POR ÁNGEL RÍOS MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE BLANCA (MURCIA).
El libro que el lector tiene entre sus manos no es solo una recopilación de datos; es un acto de rescate contra el olvido. La pedanía de San Joy, situada en el corazón de la Sierra de la Pila y perteneciente al territorio de Blanca, representa uno de los capítulos más enigmáticos y, a la vez, más humanos de nuestra historia local.
Espero que estas páginas sirvan para inspirar a otros investigadores a profundizar en el origen de este asentamiento, pues soy consciente de que la labor aquí presentada es solo un comienzo. Al enfrentarme a este trabajo, me embarga una sensación agridulce: temo que la mayor parte de la memoria viva de este lugar se esté desvaneciendo con los hijos de aquellos últimos habitantes que abandonaron el pueblo en la década de los sesenta. El hecho de que unas cincuenta personas —e incluso más en tiempos de mayor bonanza— pudieran subsistir en un entorno de condiciones tan extremas y aisladas parece hoy un auténtico milagro de la voluntad humana.
A través de estos capítulos, recorremos desde las menciones mineras del siglo XIX hasta la vida cotidiana del siglo XX, marcada por la presencia de la escuela y la ermita en Casa Serrano, puntos neurálgicos donde se concentraba la pequeña pero firme comunidad. He querido recoger también la singularidad de su cultura, desde la mítica «raza fanina» y su lema sobre el agua, hasta el altruismo de aquellos bailarines que bajaban de la sierra para enseñar la jota a los jóvenes de Blanca.
Reconozco que no estoy plenamente satisfecho con el alcance de este volumen, pues la escasez de fuentes documentales oficiales —como el silencio del Catastro de Ensenada— nos obliga a mirar hacia la arqueología o el testimonio oral. Sin embargo, la dificultad de obtener subsidios para excavaciones hace que la palabra escrita sea, por ahora, nuestro baluarte más sólido.
Sea como fuere, el resultado son estas sesenta páginas dedicadas a quienes aman la historia y comprenden que, como escribió Erasmo: ‘Omnium rerum principia parva sunt’ (todos los grandes comienzos son pequeños). San Joy es hoy un paraje de silencio, pero en estas líneas pretendo que su eco siga resonando para las generaciones venideras como una herencia silenciosa de palabras y esperanza.
