POR AGUSTIN DE LAS HERAS, CRONISTA OFICIAL DE VALDEPIÉLAGOS (MADRID).
Al destierro, más bien hacia el camino del destierro, nos hemos encaminado.
Amaneció pronto para los dos caballeros que vivían al sur y me dirigí a su encuentro en un zoco más allá de la ermita de San Sebastián.
El de Valdetorres ha aparcado con un cielo nublado calculando donde habría sombra en el regreso. Es fácil para el que tiene la virtud del caminante.
Hemos cambiado de monturas llevando la mía buscando miliarios por la carretera de Irún.
Y entre chascarrillo y chascarrillo histórico dónde el que no sabe aprende de los maestros simplemente escuchaba.
Sin darnos cuenta ha aparecido la antigua Litabrum y yo ya en silencio parafraseaba a Don Manuel Machado.
«El ciego sol, la sed y la fatiga…
Por la terrible estepa castellana,
al destierro (más bien al camino del),
con doce de los suyos (en mi caso dos)
-polvo, sudor y hierro- mi menda cabalgaba.»
Al pronto hemos llegado al paso que divide las sierras carpetanas y nos regala el transito hacia el norte, bajando por la ladera donde ciento veinticinco jinetes subieron en vanguardia de La Grande Armée, contra dieciséis cañones españoles, los polacos fueron mandados por el Petit Caporal desde Boceguillas y ganaron la batalla para los franceses
Hemos dejado también atrás la Bozichellas del siglo XII y hemos pasado por Las Campanas donde se bien almorzaba antes que cerrara.
Al llegar a la nueva Aratsa celtíbérica hemos girado hacia el Oriente.
Descubrimos el Duero por primera vez a la altura de la antigua Vadecuendes nombrada en el Libro del Becerro de las Merindades de Castilla, del siglo XIV, más conocido por su lupanar de finales del siglo XX.
Y entonces he mirado el tiempo transcurrido a la altura del antiguo monasterio dúplice y he pensado en los dos caballeros que me acompañaban. Recorríamos leguas tan deprisa hacia el destierro que la arena del reloj parecía parada.
Y me he dicho… es hora del almuerzo.
En el Lagar de Isilla me han conocido mesoneras y mesoneros, cocinero y ancianos del lugar que se acordaban de mí.
Y como no, han sido dos torreznos.
Cabalgando al norte hemos visto la preciosidad de la Penna Aranda y tomado el camino de Oriente de nuevo.
La ruta transcurría paralela a la hilera de árboles que escondían el Pilde, después de cruzar dos veces el Arandilla.
Era pronto aún cuando hemos llegado donde existió el antiguo monasterio de monjas premonstratenses y descabalgando de nuevo he sentado a los dos caballeros bajo al moral, aunque uno no ha podido parar sin comer sus frutos.
La historia ha continuado.
Ha ocurrido el evento anunciado y después hemos conocido a un prior amigo del romano pontífice pero esto ya lo dejo a la ilustre cronista de Brazacorta…
Que para algo ha sido nombrada gratia et amore.
