POR PEPE MONTESERIN CORRALES, CRONISTA OFICIAL DE PRAVIA (ASTURIAS)
En los pinares de la Tierra de Lara, en la carretilla de un peón caminero, escultura de Alfonso Salas, a la entrada de Salas de los Infantes, Burgos.
En 1759, Fernando VI creó el cuerpo de peones camineros (el escalafón más bajo de los funcionarios), para cuidar el estado de cada legua de un camino, unos cinco kilómetros y medio; ganaban cinco reales diarios y a cada peón se le adjudicaba una legua y su casilla-habitación en la mitad, con huerta y corral, donde residía. Estos peones, además de algunos fueros (los liberaban de impuestos, de ir a la guerra…) adquirieron rango de autoridad: podían advertir y sancionar los comportamientos irregulares o ilícitos de los transeúntes.
El peón caminero era ejemplo de trabajo duro y dedicación constante. Así los escritores. «Lo único que importa es el esfuerzo», como no dijo Saint-Exupery en «El Principito», pero lo insinuó.