POR JESÚS MARÍA SANCHIDRIÁN GALLEGO, CRONISTA OFICIAL DE ÁVILA.

Hubo un tiempo en que la explosiva pintora Maruja Mallo, una artista transgresora con el arte y la sociedad que le tocó vivir, se asentó en Ávila haciendo un paréntesis en su trayectoria vital y creativa, eligiendo las clases de dibujo del Instituto de Arévalo para contagiarse de la rica imaginación estudiantil que ella misma despertó en los escolares morañegos, volcada en el innovador proyecto de la Segunda República de llevar a las aulas una pedagogía creativa que no se limitaran a la copia de modelos de la enseñanza académica.
Han pasado más de noventa años desde entonces, y la vigencia aquel proyecto educativo ha encontrado asiento y acomodo en la exposición retrospectiva Maruja Mallo: máscara y compás, muestra que ha estado abierta durante casi medio año (8 octubre 2025-16 marzo 2026) en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, poniendo de plena actualidad su original concepción del arte, lo que nos permite detenernos ahora en el periodo de 1933-1934 en el que tuvo lugar la enriquecedora experiencia abulense de esta singular artística.
En la presentación de la exposición, la comisaria Patricia Molins destaca que «Maruja Mallo (Ana María Gómez González Mallo, Viveiro, 1902 – Madrid, 1995) es una de las figuras más relevantes del arte español del siglo XX. Integrante de la Generación del 27, vinculada a la Escuela de Vallecas y al Grupo de Arte Constructivo, y atravesada por el trauma de la Guerra Civil y el exilio, su arte y su figura superan cualquier afán clasificatorio. Su pintura puede leerse como un ejercicio de libertad autárquica en el que convergen una variedad de estilos, influencias y técnicas que no se someten a los preceptos de la vanguardia ni a los motivos del clasicismo español».
La muestra del MNCARS se acerca a la obra de una mujer visionaria, moderna, libre y profesional, una artista transgresora que logró reflejar las preocupaciones de su época y anticiparse a algunas de las actuales, de ahí que Ramón Gómez de la Serna la retratara como una “brujita joven”, una meiga o una pitonisa, aunque ella prefería el calificativo de sibila, la profetisa de la mitología griega y romana (J.L. Ferris, El País, 22/01/2004).
En cuanto a cómo se produjo la llegada de Maruja Mallo hasta Arévalo, dos son las circunstancias que se alinearon para que las aulas de esta villa dieran cabida a la joven pintora que acababa de triunfar en París, según nos anticipó en una entrevista con nuestra Josefina Carabias antes de iniciar su viaje (Estampa, 14/11/1931).
Todo ocurrió con la puesta en marcha del curso académico de 1933-1934. Para ello se requería, primero, la creación de un Instituto Elemental de Secundaria, que antes no existía en Arévalo; y segundo, era necesario dotar al centro de un profesorado laico y apropiado. A tales fines, fue decisiva la intervención del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes Francisco Barnés Salinas, quien además era diputado a Cortes por Ávila y había sido profesor de Geografía e Historia del Instituto de Enseñanza Media de la capital, ciudad a la que estuvo vinculado desde su llegada en 1904 hasta su partida al exilio en 1937.
EL INSTITUTO ABIERTO AL FUTURO.
La construcción de nuevos colegios e institutos fue uno de los empeños más señeros de la II República, y de ello se ocupó con especial interés el ministro y diputado abulense Francisco Barnés. Aprovechándose de ello, el alcalde de Arévalo «empezó a hacer gestiones para que fuera elevado a Instituto el actual Colegio de Segunda Enseñanza» (Democracia, 25/06/1933). A tal fin, el ministro Barnés visitó Arévalo al objeto de localizar emplazamientos para el futuro Instituto y para la construcción de grupos escolares:
«Se vieron varios edificios y solares para la construcción de los mismos quedando bien impresionados de su visita dado el interés que demuestra para la realización de estos edificios que parece se llevarán a la práctica seguidamente» (DAV, 8/08/1933).
