GUADALAJARA, FEMENINO SINGULAR
Jun 23 2026

POR ANTONIO HERRERA CASADO, CRONISTA OFICIAL DE GUADALAJARA.

                                                     

¿Tiene género y número una ciudad? En sentido estricto no lo tiene o no lo debería tener, pero en figurado claro que sí, en tanto la imaginación y la literatura pueden ir tan lejos como se quiera, hasta incluso llegar a ese mundo de infinitas posibilidades creativas que es el de la alegoría, o sea, la metáfora continuada. Así, con Antonio Herrera Casado, un historiador y escritor documentado, elocuente, brillante y luminoso donde los haya, gracias a su última y magnífica obra publicada, titulada “Guadalajara, La Ciudad de las Damas” (Aache ediciones), podríamos colegir que esta es una urbe femenina y singular porque muchas y grandes mujeres han protagonizado su historia, si bien ha sido tradicionalmente interpretada y escrita por el inveterado poder de los hombres y, por ello, diluida y opacada su versión femenina.

En esta última obra, presentada con expectación y éxito en la pasada Feria del Libro de Guadalajara, intuyo que Herrera Casado se ha divertido de lo lindo escribiendo, como se deduce a poco que se imbuye el lector en sus páginas pues ha empatizado notoriamente con sus personajes. Incluso sospecho que se ha enamorado de algunos (platónicamente, solo platónicamente porque su querida Mari Sol no se pone nunca, como el sol del imperio filipino) y ha derrochado recursos tan variados como narrar en tercera persona —ora desde la cercanía, ora desde la distancia—, pero también en primera, en modo autobiográfico. Además, ha navegado por la historia y la intrahistoria de las principales damas vinculadas con Guadalajara siempre con el viento de popa, hasta cuando tocaría hacerlo en ceñida. A Herrera le gusta escribir porque sabe hacerlo muy bien, sobre todo cuando la temática es la historia y el arte, sus dos especialidades en los ámbitos de la investigación y la divulgación. No siempre los historiadores son buenos literatos, pero Antonio sí lo es. Tiene un estilo fluido y elocuente, absolutamente pulcro y ortodoxo a nivel formal, y realmente eficaz y agradecido para el lector en el plano conceptual. Sabe lo que dice y además lo dice muy bien, con calidad y calidez, dos adjetivos que no empleo de forma gratuita por la admiración y el afecto que le profeso, sino porque se ha hecho acreedor a ellos en su vasta obra que no anda ya lejos del centenar de libros distintos publicados.

Portada del libro «Guadalajara, la ciudad de las damas» de Antonio Herrera Casado
Cuando un gran historiador es también un buen literato, como Herrera Casado, no corre el riesgo de que le salgan cangrejos con pantalones si planta melones a la orilla del río, como reza la divertida Jota de los Cangrejos que canta ese grupo segoviano que es la voz, el alma y el corazón de Castilla y que se llama Nuevo Mester de Juglaría. Si Antonio planta historia y arte al lado de un río y les da el sol de su literatura, le nacen grandes obras como le vienen naciendo desde hace más de 60 años, la última esta “Guadalajara, La Ciudad de las Damas” que he disfrutado tanto que ya la he leído un par de veces; y no será la última. En cada lectura he encontrado un nuevo matiz o detalle de alguna de las damas protagonistas —confieso que me han subyugado tres Mendozas: Aldonza, la Mencía hija del marqués de Cenete, y Ana, la duquesa del Infantado— que me ha llevado a nuevos discurrimientos, divagaciones y, por ende, entretenimientos. Como aquellos aperitivos tan numerosos, variados y ricos que ponían antes en los paradores nacionales de turismo, cuando cuidaban mucho más su cocina que ahora.

Herrera ha querido reivindicar el papel femenino en la historia de la ciudad y lo ha hecho con total respeto y elegancia, como es habitual en él. No va contra nada ni contra nadie, ni usa piquetas para romper techos, sean de cristal, escayola o mármol, solo la palabra. Le queda, nada más y nada menos, que la palabra, como al poeta Blas de Otero en su conocido poema. Así, el autor cifra en doce el número de damas sobre las que trata en su libro, quedando claro que podrían haber sido aún más, pero dejándolo en la docena porque es un número con un punto cabal “y que siempre salva un compromiso y allana caminos”, como el propio autor dice en la introducción. El prólogo, muy bueno, por cierto, es de la actual delegada de la JCCM en Guadalajara, Rosa García, una mujer que viene del mundo de los libros, en particular, y del periodismo y la cultura, en general, y que se le nota cuando hace, habla y escribe.

