CUANDO CARTAGENA SE VESTÍA DE UNIFORME
Nov 08 2026

POR LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁN CRONISTA OFICIAL DE CARTAGENA (MURCIA).

                                             

Hubo un tiempo en que las calles de Cartagena se llenaban de soldados y marineros. No eran turistas ni visitantes ocasionales. Eran miles de jóvenes llegados de todos los rincones de España para cumplir con una obligación que marcó a generaciones enteras: hacer La Mili. Algunos permanecían unas semanas realizando su periodo de instrucción; otros pasaban aquí muchos meses, incluso años. Y mientras cumplían con sus obligaciones militares, también participaban de la vida de una ciudad que terminó formando parte de sus recuerdos.

Aquella Cartagena era muy distinta de la actual. No existía todavía esa ciudad que muestra orgullosa su patrimonio histórico y arqueológico. Era una Cartagena industrial, contaminada, ruidosa y profundamente departamental, con el Arsenal y la Base Naval como referencias fundamentales. Pero también tenía un casco antiguo lleno de vecinos, comercios, bares, cines y establecimientos de toda clase. Una ciudad que vivía intensamente sus calles y donde los uniformes constituían una estampa cotidiana.

Cuando se abrían las puertas de los cuarteles comenzaba otra vida. Cientos de soldados y marineros buscaban distraerse, comer algo diferente al rancho, conocer muchachas o simplemente pasear sin más preocupación que regresar a tiempo. Salvando las distancias, aquello tenía cierto parecido con la llegada actual de los cruceristas, aunque con una diferencia: aquellos jóvenes no venían unas horas, vivían entre nosotros.

Los cines constituían uno de sus principales entretenimientos con sus sesiones continuas. El Mariola, Principal, Sala Azul, Máiquez, Central y Teatro Circo conocieron sesiones repletas de uniformes. Después llegaba el momento de reponer fuerzas, porque el rancho militar podía quitar el hambre, pero difícilmente las ganas de comer.

Y Cartagena disponía de una extraordinaria oferta gastronómica. El Galeón, Casa Tomás, Posada Jamaica, La Fuentecilla, La Obrera, Casa Pepe, Delicias, Sandokán, Rincón de Pepe, Casa Paco, Félix el Guarro, Miramar, La Patatera, Loro Azul, El Francfort, El Taibilla, La Mejillonera, Paco el Macho, La Manchega, Gran Bar, Bar Ortega, Mesón Los Caballos, Río Noya o Denver, entre otros muchos, conocieron aquella clientela. Y para los más golosos siempre quedaban los helados de La Valenciana o La Italiana.

La diversión continuaba en los establecimientos de copas, algunos abiertos desde media tarde para aprovechar los permisos militares. Waikiki, Green House, El Portalón, Tragaluz, La Calle, Big Ben, Ibolélé, El Agua y El Polen o El Arlequín formaban parte de aquella geografía sentimental. Las discotecas La Dama de Oro, Olympia y Sibelius completaban las noches, mientras que los salones recreativos Bikini, Márfil, Tívoli o el Club de Billares ofrecían otras alternativas.

Capítulo aparte merecía el Molinete, con sus numerosos establecimientos de copas, actuaciones musicales y locales vinculados a la prostitución. Era otra realidad de aquella Cartagena, frecuentada también por militares de reemplazo, que formaba parte de la vida nocturna de una ciudad portuaria.

Pero aquellos jóvenes no vivían únicamente para divertirse. Su presencia era habitual en el fútbol, los toros, la feria de los caballitos, las veladas de boxeo y lucha libre, la hípica, las carreras de motocicletas y cualquier acontecimiento deportivo. También participaban en la Semana Santa, el Corpus, las cabalgatas navideñas, los desfiles del paseo Alfonso XIII y la Alameda, las regatas, el festival de Cine Naval y la añorada Velada Marítima. Cartagena parecía tener siempre una representación de uniformados en cualquier celebración o actividad.

Existía además toda una economía doméstica alrededor de la mili. Decenas de familias alquilaban habitaciones donde los soldados podían cambiarse de ropa, descansar o guardar sus pertenencias. Otras obtenían ingresos lavando y planchando uniformes. Los estudios fotográficos, como Abellán, Foto Films, Martínez Blaya, Casaú, Matrán, Lander o Ros, tenían una clientela asegurada. Aquellos retratos de estudio, con el uniforme impecable, viajaban después hasta los hogares de media España. Y estaban las muchachas cartageneras. Cuántos noviazgos comenzaron durante un permiso, en un baile, un paseo o una fiesta. Muchos terminaron en matrimonio y algunos de aquellos soldados se quedaron definitivamente entre nosotros. Otros regresaron a sus pueblos llevando consigo algo más que una fotografía: el recuerdo de una ciudad donde habían vivido una parte importante de su juventud e incluso muchos de ellos actualmente nos visitan junto a sus familias para recordar esos años.

Todo aquello tenía también una considerable repercusión económica. En 1991, según los datos que recogí en un trabajo anterior, unos 15.000 reclutas realizaron su instrucción en Cartagena, celebrándose 24 juras de bandera. Cada una suponía la llegada de centenares de familiares, con hoteles, pensiones, restaurantes y comercios beneficiándose de aquellas visitas. Era una fuente de riqueza que desapareció con el final del servicio militar obligatorio en 2001, mucho más importante de lo que se suele pensar.

Precisamente, aquella Cartagena vuelve ahora a nuestra memoria gracias a la exposición fotográfica inaugurada el pasado viernes en el Museo Histórico Militar, organizada conjuntamente con el Archivo Municipal, con motivo del 25 aniversario del final de La Mili. Cerca de doscientas fotografías y documentos históricos recuperan, desde finales del siglo XIX hasta los últimos reemplazos, retratos, juras de bandera, maniobras, familias y escenas cotidianas de aquellos jóvenes. La exposición invita a contemplar algo más que fotografías militares. Nos devuelve una ciudad, unas costumbres y una forma de vivir que desaparecieron casi sin que nos diéramos cuenta.

Porque cuando terminó La Mili, Cartagena no perdió solamente una importante actividad económica, militar y social. También desapareció de sus calles una presencia humana que durante generaciones había formado parte de su identidad.

Aquellos soldados y marineros hicieron La Mili en Cartagena, pero también hicieron, sin saberlo, una parte de la historia de Cartagena.

FUENTE:https://www.laverdad.es/murcia/cartagena/cartagena-vestia-uniforme-20261107215556-nt.html

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