Poco después, se concedió una subvención al colegio de Arévalo y se aprobó la instalación del Instituto en la localidad (Gazeta, 30/08/, 15/09/ y 30/10/1933). Antes, ya se había acordado la construcción de una Escuela Normal del Magisterio, con sus graduadas anejas en Ávila (Gazeta, 11/08/1933).
Finalmente, el Instituto Elemental arevalense quedó emplazado en la calle de Santa María, cerca de la plaza del Real, actualmente ocupado por los juzgados. Con tal motivo, el Claustro de Profesores, del que ya formaba parte Maruja Mallo, el 13 de noviembre de 1933, por unanimidad, acordó proponer dar el nombre de Francisco Barnés al centro en carta dirigida al ministerio:
«El Sr. Director [Manuel Díez Tortosa] propone a los reunidos que, teniendo en cuenta las relevantes condiciones personales del ilustre ex ministro de Instrucción Pública y prestigioso Profesor de Geografía del Instituto-Escuela de Madrid, Don Francisco Barnés Salinas, al que tanto debe la cultura nacional por su eficaz actuación al frente del Ministerio, multiplicando los centros de enseñanza, y especialmente la ciudad de Arévalo, por haber patrocinado y favorecido primeramente la creación de un Colegio subvencionado, y más tarde el establecimiento de este Instituto Elemental, se solicite de la superioridad que este Establecimiento docente lleve el nombre de ‘Instituto Francisco Barnés’ en señal de gratitud y para el recuerdo de tan esclarecido Profesor sirva de ejemplo a las generaciones venideras».
La mencionada propuesta debía ser atendida por el nuevo Ministro, Domingo Barnés, hermano del homenajeado, quien, en una situación de cambios políticos y la inminente convocatoria electoral, en escrito de 25/11/1933, «agradece la distinción que han acordado hacer a su hermano; pero, al mismo tiempo que la estima en lo que vale, no cree delicado por su parte acceder a la petición de ese Claustro, mientras él ocupe el Ministerio.
Si más adelante, cuando él dejase de ser Ministro, ese Claustro desea renovar su propuesta a la Superioridad, puede hacerlo libremente y el Sr. Barnés, por anticipado se lo agradece». Finalmente, dicha propuesta no volvió a formularse.
LA PINTOR QUE ENESEÑABA A IMAGINAR.
Una vez aprobada la creación del Instituto de Arévalo, se hacía necesario cubrir las plazas de profesores, cobertura que afectó a todos los centros educativos españoles que debían sustituir la enseñanza impartida por órdenes religiosas y hacerse por laicos, tal y como disponía la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas.
A tal fin, y a propuesta del Ministro Barnés, se decretó la celebración de cursos prácticos de preparación de los nuevos Profesores encargados de curso para Institutos de Segunda Enseñanza en todas y cada una de las materias siguientes: Lengua y Literatura castellana, Geografía e Historia, Latín, Filosofía, Matemáticas, Ciencias Naturales, Física y Química, Agricultura, Francés y Dibujo (Gazeta, 27/06/1933).
Iniciado el proceso selectivo para la asignatura de Dibujo, se presentaron setecientos pintores y escultores. Entre ellos, Maruja Mallo, quien, junto a otros ciento cincuenta aspirantes, fue seleccionada por el Tribunal calificador designado al efecto por la Junta de Sustitución de la Enseñanza Secundaría, quedando emplazada entonces para realizar el correspondiente curso preparatorio (Gazeta, 24/07/1933). En dicho curso coincidió con el pintor Rafael Penagos Zalabardo, ilustrador de Patronato Nacional de Turismo y diseñador de la imagen de Ávila para la promoción de la ciudad.
De la marcha del cursillo de selección del profesorado de Dibujo se hizo eco el periodista Antonio Otero Seco en la revista Nuevo Mundo: «Jóvenes recién alboreados al arte, alumnos todavía de la Escuela de San Fernando, afanosos del futuro. Y mujeres. Cerca de una veintena de mujeres que alegran y perfilan de gracia la seriedad de las aulas y de las explicaciones. Casi todas ellas han conseguido ya rodear su nombre de resonancias populares: Maruja Mallo, de tan fino temperamento, tan de nuestra hora, de la que dijo Gecé que era el ángel negro de nuestra pintura contemporánea, con angelidades blancas» (NM, 11/08/1933).
