LOS TURISTAS QUE VINIERON DEL FRÍO: EL ORIGEN DE LA COLONIA SUECA EN TORREVIEJA (4)
Ago 01 2015

POR FRANCISCO SALA ANIORTE, CRONISTA OFICIAL DE TORREVIEJA

Grupo de hombres y mujeres suecos en la terraza de una chalet de ‘Lomas del Mar’. / Colección de Fco. Sala Aniorte
Grupo de hombres y mujeres suecos en la terraza de un chalet de ‘Lomas del Mar’. / Colección de Fco. Sala Aniorte

Ejemplo de amor especial a nuestra tierra fue el protagonizado por la señora Elizabeth Lon, de nacionalidad sueca, y por su hija, Janet, que en el año 1968 dieron la vuelta a la península ibérica conduciendo un automóvil de fabricación española y distribuyendo a lo largo de su recorrido, que duró cien horas, folletos turísticos de la Costa Blanca ¡Toda una proeza para la época! Y un gran amor hacía nuestra tierra.

Lo que se sabía de las suecas y nada, todo era nada para lo que nos quedaba todavía por descubrir. Esta especie de repentino amor de dos damas suecas a nuestra tierra y que infundieron en su viajera prueba fue algo que conmovió a las gentes esta faja litoral española llamada Costa Blanca, y que por aquel entonces iba desde el cabo de Gata, en Almería, hasta el de la Nao, en Alicante, pasando por toda el borde mediterráneo murciano.

Poco a poco las intrépidas suecas, que hicieron aquella aventura en 1968, se fueron dando cuenta de que ni todos los españoles éramos toreros a la vez que los torrevejenses descubrían que todas las suecas eran pasivas consumidoras de sol. Su fe y su viaje revelaron una manera de amor al que podríamos denominar “made in Suecia”.

Atardecer en Torrevieja. Obras de construcción de del Club Náutico. / FOTO: M. Vera
Atardecer en Torrevieja. Obras de construcción de del Club Náutico. / FOTO: M. Vera
Vista del Paseo y playa del ‘Bufa’.
Vista del Paseo y playa del ‘Bufa’.

Por aquellos años en Torrevieja veraneaban gran parte de los hombres que llevaban las riendas del país. Los primeros en descubrir Torrevieja. fueron Juan Aparicio López, director General de Prensa; el presidente de Gobierno, Luis Carrero Blanco; el ministro de marina, Pedro Nieto Antúnez, que inauguró nuestro Club Náutico; ambos residentes en la vecina Dehesa de Campoamor; Alfredo Sánchez Bella, ministro de Información y Trismo; Camilo Alonso Vega, ministro de la Gobernación; y también el director general de Radio Televisión Española y más tarde presidente de Gobierno, Adolfo Suárez; el también director general de Radio Televisión Española y luego ministro del Interior, Juan José Rosón; y entre los personajes del mundo artístico y del espectáculo compraron su segunda vivienda en Torrevieja la actriz televisiva Rafaela Aparicio y Conchita Bautista, cantante que representó España en Eurovisión en el año 1965; la actriz y cantante Lolita Sevilla y otros muchos más que compondrían una nutrida lista que haría las delicias de cualquier cazador de autógrafos de la historia española de aquella época.

La construcción en Torrevieja experimentó un gran auge. Hubo que hacer frente a una demanda de alojamiento que crecía cada año. Hoteles, apartamentos, carreteras, Club Náutico… Construir, construir, construir.

Vista aérea de Torrevieja. Años setenta.
Vista aérea de Torrevieja. Años setenta.

El mar se convirtió en una presencia invisible en los paseos de José Antonio, ahora llamado Vista Alegre; y en la Avenida 18 de Julio, hoy llamada de la Libertad. Los bloques de hormigón lo cercaban y rodeaban. Ya no podía divisarse el mediterráneo hasta que no estabas en la misma playa.

Habría que detenerse algunos otros ejemplos en la playa del Cura y en la playa de Los Locos, aunque, como os podéis imaginar hay muchísimos más que podrían seguir ilustrando los cambios sufridos en aquellos años. A los pies de las nuevas construcciones, un trasiego de incesante de gente se presentaba hasta la fina arena blanca como fantasmas, despidiéndose morena y saludable.

Torrevieja comenzaba a pronunciarse en Europa con familiaridad. Se vivía también la experiencia iniciática del chiringuito, entonces llamado quiosco de playa. Algún pescador debió de ser el primero que se dio cuenta de que una bombona de butano, unas brasas y algo de colorante alimentario para el arroz –aquí llamado azafrán-, podían juntarse en la playa, a la sobra de unas hojas palma seca y de un cañizo, para proporcionar a aquellas personas la experiencia inolvidable de la paella, pescado frito o sardinas asadas. Al frente del negocio su mujer. El pescado lo traía él. Casi todo lo que se recaudaba era plusvalía.

Los quioscos estaban esparcidos por todo el litoral torrevejense: `La Galleta´, `El Dulce´, `Los Locos´, `El Caliche´, `El Tintero´, etc. Eran unos oasis de cerveza y refrescos para apaciguar la sed. Para ser un quiosco de playa ‘auténtico’ debía tener unas cuantas mesas bajo el cañizo, con el tablero de madera o ‘Formica’, azulona o verdosa, y sillas de tijera; todo ello convenientemente oxidado o atacado por la humedad del mar.

