POR GOVERT WESTERVELD, CRONISTA OFICIAL DE BLANCA (MURCIA)
En la parte norte de la provincia de Murcia, en 1850, se extendía una región hortícola de extraordinaria fertilidad, rica en todo tipo de frutos, perfumada por bosques de naranjos, sombreada por altas moreras y refrescada por innumerables acequias. Sus límites estaban marcados por una cadena montañosa, hoy estéril, pero antaño rebosante de fertilidad (1).
Molinos de piedra y grupos de casas elegantes, construidas sobre colinas cubiertas de olivos, ofrecían cobijo a los habitantes de esta privilegiada tierra, dedicados a la agricultura y a la industria de la seda. Con su labor, mantenían viva aquella tierra pintoresca, bañada por un sol resplandeciente y cobijada bajo un cielo puro. En medio de este idílico valle, orgullo del dominio árabe, se alzaba un antiguo pueblo, acariciado por la brisa húmeda del Segura, cuyas aguas tocaban sus orillas (2).
Ese pueblo sigue en pie, y recorrer sus calles, contemplar la naturaleza en su esplendor y sumergirse en su historia es un auténtico deleite. Pasear por sus rincones invita a admirar su castillo, que se erige majestuoso sobre el pueblo. Muchas de sus casas se encuentran adosadas a las laderas de las montañas y, observando con atención, todavía se distingue el antiguo sendero por donde sus antiguos habitantes subían con sus caballos y asnos hasta la fortaleza. La ribera del río ofrece otro escenario cautivador, donde la vista se pierde entre las montañas y el cielo infinito. Esa contemplación despierta pensamientos profundos y despierta la inspiración, ese impulso vital para la escritura (3).
En tiempos pasados, un vaso de whisky ayudaba en esa búsqueda de ideas, aunque con el fin de los compromisos de negocios, esa costumbre quedó atrás. Un par de copas de vino podrían obrar el mismo efecto, pero incluso eso resulta excesivo; un solo vaso de tinto es suficiente para aprovechar los beneficios de los polifenoles. Sin embargo, la música también tiene un impacto notable en la mente. Ciertas óperas y piezas de música clásica pueden transformar el ánimo, estimular el pensamiento y abrir caminos inexplorados (4).
La libertad de pensamiento es un bien supremo. Sin embargo, aquellos que se resisten al cambio suelen apresurarse a tachar de confusión mental cualquier desviación del pensamiento convencional. Pero cuando las ideas están respaldadas por una investigación rigurosa, la desconfianza de los detractores se convierte en un eco sin fundamento. Con el tiempo, la falta de ética de tales críticos solo puede conducir a la pérdida de confianza y respeto (5).
Cuando no es posible visitar ese pueblo para buscar inspiración y estimular la mente, la ópera y la música clásica se convierten en el refugio perfecto. El juego de damas ha enseñado a razonar con profundidad, y la resolución de problemas fomenta el crecimiento neuronal. Sobre este último punto, mucho queda por decir en un libro en preparación, que abordará los principios activos de los frutos, árboles y plantas presentes en este pueblo. La mayoría de estos compuestos pertenecen a la familia de los flavonoides, un campo de estudio que ha ocupado décadas de investigación (6).
Ojalá este libro permita a los habitantes de este lugar comprender mejor las oportunidades que los flavonoides ofrecen. La alimentación actual se ha alejado de la esencia de la cocina tradicional, y es imprescindible recuperar el conocimiento sobre los componentes de frutas, verduras y plantas para mejorar la salud, tal como hacían los ancestros con el uso de hierbas medicinales. En tiempos remotos, un recetario del siglo XIII relacionado con Murcia fue escrito por un autor que, además de cocinero, era médico (7).
Ya en aquella época, el saber sobre hierbas y su aplicación para el bienestar era amplio, permitiendo mejorar la salud y la preparación de los alimentos. Conocer los ingredientes de la dieta no solo supone un ahorro económico, sino también una inversión en la salud. Un ejemplo sencillo es la cáscara del limón, rica en diosmina, un flavonoide que, sorprendente-mente, es también un medicamento. Basta con buscar «Faes y diosmina» en internet para encontrar diversas presentaciones comerciales de este compuesto, a menudo combinado con hesperidina. Y esa misma hesperidina también se encuentra en la cáscara del limón.
Quizá surja la objeción de que nadie consume cáscaras de limón. Pero, en tiempos pasados, durante los veranos ardientes, muchos disfrutaban del granizado de limón de «Heladería Paco» en este pueblo, una mezcla de cáscara de limón sin semillas, agua y azúcar. Un placer refrescante y, a la vez, una forma de medicina preventiva contra la fragilidad capilar, ayudando a mantener los vasos sanguíneos en buen estado (9).
Y el limón ofrece mucho más. Su jugo es un revitalizante natural: después de un día de trabajo o una sesión de deporte, beber el zumo de medio limón mezclado con agua ayuda a recuperar energía y eliminar toxinas del cuerpo. Existen patentes registradas para este uso, pero la naturaleza brinda el limón libremente en cualquier jardín (10).
En cuanto a la cáscara, también contiene limoneno, compuesto que ha sido patentado para combatir el COVID-19. Sin embargo, no es novedad para los habitantes de este pueblo, quienes desde tiempos inmemoriales han preparado infusiones con la cáscara del limón para aliviar dolores de garganta y resfriados. Este conocimiento ancestral fue transmitido por Josefa Talavera Abenza (1919-2024) (11).
Aún queda mucho por decir sobre los tesoros que encierra la naturaleza. Lo que resulta indiscutible es la necesidad de volver a sus raíces y redescubrir los beneficios de sus frutos y hierbas. En el pasado, este saber formaba parte del legado cultural de este pueblo, llamado Blanca. Hoy, recuperar esa sabiduría es una tarea urgente y necesaria (12).
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