Por otro lado, añadimos que Gecé [Ernesto Giménez Caballero], a quien Maruja Mallo ilustró la portada de su libro Jugando a los dados (1928), fue conferenciante en Ávila con motivo de la celebración del centenario de Isabel la Católica (DAV, 28/04/1951), mientras que su compañero de la Estafeta Literaria Antonio Espina García, escritor, periodista y gobernador civil de Ávila en 1936, dijo: «La obra de Maruja Mallo ha merecido, pues, el espaldarazo de la Revista de Occidente.
Y lo ha merecido, ante todo, por la alta calidad intrínseca de su talento, por rango psicológico, independientemente de las manifestaciones pictóricas en que sus facultades se exteriorizan, pues con ser esas manifestaciones valiosas y admirables, lo que de veras importa en ella, como en cualquier otro artista moderno, es la pura genialidad. El índice de pura genialidad. Lo que de nuevo tenga que decirnos, más que la manera de decirlo» (Gaceta Literaria, 15/06/1928).
En el desarrollo del curso preparatorio de profesores, los alumnos realizaron ejercicios de Dibujo al natural y geométrico, hicieron visitas a la Escuela de Arquitectura y excursiones a varios pueblos para levantar planos y toma de apuntes de tipos y escenas, asistieron a conferencias sobre Pedagogía del Dibujo, y tuvieron que presentar una memoria o trabajo de fin de curso.
Maruja Mallo aprobó dicho cursillo con el número 20 y fue nombrada profesora del Instituto Elemental de Arévalo con un sueldo de tres mil pesetas, plaza de la que tomó posesión en los primeros cinco días de noviembre, después del Día de Todos los Santos (Gazeta, 1/11/1933), alojándose entonces en el Hotel Jardín sito en la calle del Arco de Ávila nº 7, hoy desparecido.
Con su incorporación al Instituto, Maruja Mallo respondía a la política republicana de que jóvenes profesores de arte llevaran a las aulas una pedagogía creativa y no se limitaran a la copia de modelos de la enseñanza académica. De su experiencia nos dejó un testimonio elocuente en el reportaje de 1934 realizado por el periodista y compositor Vicente Salas Viu donde cuenta cómo los niños estudiaban un tema local, una escena de trilla o una fiesta, y para estimular su imaginación se les pedía que tomasen apuntes de sus recuerdos de esas escenas.
A partir de ellos, debían hacer sus dibujos estudiando el sentido constructivo de líneas, superficies y cuerpos, lo que consiguió con excelente resultado, “haciendo del dibujo un lenguaje expresivo”. Buena prueba de todo ello son los dibujos que ilustran el reportaje publicado en la revista Diablo Mundo, del 26 de mayo de 1934, del cual también se ha hecho eco el Diario de Ávila (DAV, 16/02/2026).
De su estancia en la villa morañega, Antonio Otero Seco (1905-1970), escritor y poeta extremeño, reportero de la prensa republicana, y contemporáneo de la pintora, escribió entonces: «Maruja Mallo habría incorporado a la enseñanza oficial su desdén por unos métodos trasnochados y estériles, y ansia insatisfecha por beber en puras fuentes claras de limpias sensaciones.
Está, además, en Castilla. Ante la Castilla auténtica, que es todo lo contrario de lo que nos han mostrado, crucificada de tópicos, la mayoría de los pintores y literatos. Para ella, el paisaje no tendrá esa visión sombría desolada de poblado terroso, abrumado de sol y de moscas que fue la gran pasión de los hombres del 98. Castilla se le ofrecerá con otro pulso, con otro ritmo, con una sugerencia espiritual inédita que esos literatos y pintores no supieron descubrir aquellos literatos entretenidos en hablar con los pastores o con los viejos hidalgos del camino» (Maruja Mallo: álbum y textos históricos, SECC, 2009, p. 17).
LA BICICLETA QUE CRUZÓ UNA IGLESIA.
