LA SACRALIZACIÓN DEL TERRITORIO: ESPIRITUALIDAD Y GEOGRAFÍA
Jun 14 2026

GOVERT WESTERVELD-POR ANGEL RÍOS MARTINEZ, CRONISTA OFICIAL DE BLANCA (MURCIA).

                                         

Una característica notable del valle de Ricote es la presencia, desde época temprana, de tradiciones espirituales ligadas al paisaje. Los relatos sobre ascetas, ermitaños y maestros sufíes que recorrieron la región entre los siglos XI y XIII deben entenderse dentro de un patrón más amplio: el sureste peninsular fue, en esos siglos, un espacio de tránsito para santones magrebíes, discípulos itinerantes y figuras carismáticas como Abū Yaʿzza o al-ʿUryābī, uno de los maestros tempranos de Ibn ʿArabī.
En este contexto, los Banū Darray aparecen en algunas tradiciones sufíes como depositarios o sostenedores de un espacio de retiro espiritual. La figura de Ibn al-Daráy, recordada en ciertos textos, apunta hacia una relación entre el linaje y prácticas ascéticas locales. No sería extraño: en un valle donde la espiritualidad de montaña coexistía con la administración agrícola, la autoridad local podía actuar como protectora de santuarios menores, cuevas de retiro o lugares de contemplación asociados a maestros anónimos.
La presencia de un gran espacio circular en el Aldarache podría tener un trasfondo simbólico. La espiritualidad sufí atribuía a la geometría —y especialmente al círculo— un carácter de perfección y de retorno a la unidad. Ciertos relatos tardíos asocian el número setenta al espacio del Aldarache, quizá como eco de un perímetro espiritual o de una medida ritualizada de un lugar de retiro. Aunque esta interpretación debe manejarse con cautela, el hecho de que el paisaje conserve una forma circular inusual invita a considerarla como un testimonio de una dimensión simbólica integrada en la vida rural.

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