POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
Pasear hoy por los carriles de Rincón de Seca, Nonduermas o La Raya nos ofrece en primavera un regalo a los sentidos: contagiarse del aroma a azahar y de la aparente calma de una huerta que parece eterna. Sin embargo, bajo las raíces de esos bancales donde prolifera el vinagrillo duerme el fango de mil batallas.
Los murcianos, escarmentados desde hace generaciones por la voracidad de nuestro río Segura, guardan como culmen de la tragedia local la terrible riada de Santa Teresa que asoló la huerta entera en 1879. Y este detalle evidencia la desmemoria que gastamos (y que es evidente a la hora de proteger el patrimonio) en tan bendita tierra.
Cuento estas cosas porque existió un prólogo a aquella avenida descomunal que costó 777 víctimas oficiales. Ocurrió apenas dos años antes y se conoció como riada de San León II (o San Zoilo), al coincidir con la festividad del santo católico.
La ‘Crónica de la Región de Murcia’, editada por la Real Academia Alfonso X el Sabio), aporta algún detalle esclarecedor. Aquel 27 de junio de 1877, el cielo de la Región se tiñó de un color oscuro profético.
Pero oscuro de verdad. Lo sabemos por la cronología de riadas murcianas que atesora en sus archivos históricos la Confederación Hidrográfica del Segura (CHS). De entrada, un pavoroso temporal de pedrisco y descargas eléctricas asoló las tierras altas desde Puerto Lumbreras hasta Alhama. En cuestión de horas, la rambla de Nogalte se convirtió en un monstruo desbocado que borró del mapa dos posadas históricas, cobrándose las primeras vidas. Ya entrada la tarde, la tromba reclamó Totana.
Las actas capitulares del archivo municipal de esta localidad detallan que el agua entró con tanta velocidad por la rambla de La Santa que sorprendió a los vecinos en sus quehaceres cotidianos, dejando un balance desgarrador de cinco víctimas mortales: tres mujeres, un adolescente y un bebé.
El asesino Guadalentín
El destino final de aquella irrefrenable cantidad de agua era, claro, la Vega Media y Baja. Allí la esperaba uno de los asesinos más silenciosos de la historia de Murcia: el río Guadalentín, que más que río es un entramado de ramblizos indómitos. «El río más salvaje de Europa». Así lo calificó el geógrafo francés Maurice Pardé en 1956. Y no mentía.
Al confluir las aguas con el cauce del Segura se produjo un tapón, al que contribuyeron las inevitables y dañinas bardomeras. Una bardomera, para quien no lo sepa, es la maleza o conjunto de ramas y restos vegetales que, procedentes de los montes y otros parajes, son arrastrados y acumulados en ríos y arroyos. Las del Guadalentín siempre fueron mortíferas, como lo evidencia el catálogo de riadas que se remonta al siglo XII. Anteayer.
El estudio ‘Las riadas de la cuenca del Segura: una perspectiva histórica’, del geógrafo Alfredo Morales Gil, da buena cuenta de lo sucedido. Para empezar, las endebles barracas huertanas, construidas con humildes paredes de barro y techo de cañizo, no lograron soportar la brutal embestida.
El historiador José Raimundo Núñez, en su aporte ‘Inundaciones y sociedad en la Murcia del siglo XIX’, recuerda que aquellas construcciones, se convirtieron en auténticas esponjas… hasta derrumbarse.
El diario ‘La Paz de Murcia’ cifró en centenares las viviendas malogradas. Muchos de aquellos techos aplastaron a los asustados huertanos y a sus animales domésticos con ellos. Mientras, las pedanías se convertían en eriales de fango, las acequias mayores y los azarbes también reventaron, arrasando a su paso no pocos molinos.
A partir de aquella riada, cosa curiosa, comenzaron a colocarse lápidas en los edificios reconstruidos para fijar la altura máxima a la que habían llegado las aguas. No eran simples marcar para recordar la tragedia: su función era advertir de la altura mínima por debajo de la cual no podían construirse almacenes de granos o dormitorios.
Pese a tan evidente aviso, nadie hizo nada. Así que dos años más tarde, otra embestida de las aguas causaría la mayor riada que se recuerda. O, cuando menos y recordando la de San Calixto (1651), la más documentada de la historia negra de la vega del Segura.