De su paso por Arévalo, de lo que se ha ocupado con interés y acierto Adolfo Yáñez reivindicando la figura de Maruja Mallo (Heterodoxos y Olvidados, 2010), la propia artista rememoró una curiosa anécdota en una entrevista con José Soler Serrano en el programa de TVE A fondo: Grandes Personajes emitido el 14 de abril de 1980. Así, preguntada sobre ¿Cómo se expresaba en ese campo de la docencia, de la enseñanza?, respondió en tono coloquial:
« [En] Arévalo hacía más frío que en Ávila: Cuando me levantaba yo decía Arevalus Mazmorrus Siberias. Entonces, la dueña del hotel me servía los domingos unos buñuelos, me tenía mucha admiración [y] me llamaba ‘Majeta’. Y después, claro, como [Arévalo] era un recinto muy pequeño, el único sitio, como en Toro [Salamanca], donde se levanta el románico mudéjar. Pero todo era siniestro, negro, de gente, pues sencillamente, pues de una ‘tumbofilia’ declarada. Y un buen día, pues yo como iba a dar clase, mi bicicleta se desvió y entró en una catedral [iglesia de San Miguel] donde había una misa solemne. Y entré hasta el altar mayor y salí con toda calma. Entonces el público, las beatas, me vieron como un ángel de fray Angélico».
Ante el mencionado comentario, transcrito literalmente, Joaquín Soler añade: «Qué maravillosamente nos cuenta sus recuerdos, poetizándolos, literaturizándolos, Maruja Mallo». Recuerdos estos que reproduce con frecuencia cuando se refiere a su experiencia en Arévalo, localidad a la que estuvo vinculada desde el 1/11/1933 hasta hasta el 30 de octubre de 1934, fecha esta última en que por Orden Ministerial se le concedió la renuncia al expresado cargo con reserva de los derechos concedidos a quienes aprobaron los mencionados Cursillos de Selección, tal y como se recoge en su solicitud de pensión de jubilación al Ministro de Educación y Cultura del 4 de mayo de 1977 (AGA, expte. Sig. 83869-41), y como apunta también Amelia Meléndez (Revista Universitaria de Historia Militar, 13/2018).
Por su parte, Santiago Ontañón Fernández (1903-1989), escenógrafo y pintor de la misma generación que la flamante profesora de dibujo, evoca que «Maruja hizo los cursillos del 33, la destinaron a Arévalo como profesora de dibujo y como decía que tenía veinte almas, un día echando mano de una de las más perversas que tenía en su armario, subió a una bicicleta y cuando medio pueblo estaba un domingo congregado en la iglesia oyendo misa, entró como una exhalación pedaleando hasta el altar mayor y logró salir sin un rasgo» (Maruja Mallo: álbum y textos históricos, SECC, 2009, p. 16).
Aquella ‘transgresión’ ha quedado como anécdota que se repite en entrevistas, biografías, ensayos y artículos diversos siguiendo una narrativa que la propia autora poetiza con algunas variantes. Así, Manuel Vicent rememora su encuentro con la pintora cuando se desplazaban juntos en taxi por Madrid:
«No había forma de que nos pusiéramos de acuerdo para elegir un restaurante porque Maruja no podía olvidar que eran una pintora surrealista y prefería contarme las locuras de su juventud, cuando allá en tiempos de la República entró montada en bicicleta en la iglesia de Arévalo durante la misa mayor del día del patrón del pueblo. Atravesó la nave central, se dio una vuelta alrededor del presbiterio y pedaleando tranquilamente abandonó el templo y se fue por donde había entrado, dejando al obispo, a los canónigos y a todos los fieles boquiabiertos» (El País, 26/04/2025).
Más aún, la anécdota llama la atención de los visitantes a las distintas exposiciones de la obra de Maruja Mallo, quienes disfrutan con el gracioso y, a veces, exagerado relato cuyo divertimento ensombrece algo la valoración de la artista al mezclar “mitificaciones» cercanas al «realismo mágico»(El Faro de Vigo, 11/10/2009).
