PASEOS POR LOS CAMPOS QUE RODEAN GUADALAJARA
Jun 04 2026

POR ANTONIO HERRERA CASADO,CRONISTA OFICIAL DE GUADALAJARA.

                                                         

Cuando paseo con mi nieto por los campos que rodean a Guadalajara (solo hay que caminar 5 minutos desde la avenida de Castilla para serpentear entre choperas por el barranco que ve correr en su fondo las aguas de la Huerta de la Limpia), cada vez me entrego con más pasión a su llamada silenciosa, a la admiración de los brezos que amarillean y los olivos adolescentes; a las matas de cantueso con su feroz morado y esa avena loca que lo llena todo y se deja acariciar sin tasa.
Él me dice (solo tiene 9 años) que hay que defender la Naturaleza a costa de cualquier sacrificio, y que deben ser castigados aquellos que la someten, o la incomodan. Cuantas verdades pueden conocerse a pesar de que los años pasen. Siempre me sorprendió el vuelo de los abejorros sobre las matas de tomillo, o la belleza de las eflorescencias de la cicuta en cualquier cuneta, pero aún me quedo boquiabierto al ver cómo alguien tan pequeño se muestra tan decidido y seguro en la proclama de una Naturaleza limpia y libre.
Sabemos que una especia hondamente nuestra ha casi desaparecido. Son los olmos, y las olmedas. Una parasitosis mortal los dejó yermos, cadavéricos, borrándolos de los paisajes. La grafiosis trasnportada por unos escarabajos malhadados. Solo la sociedad se dio cuenta de lo que estaba pasando cuando ya no quedaba un solo olmo vivo. A los olmos se deben muchos paisajes, y también muchas denominaciones. Hay quien lleva Olmo por apellido, y otros más solemnes, lo llevan de Olmeda. En los pueblos había un olmo presidiendo la plaza, pero también recónditos lugares donde solo cantaban los pájaros porque allí vivían felices, y eran las olmedas. El árbol cuyo apelativo científico es Ulmus minor ha sido un referente en el paisaje urbano de los pueblos de Guadalajara durante siglos. Y ahora solo existe en forma de jovencito clonado. Me dan ganas de ir a abrazarlos, por si vuelven a desaparecer. A los antiguos, los venero en su recuerdo e imágenes, como el de Bejanque en Guadalajara, los de Milmarcos en el Señorío, o este de Taravilla, tan gigantesco, que me cubrió de sombras hace docenas de años. No puedo dejar de rendirle admiración con este sello.

FUENTE:https://www.facebook.com/herreracasado

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