POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
«Matándonos no pagamos», como exclamaría mi castiza abuela. Porque en esta bendita tierra donde todo ataque al patrimonio tiene su asiento y regocijo, siempre pecamos de lo mismo: de no presumir, cuando no menospreciar, los increíbles tesoros que disfrutamos.
Eso ocurre con el pastel de carne, pongo por caso, auténtica reliquia de la gastronomía española que Martínez Tornel definía como «capricho del rico y apaño para el pobre». Quizá por ser tan nuestro y manjar tan cotidiano, olvidamos su trascendencia histórica. Ya lo advertía el célebre gastrónomo francés Jean Anthelme Brillat-Savarin: «El descubrimiento de un nuevo plato es de más utilidad para la humanidad que el descubrimiento de una nueva estrella».
Así que vienen los turistas y, al primer bocado de nuestro pastel, surge la inevitable exclamación: «¡Esto debería conocerse más!». Eso mismo ocurre con otra joya que estos días está pasando inadvertida. Y puedo demostrarlo con apenas una pregunta, paciente lector: ¿Sabe usted que Murcia atesora un cuadro que para sí quisiera el mismísimo Museo del Prado, institución que apenas posee obras de esa escuela italiana del siglo XVII?
La obra, por encima encima, está tasada en casi un millón de euros y ahora enriquece los fondos del Museo de Bellas Artes de Murcia, el Mubam. Se trata del monumental cuadro titulado ‘La Ascensión de Cristo’, firmado por el pintor boloñés Giulio Cesare Procaccini. Esa auténtica maravilla lleva en Murcia generaciones. Y nosotros sin enterarnos.
Adornaba los muros de la histórica mansión Torre Guill, en Sangonera la Verde. Sí, la misma que cualquier día termina por derrumbarse sin que nadie —y digo nadie con poder para hacerlo— acometa su restauración.
Ya lo sentenció el filósofo Santayana en su libro ‘La razón en el sentido común’: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo». Si se refería a repetir derrumbes de edificios históricos, a Murcia se refería.
Les cuento la historia, más que nada por compartir la pesambre, que diría un huertano. Resulta que el lienzo pertenece a la colección Adela Barba, heredera del patrimonio de la familia d’Estoup que atesoró la marquesa de Villamantilla de Perales.
El hijo de Adela, de nombre Rafael y a quien no verán ustedes sacar panza en ningún sitio, que bien podría hacerlo, decidió ceder temporalmente parte de su herencia a la Comunidad Autónoma. Por dieciséis años podremos disfrutarla en el museo. Hace unos meses ya nos sorprendimos ante la primera entrega: un Ribera, un Maella o un Sagrado Corazón Niño de Salzillo, que quita todo el sentido.
Y ahora, el Centro de Restauración de la Región de Murcia ha devuelto el esplendor a más piezas. Magnífico trabajo. Aunque poco me extraña, pues en la persona de su director, Javier Bernal, coinciden dos características indispensables en todo murciano de dinamita: el ser un hombre sencillo y, acaso por eso, hacer cosas extraordinarias. Por allí anda también Juan Antonio Fernández Labaña y José Alberto Fernández, otros enamorados de estas cosas nuestras que muchos ignoran y que embelesan a los extranjeros.
Total. Estos días se exponen en el Mubam las nuevas obras, entre las que se encuentra el Procaccini. La sola incorporación al museo de esa obra sitúa a Murcia en la primera división donde figuran las piezas cumbre del barroco. Es decir, para acabar pronto, ese cuadro eleva el nivel de la colección murciana a una escala internacional.
– Pues mire usted, primera noticia.
– Esa es la triste cuestión, la cansera que lamentaba el poeta Medina.
Mientras el olvido continúe desmoronando los viejos muros de Torre Guill, este Procaccini herido de luz nos recuerda lo que fuimos y lo que somos, que no es poco: una tierra capaz de acunar el genio de Milán a la sombra de los almendros de Sangonera durante décadas.
Vayan a ver el lienzo, dejen que les arrebate el alma el trazo de este italiano de Sangonera que se ha empadronado el barrio de Santa Eulalia, donde está el Muban, y presuman de él sin miedo.A ver si va a resultar que, cuando el mundo entero descubra que el cielo del barroco también se conserva en Murcia, a los murcianos, de pura y castiza cansera, se nos ha quedado ya frío hasta el suculento pastel de carne.