LAS MUJERES EN LA PASIÓN DE CRISTO
Abr 12 2026

POR CARLOS AZNAR PAVÍA, CRONISTA OFICIAL DE LA VILLA DE ASPE (ALICANTE)

Marias-y-Magdalena-vivientes

Un tema tan interesante como es el de Las Mujeres en la Pasión de Cristo, representado ininterrumpidamente desde el año 1844 por mujeres aspenses en nuestras procesiones, merece más de una charla o conferencia. Una tradición cantada y ensalzada por casi todos los pregoneros de de la Semana de Pasión, una fuente de inspiración fue para mi pregón, que refiriéndome a las jóvenes que acompañan a las Imágenes de Cristo representado a María Magdalena, entre otras cosas dije lo siguiente: «Me vuelvo hacia la avenida donde ha tenido lugar el encuentro y reparo primero en la joven que ese año representa a María Magdalena, alguien la tapa, es una mujer que está  dándole los últimos retoques, cuando la mujer se aparta, me doy cuenta que es María Pastor, entonces puedo mirar a la Magdalena: es  una joven morena de negros y profundos ojos, el pelo le cae en cascada sobre sus hombros, y el sol ya en su plenitud juega con sus rizos, se adelanta unos pasos y entonces la puedo ver mejor… es hermosa como la mañana de abril que nos alumbra, los detalles de su vestimenta están cuidados al máximo y pienso: -Carmen y Valentina han hecho un buen trabajo, y sin apenas darme cuenta, muy por lo bajo, le recito unos versos que quedaron en mi memoria»:

¿a dónde vas, Magdalena

con ese tosco vestido

con esa cara de pena

y el corazón afligido?

Tú la reina emperadora

por los goces pervertida,

de los Césares señora,

vas al fin arrepentida.

Tú la estrella mantenida

voz por encima del viento,

Virgen por Dios elegida

rosa abierta al sufrimiento.

Bella flor entre las flores

de perfume embriagador

dulce amor de los amores,

manantial de puro amor.

Magdalena llanto y vida,

agua de la clara fuente,

Dios perdono tu caída

Besó al alba tu frente.

Sigue por Dios Magdalena,

que ya curaste la herida

y con tu dolor y pena

Regeneraste tu vida.

Refiriéndome a las dos jóvenes que dan vida a la Marías y que al igual que la Magdalena, ellas acompañan a la Madre de Cristo en esa trágica mañana de Viernes Santo, también entre otras cosas dije lo siguiente: «La Dolorosa sigue las huellas del Nazareno delante de ella, María Salome y María la de Cleofás, ellas no se han escondido como los apóstoles a  es sección de San Juan, ellas están ahí, (Las Marías) que se funden la una con la otra y sin levantar la vista del suelo tratan de vivir el momento que les ha tocado representar.

María Cleofás.

«Y estaban junto a la cruz de Jesús

su madre y la hermana de su madre.

María la de Cleofás, y María Magdalena». S. Juan XIX.

María hilaba a la sombra de la vid. Cleofás, sentado en el peldaño, colgándole por las rodillas los puños de labrador, miraba a sus hijos Simón y Joset, que binaban la tierra cansada; y los cuerpos cansados a la mancera de olivo, los bueyes, tardos, rojos, peludos, pasaban y volvían sobre el fondo azul y encendido del sol de las aguas del Genezareth.

María era menuda y graciosa. llevaba una túnica ondulante y rubia como el trigo maduro, sandalias de piel de oveja, cosidas por Cleofás, que ya llegaba a la senectud y su carne de sarmiento resaltaba entre el lino de su sayal, que le tejió su esposa, y de sus barbas de patriarca.

Callada o conversando, trajinera o embelesada, María siempre estaba sonriendo. Su boca húmeda y casta, semejaba en todo instante que hubiese acabado de exprimir la miel de sus uvas o de beber el agua de su aljibe, blanco como un cordero; y en sus ojos, del negro aterciopelado de sus trenzas, siempre moraba una luz de lejanía.

y el esposo suspiraba mirándolos.

Se iba cerrando la tarde. Y María; despertó la brasa del hogar, y volviéndose a sus dos hijos labradores, suspiro resignadamente: -¡Hoy tampoco veremos al señor ni a vuestros hermanos.

Y aquella noche, mientras el anciano Cleofás dormía, la esposa lloro calladamente recordando su jornada… Vio a Jesús pálido extenuado de imploraciones y quejas, de rugidos de una humanidad delirante, y desfallecía la voz del Señor, y le sudaban las sienes y se le veía en su boca, en sus ojos, en sus pómulos febriles el ansia del esfuerzo para fijarse en todos los infortunios.

