POR JOSÉ MANUEL JEREZ LINDE, CRONISTA OFICIAL DE LA E.L.M. DE GUADAJIRA (BADAJOZ).
La inminente llegada del verano, que en estos últimos años me parece más precipitado, hace despertar a las infatigables chicharras que desde algún rincón sombrío emiten su repetitivo zumbido. Circunstancias que nos trasportan, de forma casi inevitable, hasta aquellos años en los que daba comienzo alguna campaña de excavaciones en la villa romana de Torre Águila (Barbaño, Badajoz).
Una de estas últimas intervenciones, más concretamente la de 2012, llevada a cabo por la escuela taller “Torreáguila” se centró en una parte de la necrópolis más tardía (siglos VII-VIII d. de C.). Junto con las sepulturas exhumadas se localizaron una serie de cuerpos depositados directamente sobre la tierra, aparentemente, sin ningún tipo de fosa o cubierta. Seguramente estos antiguos moradores quisieron descansar, lo más cerca posible, de uno de los principales edificios religiosos donde ya fueron localizadas varias sepulturas de adultos y niños.
Este súbito calor, más propio de los meses de julio y agosto, me recuerda los trabajos “de laboratorio” como cariñosamente llamábamos a una de las naves del antiguo cortijo, dentro de la propia excavación, y que sirvió de almacén y casi de oficina en la que siglar y cumplimentar un sinnúmero de fichas de los materiales.
La sombra del emparrado de Félix León, que guardaba la excavación, el botijo de agua fresca siempre lleno y el imponente mastín pendiente de la alambrada de la entrada. El intenso olor de las parcelas de maíz por las que discurren surcos de agua fresca que parecían aliviar el sofocante calor al caer la tarde. Pero sobre todo esa sensación de una compañía silenciosa, que no podemos ver, pero de la que conocemos sus nombres –Firminus o Marcela– cuyos epígrafes fueron hallados en 2012.
FUENTE: J.M.J.L.