POR RICARDO GUERRA SANCHO, CRONISTA OFICIAL DE ARÉVALO (ÁVILA).
Recordaba yo ante los asistentes de Valladolid aquella tarde de mi conferencia sobre «San Ignacio de Loyola en Arévalo», el tiempo que hacía que había visitado el santuario de Loyola y la casa–torre natal de San Ignacio. Fue un viaje tan deseado, en compañía de un amigo, otro Ignacio, de la audiencia de San Sebastián, y que fue agridulce, porque íbamos en viaje anunciado, casi oficial, para ver la posibilidad del hermanamiento de Azpeitia y Arévalo por la mediación de San Ignacio. Y digo agridulce porque el consistorio de allí nos ignoró, y sin embargo un concejal nos recibió con cortesía y afecto, intentando deshacer la descortesía, fue por su cuenta personal, claro. Y la compañía no podía ser mejor, una embajada arevalense y este amigo donostiarra. Yo descubrí aquella tierra del valle de Iraugui, junto al río Urola, entre Azpeitia y Azcoitia, donde está la basílica y esa casa–torre, museo–relicario de la niñez y de la convalecencia del Iñigo herido en Pamplona. Al cuidado de otra segunda madre, su cuñada Magdalena de Araoz, que conocía Arévalo porque aquí estuvo al servicio de la reina Isabel.
Pero volvamos al principio.
Fíjense amigos lectores, en las ya tradicionales muestras de habaneras que organiza nuestra querida Coral La Moraña de Arévalo, hace dos años recibimos la visita de la coral Pispillu Abesbatza, flor de árbol exótico, de Ermua, y el pasado fin de semana devolvimos aquella visita, como suele ser habitual en este mundo coral. Es una forma de intercambiar la cultura a través de la música y conocer otras gentes y otras tierras por medio de la polifonía que tanto nos une.
Una vez planteada la visita a Ermua para cantar, pues el fin de semana, porque era mucho viaje para un día, daba tiempo hacer algo de turismo. Y se planteó una visita a Loyola, bastante cerca de allí. Qué alegría, con las ganas que tenía yo de volver, con el bagaje ignaciano actual, yo estaba seguro de que en esta visita me acercaría mucho más a la figura de este santo universal, porque en estos años he profundizado mucho en su figura, especialmente los años de su juventud arevalense. Pues todo un viaje dual, dos aspectos de mi vida, como coralista y como estudioso de Íñigo en su etapa de aquí.
No conocía Ermua, solo por su nombre emblemático en aquellos años de angustias, tristeza y solidaridad, de gentes amables que conocí cuando vinieron a nuestra ciudad. Es una población que yo me atrevería a denominarla «ciudad elevada», por sus altos edificios que propicia el encontrarse en el fondo de montañas. No tiene término para su extensión, por lo que ha crecido a lo alto. Su Ayuntamiento, un antiguo palacio con grandes escudos, y su hermosa iglesia de Santiago a caballo, grande, muy amplia y espaciosa, con grandes arcos laterales y una sonoridad extraordinaria que pudimos comprobar en la actuación. Acogidos por nuestra coral anfitriona, presentamos un repertorio variado, que gusto mucho, con nuestro emblema del Canto a Castilla y la canción compartida, música vasca por excelencia, el Maite de Pablo Sorozabal, que arrancamos muchos y fuertes aplausos. Una experiencia muy hermosa que nos da ánimos para continuar.
Y Loyola, la que pudo ser ciudad hermana, muy renovada y hermosa, con su iglesia dedicada San Sebastián, hermosísima, de potentes columnas, bóveda de casetones muy original, y con la pila bautismal de San Ignacio, todo ello magníficamente narrado por el guía Ander.
En definitiva, una experiencia enriquecedora.
