balcón del ayuntamiento, uno con los nombres de los mozos y otro con tantos números como jóvenes había en el reemplazo. Simultáneamente se sacaba un nombre y un número, quedando los mozos con los números más altos exentos de cumplir el servicio militar. En el día de la talla, los quintos, acompañados de familiares y allegados, acudían al ayuntamiento. Allí, tras ser medidos y pesados por personas expertas y reconocidos por el médico, esperaban su declaración como útil o inútil para el cumplimiento del servicio militar. Finalmente, en el mes de octubre o noviembre, tenía lugar el día del sorteo de destino, jornada en la que se conocía la asignación del mozo a la clase de ejército y lugar donde debería realizar su “mili”.
Antropológicamente, la quinta se entiende como un rito de paso en la masculinidad, por medio del cual el mozo dejaba atrás su adolescencia para convertirse en hombre “hecho y derecho”, capaz de asumir responsabilidades tan graves como la defensa de la patria. La quinta era una especie de “bautizo” a la vida adulta, marcado de simbolismo. Tenía, además, un carácter grupal, pues el mero hecho de haber nacido el mismo año, el ser “de la misma quinta”, creaba lazos especiales de por vida entre los mozos en cuestión. De ahí que los quintos quisieran entrar en esa vida adulta en grupo y de forma notoria: muchos de ellos llevaban bastones, fumaban por primera vez en presencia de los padres, consumían el vino sirviéndose de “bicas” u orinales, organizaban bailes y fiestas propias y, naturalmente, comían y bebían juntos.
Por su parte, El Carnaval ha sido una fiesta de enorme predicamento y popularidad entre los malpartideños de todas las épocas. Mucho se ha escrito sobre los orígenes precristianos de estas celebraciones, de lo que suponen como transgresión de las normas y aniquilación de las jerarquías, así como de su alcance para la socialización y afirmación de las señas de identidad de los pueblos. Como quiera que sea, Malpartida fue muy dada siempre a festejar el Carnaval y en otros tiempos, desde el 17 de enero, festividad de San Antón Abad, había gente vestida de máscara y otros disfraces bailando y cantando en las calles al son del pandero. Como recoge el historiador Marcelo González en su trabajo de licenciatura, en las ordenanzas municipales de 1893 se regulaba en su Título I el uso de disfraces y máscaras durante estos días, indicio de que ya entonces se usaban. La Iglesia, contraria a estas prácticas, quiso impedirlas con exposiciones del Santísimo, oraciones y penitencias, pero nada pudo conseguir debido al entusiasmo y alegría que dichas celebraciones levantaban en el vecindario. La diversión era mucha: se hacían bromas y sahumerios, las mozas jugaban a “morito”, había bailes en los salones (los Casinos de Arriba y Abajo, las Morcillas, el Caracol, etc…) y paseaban las calles estudiantinas y murgas con sus pícaras y atrevidas canciones.
Y es aquí donde surgen tres prácticas carnavaleras que tienen como protagonistas principales a los quintos, aunque también podían participar en ellas amigos y allegados: la Carrera de Gallos, el Entierro de la Sardina y la Pedida de la Patatera. LA CARRERA DE GALLOS usaba celebrarse el Martes de Carnaval, aunque otras fuentes dicen que eran el Miércoles de Ceniza. Las últimas que se recuerdan tuvieron lugar en el patinadero de la localidad, en la calle extramuros llamada Vía Crucis o Pajares. Atravesando la vía se situaba una cuerda de la que se colgaban algunos gallos vivos y los quintos, montados a caballo y armados de bastones tenían que matarlos a la carrera. Normalmente cada mozo aportaba su gallo que acababa siendo guisado en el puchero de una taberna para la reunión posterior de los quintos.
Más tarde, los mismos mozos desfilaban juntos en el Entierro de la Sardina, configurando una procesión de “sardineros” en la que también iban montados a caballo o burro, ataviados con enaguas blancas y embozados en el percal, blusas de encaje, un sombrero adornado con flores de papel y faroles en las manos. Abría la comitiva “el cabo” con un palo o caña de la que pendía una sardina. Entre sollozos de humor y risas del vecindario, la manifestación de participantes cantaba a voces la conocida letanía “¡Pobre sardina, ya se murió, cantemos todos, el Kyrie eléison (o quirilisón)”.
Y por último, fue también popular juntarse el Miércoles de Ceniza para la PEDIDA DE LA PATATERA, que consistía en grupos de quintos y amigos -siempre hombres-, vestidos con ropas de mujer de negro percal, que recorrían las casas pidiendo alimentos. Los vecinos, sobre todo si eran familiares o allegados de confianza contribuían a la cuestación con el producto más abundante y económico de los que se disponía: las populares patateras que reposaban su curación en el tablao desde la reciente matanza. No había más que subir al sobrao y bajar un colgaero para satisfacer a los postulantes, pues en caso contrario podían tomar el botín por la fuerza, bajo una lluvia de burlas y rechiflas dedicadas al tacaño dueño. Al hilo de esta algarabía y amparados en el grupo, no era extraño que algún mozo se envalentonase y aprovechase la ocasión para entrar por primera vez en casa de la novia, hecho que entonces estaba vedado si la relación entre ambos no estaba cuajada y reconocida por las familias. Cuando se había recorrido todo el pueblo, o se consideraba que la colecta había dado suficientes frutos, terminaba la Pedida y con todo lo obtenido el grupo se daba un festín en cualquier taberna.
Estos ritos de la Carrera de Gallos, Entierro de la Sardina y petitorios de alimentos y comidas en comunidad son manifestaciones comunes al Carnaval de otros pueblos de la provincia de Cáceres, perdurando algunos de ellos hasta la actualidad con mayor o menor fortuna. Para mayor abundamiento, véase en este apartado el catálogo “Carnavales de Cáceres” con fotografías de Sebastián Martín Ruano, editado por el Museo de Cáceres en 2009.
La costumbre de la Pedida de la Patatera estuvo vigente en Malpartida durante las primeras décadas del siglo pasado y, sobre todo, en las fiestas de Carnaval celebradas durante la II República en las que, según noticias, hubo gran participación y animación. Todos estos usos unidos a las carnestolendas fueron prohibidos a partir de la Guerra Civil, trabajando las autoridades y la Iglesia por su extinción y olvido durante los años del franquismo. Quedó, no obstante, algún rescoldo de las celebraciones pasadas en el paseo y lucimiento que las jóvenes malpartideñas hacían durante estos días ataviadas del traje típico de refajo, pañuelos y mantones: hasta el punto que vestir estas ropas tradicionales se llamó en Malpartida “ir de Carnaval”. Y también se guardó recuerdo en bailes infantiles de disfraces que solían celebrarse el Lunes de Carnaval en los principales círculos de recreo de la localidad. Por ello, durante años, sólo de manera ocasional y por grupos muy reducidos volvieron a renovarse aquellas antiguas costumbres que permanecieron, sin embargo, siempre vivas en la memoria de quienes las habían vivido, nuestros mayores…