«El hecho de que Maruja Mallo fuera sembrando, paralelamente a su obra, anécdotas tan aparentemente escandalosas como participar en las tertulias vetadas a las mujeres de la época, practicar diversos deportes, salir a la calle sin sombrero (tan irreverente en esos años), circular en bicicleta por el pasillo central de la iglesia de Arévalo en plena misa mayor, participar en un pintoresco concurso de blasfemias, llevar el pelo a lo Barran o disfrazarse de hombre con el objeto de entrar en el monasterio de Silos, ha servido, muy a su pesar, para que la peripecia ensombrezca a la artista y acabe velando lo más firme de ella: haber sido una pintora de suprema relevancia en los años veinte y treinta del pasado siglo, hasta el punto de ser considerada una especie de mesías de la más genuina manifestación vanguardista de la época» (José Luis Ferris, Maruja Mallo, gran transgresora del 27, 2004).
Por otra parte, la estación ferroviaria de Ávila aparece como habitual lugar de tránsito en los frecuente viajes de Maruja Mallo, tanto por su cercanía a Madrid, como por ser paso obligado hacia las ciudades del norte y el deslumbrante París del surrealismo, y más concretamente durante el tiempo en el que permaneció en Arévalo, cuyo frío y bajas temperaturas eran comparables a las de la capital abulense que conocía bien, como ya hemos dicho.
Además, es muy probable que en esta época Maruja Mallo visitara a su íntima amiga la pintora vallisoletana Margarita Manso Robledo y el esposo de ésta, el pintor Alfonso Ponce de León, quienes acaban de contraer matrimonio el 10 de diciembre de 1933.
Ellos, artistas también de la generación del 27 y amigos de Dalí, Lorca y Buñuel, se formaron en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y se da la circunstancia de que en estas fechas de 1934 Ponce de León estaba trabajando en la decoración del Teatro Principal, por lo que no es de extrañar su encuentro en la capital abulense, tal y como aventura José Luis Ferris.
También de la generación del 27, residió en Ávila el poeta surrealista Juan José Domenchina Moreau, casado en 1936 con la poetisa Ernestina Champourcin, ambos del grupo artístico literario de Maruja Mallo (Rosa Sanz Hermida, El silencio creador de Ernestina Champourcin, 1991).
TRÁNSITO ARTÍSTICO DESDE ARÉVALO.
Al mismo tiempo que se aplicaba en el curso preparatorio del profesorado, así como durante el ejercicio de su actividad docente durante el curso 1933-1934, Maruja Mallo, por su rica trayectoria artística, sigue siendo un personaje de de actualidad que trasciende a su actividad académica.
Es reseñable entonces su faceta como ilustradora de la prestigiosa Revista de Occidente que dirige Ortega y Gasset en el periodo 1931-1936, con especial dedicación cuando vivía en Arévalo, siendo un ejemplo su participación en el número CXXI del mes de julio que anuncia el diario El Sol, en la misma página que anticipa el homenaje que se prepara en Argentina con motivo del vigésimo quinto aniversario de la publicación de la novela de Ávila La gloria de Don Ramiro de Enrique Larreta (El Sol, 20/08/1933).
El Heraldo de Madrid publica también que «Maruja Mallo es la pintora española que quiere que la llamen pintor. Tiene genio y ha obtenido ya los grandes éxitos que merece.
Pero María, o Maruja Mallo no solo piensa en la pintura. Piensa también en hacerse retratos impresionantes, indudablemente bellos», como ese en el que aparece encerrada en una casilla de guarda agujas que ha enjoyado por fuera con cráneos de animales (El Heraldo, 28/09/1933).
De la misma manera y en esta línea, tiempo después, Maruja Mallo se fotografió ante la pizarra escolar de Arévalo, en la que dibujó un cubo, la palabra España y su firma, de nuevo identificando su vida y su trabajo.
Días antes de incorporarse a su plaza del Instituto de Arévalo, Maruja Mallo participa en el Salón de Otoño de Madrid compartiendo espacio con Benjamín Palencia y Solana, entre otros pintores, así como con el Grupo de Arte Constructivo (El Heraldo, 5-7/10/1933).
