POR MANUEL LÓPEZ FERNÁNDEZ, CRONISTA OFICIAL DE VILLANUEVA DEL ARZOBISPO (JAÉN)

Se traslada a Úbeda, con el uniforme al que ha añadido las barras de comandante. Le recibe el Teniente Coronel Menoiro, que le indica que tenía que instalarse en la Jefatura de Sanidad y Farmacia, en una casa cercana a la Estación del Tranvía. Se encuentra con el paisano Domingo, ”El Barbero”, de sanitario, que ya sabía que iba Tera como Jefe. D. Gabriel recibe instrucciones para trasladarse a Baza. Le habían asignado un coche Citroén, que estaba bien, y le habían autorizado para buscar un chófer de confianza, uno de Villanueva, “Platero”, Juan Asensio. Tras el viaje a Baza, allí no conocen nada, lo recibe una persona con gorra de astracán y le indican que saben de la organización que le indicaba, que hablaría con Valencia, pero que podía regresar a
Úbeda y ya le comentaría la información recibida.
“No sufro decepción alguna ante tal estado de cosas, pues desde el primer momento de iniciarse la contienda estaba viendo el desideratum”.
Antes pide información para comer y lo hacen en el comedor de este edificio junto con otros militares, Se presenta el que lo había recibido, que no hablaba muy bien español, y se presenta como ingeniero técnico ruso y que llevaba algún tiempo en esta localidad. D. Gabriel le indica su profesión de médico y que venía a recibir instrucciones. En la conversación le comunica la imposibilidad de ganar una guerra con estas personas. Aquí un constructor o albañil pueden mandar el ejército. El que le habló era el General Emilio Kléber al que la URSS había enviado para conocer que pasaba en la zona roja.
De regreso a Úbeda le ordenan incautarse de todos los hospitales. Se decidió visitar el Hospital de Santiago de Úbeda, saluda al Director, cirujano y se dirigen al Ayuntamiento. El alcalde le manifiesta la carencia de plazas, de medios económicos para realizar las obras necesarias y el material de Hospital propio.
Se tomaron acuerdos para la atención hospitalaria de primera línea, en un frente compuesto por Baza-Jaén y Andújar; una segunda línea de Baeza, Linares y Úbeda; la evacuación a otros lugares, así como la utilización de camas y quirófanos, sin contar con la opinión del único médico militar que estaba en el frente, el Dr. Tera. Pero creyó en la sagrada y apolítica misión de curar al enfermo. Contó con la colaboración de Rafael Mazas, médico, gran cirujano; César Sar, médico de Cazorla, hombre alegre, Bernardo Almonacid ,de Baeza, el gran Puchades, valenciano. Visitaba el hospital de Andújar, ya que el frente estaba próximo, y diariamente recibía varios heridos.
“La Virgen de la Cabeza, la tenemos a la vista y pensamos y meditamos todos los días, la gran epopeya de aquellos sitiados”.
Hicieron piña todos los médicos y a veces hasta en el órgano sonaba el Tantum ergo, que cantaban por lo bajini. De Andújar recordaba a Pedro Fernández, Gabriel Coronado, y jamás hicieron ostentación política, consagrados a su misión. Después el equipo es trasladado a Linares, al Hospital de los Marqueses de Linares, conectó perfectamente con Fernando Garrido, hicieron una labor humana, amorosa y nacional.
A veces llegaban heridos del bando “nacional”, que ellos atendían con la mayor profesionalidad y estima. En una ocasión dos soldados de Galicia, heridos y operados uno con fractura de fémur. En una de las revisiones llamó:-¿Mi comandante, tengo que quitarme la medalla que llevo en el cuello?
–Si es que te molesta en el muslo roto, te la quitas. El muchacho sonrió. Cuando dos meses después fue evacuado a Alcoy, llevaba su medalla al cuello.
El hospital empezó a pitar muy pronto. Todos sin jactancia alguna iban dispuestos a trabajar en su misión y sin meterse en otros temas.
Realizó gestiones para sacar a su familia de Villanueva del Arzobispo, y le ofrecieron un chalet a la salida de Baeza, “La Huerta de Molina”. En este hotelito se instalaron toda la familia, las criadas y dos miembros del equipo Puchades y César Lara con su señora. Había una magnífica huerta rodeando el chalet, con su hortelano Antoñico y su familia que habitaban al lado. En este “cuartel general” vivió el doctor, trasladándose a Linares a las ocho de la mañana, regresando al terminar la atención a los heridos y enfermos; por las tardes daba una vuelta por los hospitales de Úbeda y Baeza.
