ESTAMPAS NAVETAS: APRENDER ÑEROS
Jul 28 2025

POR LEOCADIO REDONDO ESPINA, CRONISTA OFICIAL DE NAVA (ASTURIAS).

 

Cuando llegaba marzo, y el tiempo adecuado para ello, en mi familia hablábamos de aprender ñeros. No de buscar, o de encontrar, sino de aprender, siguiendo, seguramente, el término que mi padre utilizaba para referirse a esa actividad.

Ocupación o afición en la que, por cierto, mi progenitor, Pepe el de La Trema, mostraba a la hora de localizarlos una rara habilidad, no sé si natural o adquirida en sus tiempos de cuando era rapaz, anteriores a la guerra,  en los que actividades de la gente menuda tan placenteras como esta, en la que, a mi  modo de ver, son importantes el instinto, la capacidad de observación y la paciencia, seguramente tenían su importancia a la hora de emplear el tiempo de ocio.

La cosa es que, desde que éramos bien pequeños, mi padre acostumbraba a descubrir los ñeros que había en nuestro entorno, que luego nos iba mostrando, explicando, al mismo tiempo, el color y el tamaño de los huevos y el páxaru al que correspondían, con su nombre respectivo, generalmente en asturiano.

Entonces, de rapazos, solíamos dedicar alguna tarde a salir a buscarlos,  y le decíamos a esta faena “ir a ñeros” o “andar a ñeros”, y he de confesar mi gran torpeza para dar con alguno, frente a la manifiesta mayor capacidad que mostraban mis hermanos Coqui y Pablo en este asunto. Los más difíciles y escondidos eran los de los pájaros más pequeños, que anidan en matos, muries, sebias y hasta en árboles secos, como la ceriquina, el jilgueru, el verderón, la raitana (en los que pudimos comprobar alguna vez la ladina  “colonización”  llevada a cabo por el cuquiellu), la ñerbata, el  tordu, el glayu, que es un artista del camuflaje, o especiales como el de la filomena, colgando de una rama, porque otros, como el de la pega, son bien visibles.

No obstante, y como es inevitable, alguno encontré, y siempre, e incluso ahora, sentí la misma emoción que me embargaba cuando era pequeño, al descubrir, escondido entre las hojas, o disimulado en el musgo, algo comparable, para mí, al hallazgo de un tesoro.

De modo que, al llegar a casa tras la excursión y la búsqueda, y para ganarnos el aprecio de mi padre, repasábamos la faena:

-Hoy aprendí unu de raitán, y ya tien güevos. -Pues yo aprendí unu de pioyina, camín de la fuente.  Eso nos enseñó Pepe, pero también, y especialmente, a tener un respeto profundo por cualquier bicho viviente, y en especial, por los pájaros, con los que tenía una rara identificación.

Los ñeros se miraban, pero no se tocaban nunca, y algunos incluso íbamos a verlos pocas veces, para que el paxarín de turno no se enoxara, pues, avisados por mi padre, teníamos conocimiento de que de algunos de ellos  eran muy enoxaizos, hasta el punto de que, si llegaban a saber que el ñeru había sido descubierto, eran capaces de dejar los huevos, o la cría, y marcharse para no volver, como pudimos confirmar.

Para mi padre era motivo de gran alegría la esperada llegada de las golondrinas (que contaban con varios ñeros en el techo de la cuadra), pues asimilaba su presencia  a la confirmación de la primavera y el buen tiempo, del mismo modo que  su marcha le sumía en una tristeza que intentaba  disimular, sobre todo en sus últimos años, porque intuía que iba a llegar uno en el que él ya no estaría en este mundo para verlas llegar de nuevo.

Resulta curioso, como apunté al principio, que en vez de emplear términos que parecen más adecuados, como buscar, o encontrar, utilizáramos el de aprender.

-Pues hoy aprendí unu de ñerbata, pero está faciéndose; tovía i falta la ñerina.   Vayan estos renglones, pues, en recuerdo de mi padre, del que tanto me quedó por aprender.

FUENTE: Publicada en La Nueva España Sábado, 26.07.2025, página 9

 

 

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