POR MARÍA DEL CARMEN CALDERÓN BERROCAL, CRONISTA OFICIAL DE CABEZA LA VACA (BADAJOZ)
Céline Martin, nacida el 28 de abril de 1869 en Alençon, Normandía, fue la séptima hija de Louis y Zélie Martin, y hermana de Santa Teresa de Lisieux. Tras la muerte de su madre en 1877, la familia se trasladó a Lisieux, donde Céline creció y desarrolló su talento artístico. Estudió en la escuela de la abadía benedictina de Lisieux, destacando en matemáticas y artes plásticas. Durante su juventud, Céline y Teresa compartieron una estrecha relación, siendo confidentes y compañeras inseparables.
Después de cuidar a su padre enfermo hasta su fallecimiento en 1894, Céline ingresó al Carmelo de Lisieux el 14 de septiembre del mismo año, uniéndose a sus hermanas Pauline, Marie y Teresa. Tomó el nombre de Sor Genoveva de la Santa Faz. Dentro del convento, Céline se convirtió en una pionera de la fotografía en la vida claustral, capturando imágenes que documentaron la vida cotidiana del Carmelo y contribuyeron a la difusión de la figura de su hermana Teresa. Además, su talento artístico se manifestó en pinturas y retratos que aún se conservan.
Murió con 89 años, en 1959, tras haber pasado la mayor parte de su vida tras los muros de un convento. No fue santa, pero convivió con varias.
Casi matemática, casi ingeniera y fotógrafa
Céline Martin era hermana de Santa Teresa de Lisieux, hija de dos beatos y compañera de otras monjas que hoy están en los altares. En una familia así, cualquiera se sentiría laica por comparación. Céline no fue una sombra piadosa en un rincón de la historia sino una mujer con pulso firme, inteligencia práctica y mirada de artista, era también, una pionera.
De joven, Céline no parecía hecha para la clausura porque tenía madera de ingeniera, alma de pintora y manos de mecánica. Le gustaba desmontar objetos como una máquina de coser que tenía, por ejemplo, para entender cómo funcionaban. Lo hacía con método, limpiaba las piezas y volvía a ensamblarlo todo. Ganó premios en matemáticas y no tardó en interesarse por la fotografía. A fines del siglo XIX, eso era algo que exigía más que talento, hacía falta tiempo, paciencia y una buena dosis de obstinación.
Cuando su padre murió, Céline se encierra en el Carmelo de Lisieux con sus hermanas y toma el hábito bajo el nombre de Sor Genoveva de la Santa Faz y se lleva con ella un armatoste de madera, una cámara de placas secas, marca Darlot. Una caja de trece por dieciocho centímetros que convertiría en su herramienta y en su legado.
En pleno convento, mientras otras rezaban, Céline hacía historia retratando la vida en clausura como nadie antes había podido hacerlo. Hasta entonces, la mayoría de santas del XIX apenas tenían una imagen. Santa Teresita, su hermana, terminó teniendo docenas, Céline las hizo casi todas.
Su trabajo como fotógrafa
No era sencillo porque el proceso exigía una planificación meticulosa. Las modelos, inmóviles durante más de un minuto. Las escenas, pensadas al detalle. La luz, escasa. El resultado eran imágenes duraderas, intensas, tan llenas de quietud como de fuerza.
Algunas de esas fotos, como las de Santa Teresita representando a Juana de Arco en una obra escrita por ella misma, son hoy iconografía universal del catolicismo, pero lo que era desconocido por muchos, es que detrás del objetivo estaba otra Martin, su hermana Céline.
En total, dejó 41 fotografías, no son muchas, pero todas son memorables. Captó la vida en comunidad, la espiritualidad y el desgaste. No se limitó a documentar, sino que compuso, narró, talló con luz. En una época donde las mujeres estaban relegadas a ser madres, musas o santas, Céline se puso detrás de la cámara y tomó el control del relato. Lo hizo desde el silencio, sin salir nunca del convento.
Pintora
Céline recordaba con particular afecto un cuadro que pintó en su juventud. Corría el año 1888 cuando, con la obra aún fresca –probablemente recién barnizada–, se la llevó a su padre, que por entonces pasaba tiempo en su mirador. Fue en ese momento cuando él, visiblemente conmovido, le propuso enviarla a París para recibir clases con artistas reconocidos. Pero Céline, con convicción firme, declinó la oferta. Prefería preservar la pureza de su alma antes que exponerse a los peligros que, según ella, podían acechar en el ambiente artístico profesional. En vez de emprender ese camino, ofreció su vida a Dios y fue a dar gracias al Santísimo Sacramento, orgullosa del honor divino que percibía en aquella llamada interior.
Años más tarde, en una pequeña casa de la rue Labbey, cercana al domicilio de su tío, aquella misma pintura fue escenario de una escena insólita. Por entonces, cuidaban a su padre, ya paralítico, con la ayuda de un sirviente. Aquel hombre, de familia cristiana y formación sólida, llevaba sin embargo una vida que desentonaba con sus raíces.
Un día, mientras limpiaba el salón donde colgaba el cuadro, irrumpió inesperadamente en la estancia. Entre sollozos, cayó a los pies de Céline. Afirmaba que la pintura le había hablado. Aseguraba que deseaba cambiar de vida. Le confesó que, hasta entonces, había fingido su religiosidad solo por no herir a su madre y hermanas, pero que su corazón no estaba en paz. Céline, impresionada pero lúcida, le detuvo y le pidió que fuera de inmediato a ver a un sacerdote, para que no dejara enfriar aquella gracia repentina que lo había tocado con tanta fuerza.
Él obedeció. Regresó poco después, transformado, casi resplandeciente. El sacerdote que lo atendió, el padre Rohée, párroco de Saint-Pierre, incluso volvió esa misma tarde para visitar de nuevo a su penitente. Más tarde comentó con entusiasmo que aquella había sido una de las conversiones más sinceras y profundas de su carrera pastoral.
Céline, por su parte, no podía sino maravillarse. ¿Cómo era posible que una pintura modesta, imperfecta, obra de sus primeros intentos como artista, pudiera desencadenar algo tan inmenso? Sentía una gratitud inmensa hacia Dios, que tan a menudo se vale de instrumentos humildes para realizar sus prodigios.
