¿CUÁL FUE EL INCENDIO QUE MÁS DAÑO HIZO A MURCIA?
Jun 08 2026

POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.

                                                 

Raya la noche en las esquinas de la Murcia del ochocientos, esa ciudad de sombras largas, serenos con farol y adoquines gastados por el traqueteante trasiego de carretas. El calendario, con su caligrafía de tragedia, marca las últimas horas del tres de febrero de 1854.

Los pocos murcianos que andaban aún callejeando, de esos que apuraban la tertulia o salían del viejo teatro del Toro -un caserón destartalado que amenazaba ruina -, arrugan de pronto la nariz. Flota en el aire un tufo extraño y espeso; un aroma rancio de madera vieja, piedra calcinada y hierro que empieza a retorcerse bajo el abrazo del fuego.

Son las diez y media de la noche cuando se rompe el silencio y la quietud de la urbe. Las bombillas mortecinas ya apenas pueden competir con unas diabólicas claridades que brotan de la calle de los Apóstoles.

Las llamas, como lenguas de un averno desatado, lamen ya descaradamente la fachada lateral de nuestra joya barroca, la Catedral amada. Y ahí empieza el delirio.

Las crónicas que duermen en los anaqueles nos devuelven el eco de las carreras, las sayas a medio abrochar, las mantas echadas al hombro a escape y los gritos desgarrados que despiertan al vecindario: «¡La Catedral arde! ¡Se quema la Catedral!».

La plaza de Belluga, entonces del Palacio, se convierte en un hervidero de almas aterrorizadas. Alguien, con las manos temblorosas, abre de par en par las puertas de la fachada principal y comprueba la más absoluta catástrofe: el Altar Mayor es un ascua gigantesca y el coro gime consumido por las llamas.

El reloj sigue su avance agónico y la tragedia se adentra de lleno en la madrugada del cuatro de febrero. Un sordo estruendo, un crujido de siglos que se quiebran, sobrecoge a los presentes cuando el monumental retablo se desploma levantando nubes de chispas.

Todo hecho cisco
«¡La urna del Rey Sabio! ¡Los candelabros de plata!», gritan otros. Todo perdido, deshecho. Cuando llega el obispo Mariano Barrio, hombre enérgico pero con el alma rota ante el desastre, no puede contener las lágrimas.

Amanece un día frío, mortecino, con un sol herido que parece levantarse con cara de asombro ante la desgracia. La sillería de nogal y caoba que el ebanista José Reyes había dejado flamantemente colocada en octubre de 1802 ya no existe; es solo carbón.

Desaparecieron también los lienzos venerables de Villacis y aquel cuadro milagrero de la Virgen con el Niño que los antiguos atribuían al mismísimo Murillo.

El año de 1854 nacía maldito para Murcia: al incendio del templo le seguirían la revolución de la Vicalvarada, el fuego de la fábrica de la seda y, para rematar la faena, el zarpazo del cólera morbo.

Pero Murcia, señores, es experta en levantarse del polvo. Como recogen los legajos del Archivo Almudí y el manuscrito de 1730 ‘Pensil del Ave María’, el que escribiera José Villalva Córcoles -esencial para recordar cómo lucía aquel esplendor perdido de la Capilla Mayor-, la reconstrucción fue una gesta titánica. Con el Cabildo refugiado temporalmente en la capilla del Rosario de Santo Domingo, el obispo Barrio no perdió un minuto en implorar auxilio.

La ayuda llegó con corona. La reina Isabel II se conmovió con el llanto de la huerta y donó una sillería espectacular del siglo XVI, obra de Rafael de León, que andaba guardada tras ser rescatada del suprimido monasterio benedictino de San Martín de Valdeiglesias.

Como los monjes no usaban trono episcopal, se le encargó al ebanista madrileño José Díaz Benito que labrara uno a juego por diez mil reales. De la suntuosidad de este y otros detalles litúrgicos previos nos habla con precisión Díaz Cassou en la obra ‘Serie de los obispos de Cartagena’.

Con la plata rescatada y fundida de los escombros se forjó la nueva urna para las entrañas de Alfonso X el Sabio. Volvieron los mármoles gracias al marmolista murciano Baró y al genio de José Marín Baldo. Y para que la música volviera a tronar, se encargó a la prestigiosa firma alemana Merklin y Schütze un colosal órgano que costó veinticinco mil napoleones y que llegó a la ciudad en carros el dos de enero de 1857.

Sobre este hito, el organista contemporáneo Julián Calvo dejó escrita su joya bibliográfica ‘Reseña del Gran Órgano de la Sta. Iglesia Catedral.’, donde detalla su accidentado viaje desde París.

Catorce años después
Catorce años de andamios, de limosnas y de sudores que culminarían en 1868. El retablo neogótico, salido de las gubias del yeclano Antonio J. Palao y de Lorenzo Baglietto, se levantaba soberbio. Una obra que costó más de 188.500 reales dentro de un presupuesto general que rozó el millón, según detalla la monografía histórica de España Talón ‘El Obispo Francisco Landeira, su vida y su tiempo’.

El periodista ‘Antonio de los Reyes’ publicó un interesante artículo que ofrecía no pocas fuentes para comprender la magnitud del desastre. Así, bajo el título ‘La Catedral de Murcia, incendio y restauración’ incluyó datos de las ‘Fechas Murcianas’ de Javier Fuentes y Ponte; la ‘Guía del forastero en Murcia»’, de Atienzar Palacios, y los dramáticos relatos testimoniales de Sánchez Madrigal publicados en otra crónica titulada ‘El incendio de la Catedral’ en el diario LA VERDAD allá por 1924. Casi un siglo después, sigue siendo el incendio que más daño causó al patrimonio murciano en toda su historia conocida.

FUENTE:https://www.laverdad.es/murcia/ciudad-murcia/lamurciaquenovemos/incendio-dano-hizo-murcia-20260607075019-nt.html#goog_rewarded

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