 María, recordaba, que la acogieron con desconfianza. y Jesús advirtió su cortedad y las sequedades de las otras mujeres, y la llamo amparándola en su pecho. Y entonces ella, fortalecida, pudo balbucir; «¡Señor, Señor, tú dijiste: «Cualquiera que dejare hermanos, padres, hijos, esposo y bienes por mi nombre, ése poseerá la vida eterna!»

 ¡Señor dos de mis hijos te acompañan, y los otros dos que me quedan te traigo! y yo te sigo desde mi casa; colgada llevas mi vida a la tuya; pero yo no puedo abandonar a Cleofás, tan viejo tan cansado, tan solo: ¡Mira bien en mi ánima, Señor…!

Y el Rabbi tomo a Simón y a Josef como emisarios de Reino, y ella le sonrió.

…Un labrador de Corozaim les vendió su camello. y Cleofás, María y su hijo Simón, que vino en busca de los padres, se juntaron con la última caravana galilea de la Pascua.

Les llamaba la madre del Señor.

Y María, madre de Santiago, Judas, Simón y Joset, después que sus cuatro hijos la abandonaran para seguir a Jesús, sola y con su marido muy anciano, cuando presintió la tragedia que se cernía sobre El Maestro, no dudó ni un momento, había que abandonarlo todo y marchar a Jerusalén, para estar al lado de su pariente y amiga la Virgen María.

En los grandiosos acontecimientos de la redención, durante el dramático epílogo sobre el Calvario, un coro silencioso de piadosas mujeres espera un poco lejos que todo haya terminado: Estaban junto a la Cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás y María de Magdala, dice el evangelista San Juan. Era el grupo de las que le seguían desde cuando estaba en Galilea para servirlo, y en el que también se encontraba María Salomé y muchas otras que habían venido de Jerusalén.

María Salomé, esposa de Zebedeo el pescador y madre de los Apóstoles Santiago el Mayor y Juan Evangelista, es también integrante activa del ciclo pasionista de Jesús, al que siguió desde Galilea y al que un día se postro ante él, para hacerle una petición: Ordena que estos dos mis hijos se sienten en tu reino, uno a tu diestra y otro a tu izquierda.

Una imagen de Santa María Salomé puede verse en la base de una de las columnas del arco triunfal de la catedral de Santiago de Compostela, lugar donde reposan los restos de uno de sus hijos, que ha sido y es faro de la cristiandad en España y a ella esta ciudad también le tiene dedicado un templo, este preside la Rúa Nova de la ciudad gallega.

En el libro de Santiago Martín, El Evangelio Secreto de la Virgen María, la madre de Cristo refiriéndose a las mujeres que le acompañaban, nos dice lo siguiente: Pero no sólo sufrí por Juan. Sufría también por Jesús, y a mis primas les pasaba lo propio con sus hijos: Santiago, Judas y Simón, que estaban con él anunciando la buena noticia del amor de Dios a su pueblo. Como madres preocupadas nos veíamos con frecuencia para intercambiar la más pequeña noticia y para rezar pidiéndole a Dios misericordia para el Bautista y para nuestros muchachos. Ellas no tenían la fe en Jesús que tenía yo, así que yo notaba que, a pesar del cariño que nos unía, a veces se sentían amargadas y pesarosas por el hecho de que sus hijos se hubieran metido en aquella aventura. Mi prima María, la madre de Santiago, siempre estuvo firme; en cambio, la mujer de Cleofás, quizá porque era más mayor, tenía más dificultades en creer que lo que Jesús hacia procedía de Dios.

El caso es que sufríamos por no tener noticias y sufríamos cuando las recibíamos. Así hasta que nos enteramos de que tras la detención de Juan, Jesús había decidido abandonar Judea y regresar a Galilea.

En este grupo de mujeres de la Pasión de Cristo, siempre se alza la figura de María Magdalena, por su fervor invencible por su constancia en acompañar al Redentor. allí está en el Calvario con María, junto a la Cruz, para recoger la última mirada de Cristo agonizante y la última gota de sangre del costado lacerado.

Magdalena la que se acerco de puntillas y avergonzada adonde estaba Jesús y se tiró a tierra y sacó de entre sus ropas un frasco de perfume. Y le rompió el gollete al frasco y lo arrojó suavemente sobre los pies de Jesús, y los ungió, con sus cabellos los acarició y con sus lagrimas humedeció los pies de Cristo. A las protestas de los apóstoles por este hecho Jesús les respondió: a esta mujer se le ha perdonado mucho porque ha amado mucho. Y a partir de entonces quedó clavado en el Evangelio y para siempre cuál es el verdadero amor y cuál es el verdadero arrepentimiento.

