POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
Tiene la ciudad de Murcia un calendario litúrgico que desafía cualquier lógica municipal conocida. Aquí, en esta tierra bonica que atesora lo mejor de las tres culturas, se ha descubierto, por fin, el bálsamo de Fierabrás para los males del mantenimiento urbano. Y no ha hecho falta contratar a un premio Pritzker de arquitectura ni diseñar un plan estratégico (otro) a doscientos años vista. Qué va. La solución es mucho más castiza y nuestra, más huertana y fresca como el azahar: la Virgen de la Fuensanta.
Lleva nuestra Morenica unas semanas de lo más viajera, saltando de pedanía en pedanía, recorriendo el municipio para conmemorar el centenario de su coronación. Por donde pasa, se engalanan los balcones con mantones y banderas de España, suena el himno nacional cada dos por tres, pues el murciano normal se enorgullece de ser español, y se derraman no pocas lágrimas. Lo esperado.
Pero antes sucede un milagro, un prodigio que el Vaticano debería investigar y que está enloqueciendo a la oposición en La Glorieta. Me explico. Días antes de que el trono de la Patrona asome por cualquier pedanía, aparece una brigada municipal que ya quisiera para sí el Palacio de Versalles.
El runrún de los cortacéspedes devuelve a los parterres su verde compostura; los afilados dientes de los serruchos perfilan las copas de los naranjos bordes, esos mismos que hace cuatro días tapizaban de frutos maduros el asfalto; las segadoras arremeten contras las malas hierbas que se disputan las cunetas agrietando los carriles bici… Una maravilla, oigan.
Me recuerda aquellos tiempos en que la concesionaria de los jardines organizaba parte de su trabajo en función de la agenda del concejal del ramo o del alcalde. Pedanía que visitaran, pedanía a la que daban un repasico el día antes.
Eso ocurre ahora con nuestra querida ‘Fosanta’, como la llaman en algunos pueblos. Ante semejante despliegue, a uno no le queda más remedio que darle la razón al genial Oscar Wilde, quien ya advirtió de que «el trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer, pero el entusiasmo es el motor del mundo». Y vaya si hay entusiasmo.
Sobre todo entre los pedáneos, que aprovechan la ocasión para apretar al Ayuntamiento y solucionar con rapidez problemas enquistados durante meses. Muchos parroquianos también se han ‘coscao’ de tan ventajosa situación y, como dicen en la huerta, se han montado en sus alpargates y han salido disparados. Aunque en lugar de registrar una instancia en la sede electrónica municipal, si es que consiguen desentrañar tamaño laberinto digital, envían una petición al señor obispo pidiendo que la Fuensanta pase por su barrio.
– Usted no tiene ni idea. Los que mandan en la Patrona son los señores del Cabildo Catedral.
– Sí señor. Con don Tomás Cascales, el deán, a la cabeza.
Lo cierto es que hay jaleo: el personal no sabe a quién solicitarle esa gracia. Si a la Iglesia, si a la camarera de la Virgen, quien responde que bastante tiene ella con poner guapa a la Fuensantica, o si a los párrocos, a quienes, si no querían caldo estos días con las cien mil comuniones, les faltaba que su mismísima Madre fuera a darles una vuelta a ver en qué andan.
Lo único evidente es que la fe en Murcia no solo salva almas. También agiliza la burocracia de una manera portentosa. Ya lo dejó definido San Agustín hace siglos: «La fe es creer lo que no ves; la recompensa de esta fe es ver lo que crees». Es decir: ver las calles que lucen como un palmito.
La cuestión es qué pasará cuando concluya el periplo de la Morenica. Si no fuera ya generala del Reino de Murcia, que es un honor mucho mayor, propondría que la nombrarán concejal, como poco, de Parques y Jardines. Porque está claro que la fe mueve montañas y en Murcia, además, desbrozadoras, camiones de baldeo y operarios.