Como decía, doce son las damas que Herrera ha rescatado del pasado de Guadalajara para hacerlas historia con nombres propios femeninos de la ciudad. Cinco son señoras de la misma realeza y siete del universo Mendoza, como con tanto acierto tituló su gran trabajo de investigación sobre esta poderosa familia el temprana y tristemente desaparecido profesor José Luis García de Paz. Comienza el libro con Doña Berenguela (segunda mitad del siglo XIII), hija de Alfonso X y Señora de Guadalajara, y concluye con Luisa de Mendoza (segunda mitad del XVI y primeros años del XVII), condesa de Saldaña y esposa del segundo hijo del entonces poderosísimo Duque de Lerma, valido de Felipe III. Otras importantes “Damas de la Ciudad” que han merecido la atención del cronista provincial son las Infantas Beatriz e Isabel, hijas de Sancho II y de María de Molina; las del puente del Alamín, sí. María Fernández Coronel, siempre al servicio de la grandeza real y aya de María de Molina y después de las infantas del puente, también ocupa su lugar en la obra, con su papel secundario, pero preminente, hasta el punto de ser la fundadora del Real Convento de Santa Clara de Guadalajara. Por cierto, sus restos mortales, tras permanecer durante siglos en la iglesia conventual de las clarisas, hoy parroquial de Santiago, cuando el convento fue vendido en 1912 salieron de allí gracias a don Gabriel María Vergara, destacado profesor del instituto arriacense, quien las custodió en una caja que se guardó durante más de dos décadas en la Biblioteca/Museo del centro educativo. En 1935, unos estudiantes de la FUE “historioclastas” —si se me permite la expresión—, los quemaron y esparcieron por la calle, perdiéndose para siempre. Otras dos damas de la realeza cierran el apartado dedicado a ella en el libro: María de Portugal, esposa de Alfonso XI y Señora de Guadalajara desde 1328, y Juana Manuel, reina de Castilla, esposa de Enrique II, también Señora de Guadalajara e hija del Infante don Juan Manuel, el del Conde Lucanor.

Las Damas de la casa Mendoza merecen punto y aparte. Como ya hemos dicho, son siete las que Herrera Casado, más que rescatar, resalta de esta historia con miriñaque y faldas de la ciudad, algunas ya previamente citadas. La primera dama Mendoza que es destacada en la obra es Juana, “la ricafembra”, mujer de gran belleza y relevancia social, hija del primer Mendoza de origen alavés, Pedro González, que se residenció en Guadalajara. Tras ella, Aldonza, hermanastra mayor de Íñigo López de Mendoza, gran favorecedora del monasterio jerónimo de Lupiana. Le sigue Mencía, Condesa de Haro y llamada “La Condestablesa” por estar casada con el Condestable de Burgos, Pedro Fernández de Velasco. Fue la impulsora de la extraordinaria capilla del Condestable de la catedral burgalesa, donde están enterrados ella y su esposo en un magnífico monumento funerario. Le llega el turno a Brianda, la Mendoza con más nombre en la ciudad por el histórico instituto al que da nombre y por ser la creadora del beaterio de la Piedad en el antiguo palacio de don Antonio de Mendoza, su tío, de quien lo heredó. Una mujer polémica en su tiempo porque no toda la sociedad veía en aquel beaterio un lugar de oración… Y llega el turno de otra Mencía, la jadraqueña hija del conde de Cenete, mecenas del arte y gustosa del lujo. Tras Mencía, Ana de Mendoza, duquesa del Infantado que casó con Enrique de Nassau, a quien Velázquez inmortalizó en su conocido cuadro titulado “La rendición de Breda”. Esta mujer se relacionó en su estancia en Flandes con personajes de la época tan relevantes como Erasmo de Rotterdam, Luis Vives o El Bosco. Concluye “La Ciudad de las Damas” con Luisa de Mendoza, condesa de Saldaña de quien ya hemos dado antes referencias.

Lo dicho: gracias a Herrera Casado, Guadalajara ya tiene género y número: femenino singular. “Guadalajara, La Ciudad de las Damas” es un libro que hay que leer… y releer.

FUENTE:https://guadalajaradiario.es/blogs/jesusorea/2026/06/22/guadalajara-femenino-singular/

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