POR EDUARDO JUÁREZ VALERO, PRESIDENTE DE CRONISTA SAN ILDEFONSO (SEGOVIA)
Hoy viernes se clausura el Seminario ‘Guerra y Paz: 100 años del inicio de la Gran Guerra’ que el CIGCE y la Uned, con la colaboración de la Diputación de Segovia y los Ayuntamientos de Segovia y el Real Sitio de San Ildefonso, han venido desarrollando desde principios de septiembre.
Durante cuatro sesiones, los principales expertos nacionales han ido desgranando los aspectos esenciales y, en muchos casos, aún no superados de la catástrofe iniciada en el año catorce. De la industrialización de la guerra a la generalización y racionalización de los servicios de espionaje, pasando por el ignominioso y aterrador volumen de la catástrofe o la plúmbea y falseada participación española, los investigadores han ido mostrando a los asistentes a las sesiones aquellos puntos básicos que permiten comprender tamaño dislate en sociedades supuestamente avanzadas.
Resulta ciertamente incomprensible que la guerra llegase a ser una salida digna y deseada por la mayoría de los insensatos políticos, seguros ellos de que cualquier choque de potencias no podría durar más que un suspiro. De la guerra relámpago ganada por KO que todos pensaban al horrendo y espantoso maratón sangriento en que se convirtió, sólo cabe señalar la escasa visión de conjunto y la creencia de vivir una realidad inexistente. Del divide y vencerás de algunos al cuantos más, mejor, de otros, pasaron por una millonada de vidas truncadas al servicio de no se sabe muy bien qué.
Y en el centro de aquella locura, entre muchas yescas para avivar tan descomunal incendio, ninguna más asumida que el nacionalismo. En defensa de la patria lucharon y murieron millones; para lograr una patria, otros tantos; para impedir que hubiera patrias nuevas, los restantes. Parece increíble que, tras una bandera, pendón, escudo, enseña, himno, son, tonada, millones de seres humanos se encaminaran directos al matadero. De aquellos lodos identitarios, embarrados en sangre y vísceras de hombres y mujeres inocentes, nació un repulsivo barro primigenio que malparió la locura nazifascista, multiplicadora de la catástrofe a los pocos años y destructora de incipientes democracias, ahogadas en guerras, golpes de estado y asonadas varias en beneficio de la gran nación, patria, país.
Ahora bien, ¿parece increíble hoy? Cada mañana me levanto escuchando una vez más los ecos del nacionalismo en los medios de comunicación, sintiendo como se pervierte la idea de democracia. Soportar cómo los ideólogos nacionalistas colectivizan al ser humano en términos como nación, país o patria; cómo impiden la expresión voluntaria e individual innata en nuestra especie, testigo de la inteligencia que se nos supone, con burda y chabacana mentira apoyada en fantasías que los pseudo-historiadores al servicio de la idea hacen aprender a los infantes en ese dogma machacón y vírico en que se ha convertido la educación.
Maravillosas ciudades como Bilbao y, sobre todo, Barcelona, cubiertas por símbolos inventados, alentada su memoria por los mismos que, curiosamente, adormecen el pasado histórico en un limbo perfecto de ignorancia y connivencia absurda, merecen un baño de realidad. Limpias sus calles de mentiras, de falsos símbolos y falsos ídolos; sin dioses, ni patrias, ni canciones; sólo las calles y las personas. Y los recuerdos de éstas, buenos y malos; justos y despreciables; como es el ser humano; como lo ha sido siempre: a veces lamentable, a veces perdurable. En ese entorno de absoluta neutralidad, de idílica utopía, podríamos analizar nuestro momento, extirpando toda esa carne muerta putrefacta que consume nuestros recursos vitales y que, día a día, aparece en los medios de comunicación haciéndonos ver que el ser humano puede ser cada vez un poco peor.
Contra todo ello tenemos únicamente la honestidad. Me preguntaba un amigo ayer tarde qué hacer contra esta insensatez, contra este leviatán que nos consume y del que nadie parece librarse. ¿Violencia? ¿Destrucción? Le fui sincero: renovación. Por una vez ser responsables en el ejercicio de la política que nos toca. Luchar por nuestra dignidad. Y tener presente qué significa votar. Hitler fue votado varias veces, logrando mayorías indecentes en una sociedad del desarrollo cultural que se le suponía a la Alemania de los años treinta.
Y no hay que caer en el catastrofismo y la mentira repetida hasta la saciedad: no tenemos lo que nos merecemos. Nos merecemos mucho más, pues delegamos en nuestros representantes en el convencimiento de que nos llevan a un lugar mejor. Un lugar donde poder superar nuestros problemas; donde el convencimiento de una mayoría nos conduce, inevitablemente, a una razón común y beneficiosa para la sociedad. De eso trata el compromiso democrático, barruntado en aquel contrato social tan bien definido por Rousseau hace ya tanto y que debería leerse al menos una vez en la vida cualquiera que presuma de querer ser político.
¿En esos términos se movía la Europa de entreguerras? ¿Esas conclusiones poblaban los diarios franceses, alemanes, italianos, británicos? Supongo que de todo ello hablarán largo y tendido el Maestro Juan Avilés Farré y Genoveva Tusell García en el Real Sitio.
Por lo que a mí respecta, seguiré con mi escepticismo, rasgo definitorio de mi personalidad ganado con el paso de los años. Hace unos pocos días me decía mi querido amigo Julio Martín Casas que es el mejor de los posibles. Trataré de difundirlo y, a modo de virus beneficioso, infectar a cuantos pueda con ello. En un mundo de escépticos no tienen cabida los políticos mesiánicos, aquellos que nos precipitan al infierno de la destrucción social.
Tampoco sus falsedades, ni el entramado que las sustenta. No obstante, para prevenirlo, hay que estar atento, que la nuestra es una sociedad experta en el arte del disfraz. Habrá que estar, como siempre, ojo avizor.
Fuente: <a href=http://www.eladelantado.com/opinionAmplia/8406/colaboracion>http://www.eladelantado.com/</a>)
