POR ALBERTO GONZÁLEZ, CRONISTA OFICIAL DE BADAJOZ

La plaza de Minayo es punto de gran afluencia y paso obligado para mucha gente. Sobre el antecedente del primitivo convento de la Merced, en su entorno se alzaban el Obispado, hospital San Sebastián y su capilla, Hospicio, Seminario San Atón, Casa de Ordenandos -después Casa de Cultura- convento de San Francisco -luego cuartel y parroquia de San Juan Bautista-, Teatro López de Ayala, Liceo, garaje Plá, Gimnasio, y hasta unos almacenes de aviación, cuando en Badajoz aviación era el campo de Las Bardocas.
Tradicionalmente fue un lugar acogedor en el que a fines del XIX se erigió el monumento a Moreno Nieto. Allí se situaban Muebles Carmona; quiosco ‘El Túnel’, cafetería ‘La Marina’, garajes de automóviles de Justo García, Luis Fernández Chiralt, Empresa Fernández y autobuses Brito; unos urinarios públicos, un surtidor de gasolina y otros servicios.
También fue foco de la cultura de Badajoz y de quienes frecuentaban y atendían los centros allí ubicados. Como Vicente Tapia y Paco Morán en la sala de Exposiciones, de fino ojo para los artistas. Pedro Sancho, en el Centro de Estudios Extremeños e Institución Pedro de Valencia, gran guía para investigadores y lectores. Manolo Torresmoya, omnipresente con su enorme humanidad en el protocolo de todos los actos de la Casa de Cultura. El Vizco del López de Ayala, acomodador y crítico cinematográfico. Antonio Caballero Cidra, belenista, que pasaba el año entero montando el gran Nacimiento del seminario. Cocobeo, capitán de los ancianos del asilo que formaban el cortejo de dolientes que acompañaba los entierros tras el sepelio en la capilla de San Sebastián. El Padre Rafael con su bata blanca a veces sin pantalones debajo porque los había dado a un necesitado. Santo entre los santos. O el pintoresco Don José Moreno, erudito arabista y anticuario, titular del quiosco de espumosos Támesis y El Cairo.
No hace mucho el entrañable recinto fue transformado en plaza dura por un proyecto que lo cubrió de granito y estableció rígidos ejes de circulación solo en el sentido San Francisco-San Atón ignorando los demás, lo que obliga a quien lleva otro itinerario a dar revueltas para seguir su camino. La reforma, además de agobiarla con un recargamiento de diseño que hurta el mejor espacio para la estancia, llenarla de ángulos de piedra que han ocasionado más de una rotura de tobillos, colocar láminas de agua tan inanes como las lucecitas a ras de suelo y otras ocurrencias, taló los árboles que la ornaban tras provocar su muerte, haciendo del sitio un berrocal en láminas.
Ante la nueva imagen, seguro que el espíritu de quienes le dieron vida en el pasado se estará removiendo en sus retiros al ver lo que han hecho con ella.
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