POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)
El viaje de una carta ha durado más de 5 años. Escrita en Ulea, fue depositada en la Estafeta de Correos, de Archena, estuvo en América y, ahora, ha regresado a Ulea; su punto de partida.
El corresponsal de La Verdad de Murcia, del día 8 de noviembre del año 1945 relata, que el vecino de Ulea, D. Antonio Tomás, dirigió, el día 3 de junio de 1940, una carta a su hijo D. Antonio Tomás García que, a la sazón, se encontraba en Chizé( Deux Gevres), en Francia.
Esta ciudad fue ocupada, por el Ejército del Reich, el día 29 de junio del mismo año, habiendo sido abandonada, dos días antes, por el mencionado destinatario de la carta; que emprendió un precipitado viaje hacia Burdeos.
En el sobre, en el que existe el matasellos de Archena, con fecha 3 de junio de 1940, figura una inscripción en gruesos caracteres, que demuestra que , en Francia no fue encontrado el destinatario de la carta. Los caracteres son:” RETORNER—ENVOYEUR—1048- INADMIS”.
Tal vez en la creencia de que, como español, este uleano seguiría el camino, o ruta, de otros paisanos, que” saltaron el charco para asentarse en América”; la carta fue remitida a la isla de Cuba. Un matasellos lo demuestra: “HABANA—CUBA, Julio-6—PM—1940; FINLAY—GLORIA DE LA CIENCIA SANEO, EL TRÓPICO 1833—1933”.
La larga odisea de la carta, que ya no pedemos seguir paso a paso, por el silencio de sus inscripciones, acaba con el retorno a España y entrega a su destinatario, en Ulea, después de cinco años, cuatro meses y dos días, con la particularidad de que en el sobre no hay indicios de haber sido abierta la carta, ni siquiera para censurarla. Un último matasellos cierra este largo viaje:” ARCHENA (MURCIA) 5—OCTUBRE—1945”.
Resulta que en el largo intervalo, de tiempo, entre la expedición de la carta y su recepción por el destinatario, si hubiera viajado en uno de los modernos aviones que hacen el servicio postal internacional, podía haber dado unas 200 vueltas al planeta.
Destaquemos, para terminar, el desvelo y tesón demostrados, por el servicio postal, en aras del más estricto cumplimiento de su misión, sobre todo, en la fidelidad y en la custodia de los efectos entregados, o depositados, en Correos. ¡Ah!, desconfiemos de los que con la mayor desenvoltura, alegan la pérdidas de cartas enviadas por Correo. A las pruebas me remito. “¡Moraleja! Las cartas que no llegan a su destino, son las que no se han echado; salvo contadas excepciones.
