EL SASTRECILLO VALIENTE
Abr 21 2015

POR FRANCISCO SALA ANIORTE, CRONISTA OFICIAL DE TORREVIEJA

Tienda de tejidos de Francisco Bianqui Carriles en el año 1899. / Colección de F. Sala Aniorte
Tienda de tejidos de Francisco Bianqui Carriles en el año 1899. / Colección de F. Sala Aniorte

‘El sastrecillo valiente’ es un cuento de los escritores alemanes hermanos Grimm, Jacob y Wilhelm, que narra la historia de un sastre que siendo molestado por siete moscas mientras trabajaba acabó con ellas de una sola vez, y orgulloso de su hazaña, decidió que el mundo debía conocer su proeza por lo que se hizo un cinturón –en alemán ‘Gürtel’- donde bordó: “Siete de un golpe”. En el camino se encontró con un gigante que, creyendo que la frase se refería “a hombres en vez de moscas”, le mostró respeto y después llegó a un reino donde también la frase de “Siete de un golpe” se interpretó como el lema de un poderoso guerrero, y le encargaron liberar a la región de dos gigantes, un unicornio y un temible jabalí que tenían atemorizados a sus habitantes, con la promesa de darle la mitad del reino y la mano de una princesa. Nuevamente, haciendo uso de su inteligencia, el sastrecillo superó los retos y consiguió esta magnífica recompensa.

En la Comunidad Valenciana se reeditó este cuento en un proceso judicial, el caso Gürtel, aun no concluido, donde el ‘sastrecillo’ se llama José Tomás. Sobre seguro que el sastre de esta historia quiso hacer lo mismo que el protagonista de los hermanos Grimm.

Pero la realidad es que, al día de hoy, el oficio de sastre parece estar a punto de desaparecer, bien por la carencia de ‘hombres valientes’ o por la llegada masiva de los trajes confeccionados. Tan sólo algunos elegidos por la diosa fortuna pueden permitirse el lujo de seguir acudiendo a la sastrería para elegir entre diversas piezas textiles cual puede ser la tela que durante la temporada adorne su cuerpo. Al día de hoy, resulta excesivamente costoso visitar una sastrería y dejar que le tomen medidas, aunque todavía, afortunadamente para el noble gremio de los sastres, hay quien lo hace y algunos se pueden permitir el lujo y otros, tienen ‘buenos amigos’ que se preocupan para que puedan ir hechos un pincel.

En Torrevieja, tengo constancia de que en el año 1807 ya estaba establecido como sastre […] Juan Villanueva Toribio, natural de Benejuzar; y en 1814, ejercían este oficio Lázaro Codino, de Génova, y Ramón García Menéndez, natural de Godón, en la Montaña de Río Negro (Asturias), todos del gremio de los alfayates.

El trabajo dejaba pausa y hacia 1870 tenían establecidos talleres en Torrevieja: José Gallud Díaz, Francisco Maciá, Diego Mañogil, Bonifacio Martínez, Antonio Mas Andreu, Blas Sánchez y, los hermanos Pedro y Francisco Bianqui Pastor, nuestro ‘sastrecillo valiente’. Los Bianquí habían llegado a Torrevieja procedentes de Cartagena, aunque de familia de origen genovés, al igual que otros vecinos de la ciudad departamental: Casciaro, Spottorno, etcétera.

Por aquellos tiempos, el 12 de septiembre de 1873, desembarcaron en Torrevieja las fuerzas cantonales sublevadas en Cartagena, mandadas por Tonete Gálvez, llegadas en el vapor ‘Fernando el Católico’. En principio, un disparó causó la muerte del muchacho Eduardo Molero Ballester, carpintero y natural de Torrevieja; también murió Eloy Gómez, natural de Cartagena. Los cantonales cometieron en la población todo tipo de excesos, apoderándose de comestibles, armas y caballos propiedad de las gentes sus habitantes. Por la tarde reembarcaron con total confusión, disparándose fortuitamente un arma que mató a un oficial, a un soldado, dejando gravemente herido a otro.

Las fuerzas cantonales de Cartagena, actuando como verdaderos piratas, apresaron varios vapores en los que iban gran número de fardos de telas de invierno y de géneros de algodón, de los que algunos de ellos estaban destinados a los hermanos Bianqui Pastor. El sastre Francisco Bianqui fue valientemente a Cartagena a reclamarlos y, pese a decir que llevaba recomendaciones para Gálvez, la Junta Revolucionaria estuvo inflexible y no le devolvió los géneros, a no ser que hiciera el pago de poco más o menos su importe. A finales de octubre, ya sitiada Cartagena, todavía andaba el señor Bianqui por las Herrerías –barrio cercano a La Unión- dando vueltas alrededor de su idea de recuperar los géneros, hablando de sus fardos; pero sin la esperanza de rescatarlos, y consolándose con recordar que en la expedición de Gálvez en septiembre a Torrevieja, como tardó en entregar el dinero que le pidieron, un coronel de los insurrectos se propuso fusilar a los cuatro mayores contribuyentes, entre los que se hallaba Bianqui; teniendo la suerte de que se opuso a tan apremiante procedimiento Tonete Gálvez. Francisco Bianqui, nuestro ‘sastrecillo valiente’, no entregó a la causa cantonal ningún dinero. La familia Bianqui Pastor continuó con la profesión de sastre y dedicados al comercio de tejidos, continuando después su hijo, Francisco Bianqui Carriles, hasta ya entrado el siglo XX.

Estos hechos han hecho recordar los años de mi infancia, que en los tebeos, en la contraportada de ‘Pulgarcito’ se publicaba ‘La 13 Rue de Percebe’ del dibujante Francisco Ibáñez, en la que nunca faltaba la viñeta en la que, a la carrera, aparecía el sastre, desastre y que creaba trajes horripilantes, persiguiendo al cliente al tiempo que esgrimía la factura no pagada.

A comienzos siglo XX, añadiré la existencia en Torrevieja de las sastrerías de Ricardo Solano, en la que se hacía los trajes mi tío abuelo Vicente Castell Mínguez y que, lejos de la obsesión de la última moda, cuando le gustaba un paño le encargaba cuatro vestiduras del mismo paño y corte. Le siguió al frente del taller su hijo, Vicente Solano Ruiz.

Hay que recordar también a José García, Manuel y Patricio Torres; Ricardo Lafuente Aguado, Manolito Martínez; y la sastrería de Gregorio Gómez, que ya marcha entre costuras por la cuarta generación.

Tal y como están los precios para vestir al estilo Petronio -al que Tácito, Plutarco y Plinio el Viejo describieron como «árbitro de la elegancia» en la corte de Nerón-, habrá que recapacitar la máxima de “trae más cuenta comprarte un traje que invitarte a comer” o viceversa.

Fuente: http://www.laverdad.es/

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