Cristo que amó a la mujer y la defendió frente a unas leyes de injuria y frente a unas costumbres de hierro y piedra, es el Cristo que admitió a la Magdalena el tierno homenaje del perfume. El mismo que habló con la Samaritana palabras de encuentro, el mismo que a la apedreada por adulterio absolvió con un «vete y no peques más

Aquéllas mujeres de la Pasión de Cristo, nunca pensaron que sus nombres ni sus palabras figurarían en la historia. Fueron ellas las que demostraron públicamente su generosa compasión, afrontando todo riesgo en medio de la chusma, en la Vía Dolorosa y en la cima del Calvario, ellas fueron las que sostuvieron a la madre de Jesús en su angustiosa agonía, las que lavaron con reverente diligencia el cuerpo exánime y ensangrentado descendido de la Cruz. Las que comprobaron su depósito en el interior de la roca excavada y las que se comprometieron, en secreto y de mutuo acuerdo, a volver cuanto antes al sepulcro, para embalsamar mejor como ellas querían, el cuerpo del dulce y querido maestro. María Magdalena, asumió el sentir de todas ellas al exclamar ¡Rabino, Maestro, Maestro mío!. Compendio del exaltado amor y del inefable gozo que produjo la presencia trasfigurada y feliz de Jesús resucitado.

Pensemos en silencio:

Aquél presentarse a los pies de Cristo.

Aquél derramar, allí, sus preciosos bálsamos.

Aquél entrase, una señora de su agrado a la sala del convite,

sin ser llamada. Exponiéndose a la censura de los convidados.

Aquél hacer allí, a los pies del Salvador una renuncia de delicias,

de vanidades, de modas, de riquezas y… ya no recibir más inciensos

de los idolatras de su belleza.

 Ni admitir  más comodidades y regalos…

Que los que acostumbra e inspira un severo espíritu de penitencia.

Es por sí solo un argumento tan sólido de su amor a Cristo.

Amo mucho

A estas dos palabras, se reduce todo el elogio que

el Salvador del mundo dio a

aquella venturosa Magdalena.

Miremos el contraste que nos ofrecen las mujeres. Y en primer término aparece la figura admirable y sin par de la mujer fuerte por antonomasia, María, la Madre del Salvador. Siempre grande, se destaca su grandeza heroica en la Pasión de su hijo y de su Dios. El amor la impulsa a buscarle, y siguiendo el rastro de las huellas ensangrentadas del Señor, le encuentra en la vía dolorosa cargado con la Cruz. Desde ese momento no se aparta de él hasta verle expirar en el suplicio más atroz . Los suplicios de esta mujer fuerte le han merecido de justicia el título de Reina de los Mártires.

Con ella iba el discípulo amado, Juan, el único hombre de entre los amigos de Jesús. En cambio fueron no pocas las mujeres que dieron testimonio de su fe y devoción hacia el Salvador en la Pasión.

Por estos datos consignados en el Evangelio y trasmitidos por la tradición, se ve y admira la conducta de las mujeres en la drama de la Pasión, superando los temores y permaneciendo fieles en aquella prueba dolorosa. Porque acompañar a Cristo transfigurado y glorioso en el Monte Tabor, es cosa que a todos apetece. Pero ir con El al Calvario y tomar parte en sus sufrimientos y burlas, es cosa de pocos. Y entre esos pocos figuran Las Marías y La Magdalena que le acompañaron en aquel primer Viernes Santo en el que se consumó nuestra redención.

Pasado el sábado, muy de mañana, mientras el marido regresaba a casa, María de Cleofás y las otras compañeras compraron perfumes y fueron  a hacerles las unciones; pero el Ángel les anunció: No está aquí, ha resucitado. A las piadosas mujeres, que fueron al sepulcro con sus ungüentos y con su dolor, les correspondió el privilegio de conocer las primeras noticias de la resurrección: Por qué buscáis entre los muertos al que vive. Les dijo el Ángel.

Aprendamos todos del ejemplo que nos dieron aquellas mujeres de la Pasión de Cristo.

Mi intención en esta charla o conferencia, no ha sido otra que acercaros a esta tres Santas Mujeres, representadas año tras años por jóvenes aspenses y potenciar más si cabe esta hermosa y antigua tradición, que como he dicho al principio, se remonta a mediados del siglo XIX, posiblemente sea mucho más antigua. La Festividad de Santa María Salomé, se celebra cada 22 de octubre el de Santa María Cleofás, el 24 de abril y el de Santa María Magdalena, el 22 de julio.

Bibliografía: Evangelios, libros de Santiago Marín: El Evangelio Secreto de la Virgen María y de Gabriel Miro: Figuras de la Pasión del Señor.

FUENTE: C:A:P

 

 

 

Calendario

abril 2026
L M X J V S D
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930  

Archivos

UN PORTAL QUE CONTINÚA ABIERTO A TODO EL MUNDO