La exposición fue una retrospectiva dedicada a Romero de Torres, su profesor en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, academia en la que también tuvo como profesores a Eduardo Chicharro, pintor e hijo adoptivo de Ávila de quien heredó la huella postimpresionista de sus primeras pinturas, y a José Garnelo Alda, quien pintaba en Las Navas del Marqués y decía a sus alumnas: «Mire, señora, le voy a ser franco, el primer año suspendo siempre a las señoritas, para ver si no siguen; pero si insisten, las apruebo».
Los primeros dibujos realizados por Maruja Mallo al comienzo de la actividad docente en Arévalo son cuatro hermosas viñetas fechadas en el mes de noviembre de 1933 que sirvieron para ilustrar el Almanaque Literario de 1935 publicado por Guillermo de Torre, Miguel Pérez y E. Salazar con la intención de «ser como una revista extraordinaria y a la vez magazine crítico y literario, con el deseo de que desfilen por sus páginas todas las figuras y todas las realizaciones elaboradas por los intelectuales españoles en su condición de “escritores militantes, de críticos o comentaristas” de periódicos y revistas», tal como señalan sus editores en el frontispicio de la publicación.
También en su etapa morañega, Maruja Mallo trabaja en la “plástica escenográfica” de la ópera Clavileño de Rodolfo Halffter, cuñado de Vicente Salas Viu, quien la entrevistó para Mundo Diablo, y tío de Cristóbal Hallffter, autor del himno de Santa Teresa de Ávila de 1982.
En esta nueva faceta artística, Maruja Mallo puso en práctica sus estudios de escenografía realizados en París en 1932, donde conoció a Pablo Picasso, Joan Miró o André Bretón, entre otros.
Este trabajo, que al final no pudo estrenarse a causa de la Guerra Civil, se entronca con las series de dibujos llamadas Arquitecturas minerales, vegetales y fósiles, y Construcciones rurales, realizadas en esta misma época en la que se une al grupo de artistas de la llamada Escuela de Vallecas de Benjamín Palencia, pintor que en la posguerra lo fue de Ávila y del Valle del Corneja, con quien coincide en el tratamiento temático de los fósiles y esqueletos como motivo de inspiración.
Son series que muestran el interés y la capacidad de la artista que a partir de la realidad cercana llega a lo que ella consideraba abstracción, es decir, la creación de imágenes mentales que provienen de sugerencias.
Efectivamente, en el periodo 1933-1934, en el que Arévalo es el escenario de su universo sensorial y onírico, Maruja Mallo compone las mencionadas series inspiradas en los rasgos materiales del paisaje que trata en las primeras en un sutil equilibrio entre el dibujo y las variadas texturas materias.
En las Construcciones rurales, Maruja Mallo dibuja esqueletos o carcasas de silos, almiares y otras arquitecturas básicas y efímeras utilizadas para la cosecha de cereales que divisa en tierras de Arévalo. Ambas series indican su interés por la construcción como premisa del arte, pero también de la naturaleza, y de ese estadio intermedio son las construcciones campesinas, tal y como explica Patricia Molins en el catálogo de la exposición del MNACRS.
En relación con el reconocimiento artístico conseguido por Maruja Mallo, a la vez que imparte clases de Dibujo en Arévalo, el escritor y actor Emilio Fornet de Asensi publica un reportaje dedicado a la las mujeres en el arte, donde también figuran Delhy Tejero, Rosario Velasco, Sara Hernández-Catá, Rosario del Olmo, Rosa Chacel, donde dice de nuestra maestra:
«Maruja Mallo, con ese «mayo» con “ll” de su apellido, parece oscilar entre la imaginación, con sus flores, y la razón, con su geometría. Comenzó por exponer en el 1928—en mayo, precisamente — unos cuadros llenos de colores y de gracia popular, en los salones de La Revista de Occidente. Después expuso en París [en la galería Pierre], en mayo—también en mayo—, el año 1932.
Pero de toda aquella primavera de su primera labor, ha quedado un impulso notable: su preocupación por que los niños de su escuela de Arévalo dejen libre su imaginación sobre el papel, manejando sus lápices de colores.
