POR SILVESTRE DE LA CALLE GARCÍA, CRONISTA OFICIAL DE GUIJO DE SANTA BÁRBARA (CÁCERES)
Durante siglos, el sonido de las campanas colocadas en las torres de las iglesias primero y después en edificios concejiles o municipales, ha marcado la vida de la gente de los pequeños pueblos españoles.
Toda la gente, incluyendo los agricultores y ganaderos, organizaban su jornada en función del sonido de las campanas de la iglesia más cercana y de los diferentes toques que monaguillos, sacristanes, sacerdotes o experimentados campaneros daban, especialmente si eran toques que indicaban algún acontecimiento especial.
Las campanas se empezaron a colocar en las torres o campanarios, situados anexos a las iglesias o exentos pero en sus proximidades, cuando estos templos cristianos comenzaron a construirse en todos los pueblos en la Edad Media. El objetivo inicial era avisar con el sonido de las campanas a los fieles de la celebración de los cultos religiosos y de las horas de oración. El párroco, el sacristán o los monaguillos, solían ser los encargados de tocar las campanas.
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