La Huerta de Molina llegó a convertirse en una especie de Fátima o Lourdes, llegando a inquietar a D. Gabriel y sorteando numerosos peligros que podían perjudicarle gravemente: – Se me presenta una mujer de unos cincuenta y tantos años, con un pañuelo en la cabeza, que casi le tapa la cara. Lo primero que hace es cogerme las manos y me las besa, al mismo tiempo que intenta arrodillarse, lo que impido instándole a que deje de llorar y me diga lo que quiere. Consigo que me explique entre sollozos, que tiene a su hijo de veinte años escondido en la huerta y que nadie lo sabe, y que está enfermo. ¿Qué hago? Dejo al lector en suspense para que él decida”.
En otra ocasión un villanovense, Aurelio del Castillo, sastre y amigo suyo, lo llama por teléfono, diciéndole que se ha venido del frente de Teruel y pide que le ayude para que no lo detengan y fusilen; le da una serie de recomendaciones, y envía a cuatro sanitarios con una camilla para que lo recojan. Pone en antecedentes a sus más íntimos, médicos y enfermeras. Se le tiene unos días en el hospital para operarlo de apendicitis aguda. En una de las visitas el Director le preguntó por este paciente y le indicó que lo operaría el jueves. Entró al quirófano, procuramos no estuviesen, ni una enfermera, ni un médico, que podrían delatarnos; y se le colocaron 12 agrafes y el apósito correspondiente. A los cinco días aprovechando la llegada de dos camiones de heridos, le consigue un permiso para que se recupere en su casa de Villanueva del Arzobispo. De estos episodios estuvo lleno el periodo de la contienda, jugándose la vida, por los demás.
Cuando está llegando el final de la guerra, estaba operando en el quirófano, cuando un tumulto y revuelo se arma a la puerta. Traen a un sargento de asalto herido en el vientre. Tenía seis perforaciones del intestino delgado, complicada intervención pero que va desarrollándose de forma positiva; por los óvalos de la puerta contempló el revuelo de gente. La enfermera le dice que ha llegado un jefe y que está discutiendo. Terminada la operación le indica a Puchades y Sara, –cerrad vosotros– mientras va quitándose los guantes. Al salir al antequirófano ve a un militar con gafas ahumadas y una fusta en la mano, que le dijo: “¿Cómo consiente que dos gamberros milicianos estén cerca de la sala de operaciones con dos fusiles dispuestos a asesinarlos a todos, si el herido, que Vd. operaba se moría”. Al quitarse la mascarilla y el oficial las gafas, se entabló una conversación sobre algunos recuerdos de África- “Tú eres Tera, yo soy Casado”– Era el Teniente Coronel Casado el testigo de esta anécdota en el Hospital de Linares, un día de abril o mayo de1 938.
Alguien les había dicho a los milicianos que Tera, era un fascista y creían que él se podría vengar en aquel infortunado.
En la Huerta de Molina se cobijó la amplia familia del médico- Mamita, su tío Julián, sus sobrinos Paco y Sebastián de Castellar de Santiago; en ese periodo nació su hijo Esteban.
Continuaron presentándose casos de petición de ayuda, que los ponían en peligro: Se presenta en la consulta el padre de un muchacho “Gaitán” de 24 años.- “Con voz temblorosa, pidió pasar a una habitación contigua y cerró la puerta. Me enseña una foto de un grupo de muchachos jóvenes, que rodeaban a José Antonio Primo de Rivera”. Éste que tiene su mano derecha sobre el hombro de José Antonio es mi hijo. Ha estado encerrado en un hueco de la pared y no sale nada más que por la noche. Y ahora es que está muy malo, creo que tiene pulmonía y le ha salido un grano en el trasero y también le da mucha fiebre”.
Se preguntaba ¿Qué hago yo? Eran los momentos finales de 1938. Tras cerciorase bien del domicilio, en el Centro de Linares, esquina del Hotel Cervantes, 2º piso Izquierda.
A las ocho de la tarde, diluviando, va a la visita. Se equivoca de puerta y llama suavemente en la de enfrente. Pero inmediatamente abre este hombre y le indica que pase. Con la luz de un quinqué, tras unos golpes en la puerta del nicho unos cincuenta centímetros cuadrados, dicen: – Ya está aquí el médico que te va a curar.-Como un reptil se desliza por la gatera –contempló un esqueleto de aspecto macabro que le toma las manos y le dice – ¡Sálveme señor!- Cosas de la vida sería esta familia, la que le llevaría la comida al médico, a la cárcel de Linares, antes del paso a su “depuración” en Córdoba..
FUENTE: M.L.F.