POR RICARDO GUERRA SANCHO, CRONISTA OFICIAL DE ARÉVALO (ÁVILA).
Tengo que reconocer que cada día lo entiendo menos, esa agenda europea del agua, muy influida por el cambio climático y unas políticas de recuperación de cauces que, por mucho que me lo explican, no encuentro racionalidad ni proporción por las elevadas inversiones empleadas en destruir, con lo que hay que hacer y construir para mejorar muchas cosas…
No había vuelto a bajar al Adaja, a la Isla, un lugar tan arevalense, que ha sido para generaciones y generaciones lugar de baños, de recreo, de meriendas de pandas de amigos, de ocio con agua y arenales… La verdad es que aquel derribo inmisericorde de nuestra presa del molino de Mengotti nos llegó a lo profundo… esas grandes inversiones se podían haber dedicado a mejorar ese entorno, pulmón verde y acuático de la ciudad. Ya nada es igual.
Hablando del tema con un amigo, que es arquitecto, comentamos esa enrevesada normativa europea sobre las aguas, como otras tantas, que no las entienden ni ellos mismos, como se aprecia por su diversa aplicación, que marcan objetivos a años vista y que sin cesar aplican sus acuerdos leoninamente, tan generalistas, porque son difíciles de aplicar según en qué lugares, por la gran diversidad de los espacios de aplicación. Cómo va a ser igual nuestra meseta siempre sedienta que otros lugares más del norte donde las aguas están por todas partes…
Confieso que me he intentado informar a cerca de esa normativa, toda ella de letra pequeña, de esa que despectivamente decimos que es pequeña, casi ilegible para que no se vea y ocultar otras intenciones. Mucha verborrea.
Que bonitas fueron las intenciones de aquellas jornadas con el mundo asociativo de la ciudad, en mayo de 2021, mostrando los beneficios de aquella reglamentación Life Duero. Y qué poco tuvieron en cuenta algunas apreciaciones para sus propósitos. Ya lo tenían todo decidido, al margen de la opinión de los lugareños.
¡Quién no va a querer que se mejore la calidad de las aguas!
Pero lo primero que hicieron fue la destrucción del dique del Molino de Juan Velázquez de Cuéllar, o de La Isla, la pesquera, como siempre la hemos conocido, que nombres ha tenido un rato, en función del dueño o poseedor de los derechos de horas de molienda.
Y fue una destrucción tan drástica, tan radical tan inflexible que apenas nos dio tiempo a reaccionar. Qué vacío sentimos muchos arevalenses.
Lo mismo que ha ocurrido más recientemente con la presa del Puente de Mesa, en el Cega, bien cerca, en Segovia, y como con tantas otras, derribada con nocturnidad e implacablemente, contra la opinión del pueblo y sin escuchar razones… parece ser que, como la de Arévalo, tenía su historia, era una estructura antigua, como la nuestra… no se está cumpliendo la normativa europea, que exime de la destrucción las construcciones históricas…
Hoy he vuelto a bajar a La Isla, no lo hacía desde 2021 en que se derribó la presa del Molino de Juan Velázquez de Cuéllar, llamado por otros de Álvaro de Luna… ahora han hecho una escollera de rocas en la margen izquierda del río, bajo la ciudad, con ínfulas marítimas… las avenidas de este invierno mostraron un punto débil. Pasos indecisos y lentos en esa recuperación del entorno, de los arenales, de los peces… lo primero que tenían que haber cuidado. Pero del puente peatonal de madera, nada de nada.
No sé por qué he bajado… he sentido una gran impotencia, ya no se escucha el rumor de la cascada…