Recibo de alquiler de hamaca en la playa de La Mata. / Colección de Fco. Sala Aniorte
Recibo de alquiler de hamaca en la playa de La Mata. / Colección de Fco. Sala Aniorte

Otros negocios playeros como el alquiler de tumbonas, hidro-patines, sombrillas o jóvenes dedicados a aparcacoches, daban empleos temporales a la vez que un desahogo para muchos padres que tenían que costear los estudios de los hijos, que también conseguían con los ingresos por el alquiler de sus viviendas a las ‘huelgas’ o familias de veraneantes, ‘negocio’ que todavía se seguía haciendo, bien directamente o por medio de ‘corredoras’ con la muy conocida Juana.

También se vio aumentado el número de taxis y el servicio de autobuses en la línea de la costa. Con el tiempo, esa transformación llegaría al interior de la Vega Baja convirtiendo a los huertanos en jardineros, constructores, tenderos o rentistas de unos cuantos apartamentos, llevándose al bolsillo algunas comisiones. Otros, trabajaban como albañiles, camareros o en otras profesiones o actividades orientadas hacia el turista.

La señora Krüger cuenta la competencia y rivalidad entre aquellos `conseguidores´ capaces de hacer pequeños negocios como representantes con fontaneros, carpinteros, electricistas, etc. Así por ejemplo, Antonio Ñíguez fue `patrocinador´ de la limpiadora Rosario, mientras que, Antonio Conesa Morales, mostraba su interés laboral por otra trabajadora en el servicio doméstico llamada Gertrudis. Este tipo de situaciones no estuvo exenta de algunas disputas entre aquellos agentes comerciales.

Surgieron los primeros supermercados con ‘autoservicio’ y con reparto a domicilio, algo muy interesante para aquellos suecos tan alejados de la población, en mitad de las dunas, y en invierno, cuando la mayoría no tenían automóvil y, en invierno, sin autobús o gua-gua -que era el nombre que se le daba en Torrevieja al autobús de servicio de playas- y sin apenas taxis. Tampoco se disponía de línea telefónica en `Lomas del Mar´, por lo menos en los primeros años.

Otro lugar que, en aquellos años finales de la década de los sesenta y comienzos de los setenta, empezó a ser lugar de peregrinación para los jóvenes fueron las primeras discotecas, salas de fiestas y terrazas de baile. En el `Le Bistrot´, `Macumba´ y `Sugar Sugar´ los reunía al atardecer para que se contorsionaran al ritmo que marcaba el pinchadiscos, al mismo tiempo que se mareaban un cubalibre o un gintonic rato y rato, porque la paga del papá no daba para más en aquellos años.

Algunos locales ponían un punto del fruto prohibido en su interior combinando sabiamente luces tenues y rincones íntimos, por si algunos querían perderse en el laberinto de sus pasiones. Pero lo que abundaba era la música a tope, los juegos de luces: el llamado entonces ambiente “psicodélico”.

Las madres y abuelas alertaban a las chicas para que llevaran cuidado con las posibles `drogas´ que podían depositarles en interior del vaso de la bebida que consumieran, y así, una vez alcanzado el efecto, aprovecharse de sus encantos. Por supuesto, que también advertían del peligro de unas nuevas ‘luces de neón violáceo’, que mostraban a la vista de todos, a las `chiconas´ como si desnudas estuvieran, visualizándoles la ropa interior, todo esto amén de los riesgos de un embarazo, si no seguían una adecuada y recatada conducta moral, pues la venta de las píldoras anticonceptivas estaban prohibidas en España. Las chicas de Torrevieja vivían aún divididas entre la misa del domingo y el guateque o la discoteca. La confesión purificaba, volviendo a mancharse con la música desenfrenada y ese chico con cara de niño u osadía de golfo.

Las suecas, por el contrario, parecían menos angustiadas, más dispuestas a divertirse y menos presionadas por las creencias religiosas y más libres en su entorno familiar. Era una competencia desleal a la que las torrevejenses no podían, no querían o no sabían hacer frente.

En definitiva, los suecos, y más tarde otros pueblos -noruegos, belgas, alemanes, etcétera- dejaron aquí parte de sus divisas, suficientes para invertir en avances para Torrevieja, así como cubrir el déficit laboral y comercial, contribuyendo a crear puestos de empleo.

Pero, como contrariedad, aquel pueblo de Torrevieja, de casitas bajas y que atrajo a aquellos suecos por su paisaje y sus playas salvajes y naturales, fue desapareciendo cubierto bajo una ola de hormigón que calló sobre él. Desapareciendo los campos de matorral, lentisco, olivos, higueras y garroferos, y los pescadores fueron amarrando definitivamente sus barcas.

Hoy Torrevieja se ha convertido en una gran ciudad. Dejo atrás esa estampa de pueblo de los años sesenta, entrañable, eso sí; pero no debemos olvidar también la falta de servicios, hoy día imprescindibles: agua potable, teléfono automático, servicios sanitarios, asfaltado de sus calles, alcantarillado, etcétera, etcétera.

Los torrevejenses de hoy debemos recordar y mantener en nuestra memoria a aquellos pioneros turistas internacionales que hicieron e incitaron a que la población despegara de aquel veraneo estacional y claramente comarcal y, por qué no, pueblerino, empezando a apostar por un turismo residencial y de invierno, hasta transformarse la actual ciudad cosmopolita.

Con el paso de los años, el 6 de septiembre de 2003, la ciudad de Torrevieja homenajeó a aquel empresario, Nils Gäbel, precursor del turismo sueco en Torrevieja y en la Costa Blanca. Para la conmemoración de su llegada a Torrevieja se erigió un monumento frente a la Torre del Moro con la figura de Gäbel al timón de su barco, el “Silver Wing” con el que llegó a la costa alicantina en octubre de 1958 procedente de la lejana Suecia, acontecimiento que fue el origen lo que hoy es una importante colonia de gentes del Norte de Europa en nuestra ciudad.

Fuente: Semanario VISTA ALEGRE. Torrevieja, 1 de agosto de 2015

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