Próximamente presentará una exposición de estos dibujos infantiles. Maruja Mallo tiene esta cátedra de dibujo en el Instituto Nacional de Arévalo. Pero esto no la esclaviza. Ahora prepara un espectáculo de magia, plástico musical, que se estrenará en el Auditórium de la Residencia de Estudiantes» (Estampa, 24/03/1934).
En junio de 1934, «la sarcástica y macabra muchacha llamada Maruja Mallo», junto al inquietante Dalí, la más importante revelación de superrealismo, son referente de los pintores españoles que habían desenvuelto su obra en París, según la revista L’Amour de l’Art en la que René Huyghe y sus colaboradores continúan su “Historia del arte contemporáneo” (Luz, 16/06/1934).
Meses después, se publica el libro de poesía Transparencias fugadas (Gaceta de arte, 1934) del poeta Pedro García Cabrera, cuya portada había sido ilustrada por Maruja Mallo (Diario de Madrid, 27/11/1934).
Llegado el 30 de octubre de 1934, Maruja Mallo deja el Instituto de Arévalo, aunque continúa su actividad docente en Madrid en la Escuela de Cerámica, y luego en un Instituto de Segunda Enseñanza [Instituto Escuela] y en la Residencia de Estudiantes.
Sobre la Escuela de Cerámica, conocida como “La Tinaja”, añadimos que este centro fue inaugurado en 1911 auspiciado por Francisco Alcántara, emplazándose en la que fue Real Fábrica de la Moncloa , la cual, a finales del siglo XIX estaba administrada por Isidro Benito Lapeña, vecino y senador de Ávila, y en ella trabajaba el ceramista Daniel Zuloaga, a quien se debe la azulejería de zócalos de la Oficina Técnica Municipal de Ávila, la Academia de Intendencia, la capilla del nacimiento de Santa Teresa, y los palacios de Almarza y de Canales de Chozas (actual parador).
En el paso por el Instituto Escuela de Madrid, Maruja Mallo vuelve a coincidir con el profesor Francisco Barnés Salinas, quien fuera ministro y diputado por Ávila e hijo adoptivo de la ciudad. Años después, en mayo de 1936, Barnés es invitado por Maruja Mallo con motivo de la exposición organizada por la Sociedad de Amigos de las Artes Nuevas (Adlan) que se inauguró en el Centro de la Construcción, carrera de San Jerónimo, 32: «Exposición de Maruja Mallo, pintora de firme prestigio, cuyas obras hace tiempo no se exhibían en Madrid.
La Exposición abarca diversas manifestaciones plásticas, cuadros, dibujos y muñecos teatrales, formando un conjunto admirable que no deja de llamar la atención del público culto» (Ahora, 15/05/1936). Entre los dibujos expuestos figuran varios de los alumnos de Arévalo, uno de ellos recrea la plaza del Arrabal llena de carros fechado en 1934.También en estas fechas participa en la exposición organizada en París por la Sociedad de Artistas Ibéricos (El Sol, 27/05/1937).
Años después, la carrera de Maruja Mallo se abre a nuevas técnicas y estilos temáticos con predominio del color y de la luz, carrera interrumpida por la guerra civil, periodo en el que compone la serie La religión del trabajo, «aunando geometría, mítica y un cierta poética de lo telúrico». En 1937 abandona España e inicia un exilio de más de dos décadas en Argentina, México, Chile, Uruguay, Nueva York, etc., lugares en los que pone en marcha proyectos de reveladora estética y plasticidad.
Finalmente, llegados a este punto, concluimos como lo hacen los promotores de la exposición: «Cuando se cumplen treinta años de su fallecimiento, Maruja Mallo. Máscara y compás revela la vigencia del pensamiento estético y político de la artista, desplegado en la inagotable diversidad de sus creaciones, que integran propuestas científicas, mitológicas y ecológicas con las que moldear un arte futuro.
Su obra, plagada de referencias culturales, políticas y religiosas, constituye el imaginario más singular de la Generación del 27. Imágenes que, como ella misma señaló, recorren el camino de la geografía a la cosmografía».