POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)
En Ulea, durante más de tres décadas (1930, 1940 y 1950), la manipulación del esparto, supuso un gran alivio económico, para la clase menos favorecida. El trabajo era extenuante y poco remunerado; pero tapaba muchas bocas y agujeros, como se decía en el argot popular y daba para medio comer y pagar algunas deudas.
Los hombres se encargaban de arrancarlo, transportarlo, cocerlo en las balsas o en el río, macearlo en las piqueras y venderlo a los mayoristas. Estos, distribuían el esparto en grandes manojos para qué, en sus talleres se confeccionaran cuerdas qué, según su tamaño, se llamarían sogas, lías o cordetas porque las maromas, eran más gruesas y resistentes, y se confeccionaban con otros materiales; generalmente, cáñamo.
La diferencia entre soga, lía y cordeta, se debía a la diferencia de grosor de las trenzas de esparto utilizadas en su confección. Para diferenciar unas de otras se tenía en cuenta la cantidad de espartos que conformaban cada cabo de la trenza. Así, si tenía tres se hacía soga; si eran dos, lía y si era uno, cordeta. Como es natural, cada tipo de cuerda era utilizado, para un menester distinto. Las sogas se utilizaban para atar cajas y paquetes pesadas y de cierto volumen. Las lías, para confeccionar asientos de las sillas, hacer cañizos de separación de heredades, para sujetar maderos en los cielos rasos de casas y cuevas y, en general, envolver objetos de mediano y pequeño tamaño.
Por último, las cordetas, para confeccionar zarzos en los que se secaban pimientos, higos, tabaco y, sobre todo, para la crianza de gusanos de seda.
Aunque la utilización del esparto era habitual en el siglo XIX, en la época que describo (años 1930 a 1960) su confección se efectuaba en talleres ubicados en almacenes, patios, departamentos en donde, con anterioridad, se guardaban los carros y material de talabartería para los animales de carga y salones de algunas casas que gozaban de amplitud. En Ulea, existían varios talleres, en donde, generalmente, acudían con una silla, mediana o pequeña, cuantas personas trabajaban en estos menesteres y que vivían en sus proximidades.
Recuerdo a mi abuela Clarisa -a la cual acompañaba cuando salía de la escuela o tenía vacaciones-, pequeña y enjuta, ajada por los años y por las vicisitudes de los tiempos, con su cabello plateado, recogido en un moño sujeto por orquillas, cruzar la calle para acudir a su cita diaria, al almacén de Narciso Salinas. Junto a ella, en una silla pequeña, me acomodaba, para ayudarle a confeccionar lía.
Era típico ver los carros, motocarros y camionetas, descargando grandes manojos de esparto a las puertas de los lugares en donde se ubicaban dichos talleres. A esta labor se dedicaban: Pablito Garrido, Juan José Vicente ‘El barquero’, Hilario López, Narciso Salinas, Antonio Miñano y Luís García. Posiblemente, alguno más; a nivel casero o familiar.
En los talleres pasábamos muchas horas sentados, con un manojo de esparto a un lado y la lía, soga o cordeta, al otro. Los dueños o encargados de los talleres, velaban para que el trabajo se hiciera de forma correcta y llamaban la atención a quién, por ir de prisa “hacían las cuerdas a la ligera”, pero mal hecha. Era importante, al comenzar, anudar bien los tres cabos de la trenza, ya que, de esta manera, se evitaría que se deshilachase. Además, como los espartos tenían una longitud que oscilaba entre los 35 y 40 centímetros, se tenían que empalmar para seguir trenzando, cuando quedaran entre 5 y 8 centímetros de esparto, y así conseguir una trenza compacta y resistente, ya que si apurábamos demasiado, haciendo la lía, quedarían debilitados demasiado, los espartos.
A veces “te decían de todo menos guapo”, te pagaban menos por su confección e, incluso, te echaban del trabajo sin pagarte la faena que habías realizado. Es verdad que nadie nace enseñado. Todo requiere un aprendizaje y esta faena no era una excepción.
Este trabajo, penoso y mal retribuido, aliviaba la economía de muchos uleanos. Los más avezados hacían soga que resultaba más laboriosa y, por tanto, mejor pagada. Los que teníamos fuerzas y algo de experiencia, hacíamos trenzas de tamaño medio, con un salario un poco más bajo y a los que comenzábamos, solo nos dejaban hacer cordeta.
A la de tamaño medio se le llamaba lía propiamente dicho, aunque a nivel coloquial, la palabra lía abarcaba a los tres tamaños.
