POR ÁNGEL RÍOS MARTÍNEZ, CRONISTA OFICIAL DE BLANCA (MURCIA)
Tal día como hoy, pero de 1853, El Foro Cartaginés, publicaba:
Al entrar en este precioso valle, es casi imposible dominar la grata sorpresa que su vista causa. Un camino estrecho y sinuoso, techado con frecuencia por el ramaje de los limoneros y naranjos; elevadas colinas de terrenos terciarios, en que el yeso y la arcilla se hallan interrumpidos por alguna que otra estribación de caliza jurásica; sierras altísimas, que coronadas de pinos atraviesan en su marcha la dirección del río, y que al parecer van a servirle de insuperable valla; y por último un suelo siempre verde, en que la naranja, el limón y las frutas más delicadas se disputan espacio en que desarrollarse; tal es en bosquejo el cuadro que presenta este país fascinador.
Si en él descendemos a la cuestión de números, hallamos aún más precio y valor en las tahúllas de cuanto hemos anunciado, habiéndolas en Blanca que han costado hasta la enorme suma de diez y ocho mil reales, y siendo de diez mil arriba el precio corriente de todas las de huerto.
Sus rentos son desde veinte y cinco duros arriba, llegando a cuarenta y cuarenta y cinco en algunas; valor tan fabuloso comparados con los rendimientos comunes en España, que sólo viéndolo, pisando y admirando sus frutos, es como se puede principiar a comprenderse.
Si nos detenemos un momento en ver localidad de los frutos, su justa nombradía y su valor en el mercado, siempre una mitad o tercera parte más que el de los valencianos, nos darán la mejor muestra de su superioridad indisputable; bastando decir para que se forme idea de la vegetación de estos sitios que en Abarán y Blanca se ven árboles que producen melocotones de veinte y cuatro onzas cada uno, siendo tan abundantes los de veinte, que se transportan a cargas.
En todo guarda la naturaleza allí iguales proporciones; y el día que estos terrenos los surcase un ferrocarril, no se comprende hasta donde iría su valor territorial.
Blanca por si solo es un pueblo que posee más de cincuenta carro-matos, los cuales en unión de otros tantos de fuera y mucha arriería, se ocupan todo el año en llevar agrios y frutas a Madrid. El estado en que hay que cogerlas para que resistan los seis días de viaje en que a jornadas forzadas se conducen, fácilmente se calcula, y es la causa de que pierdan mucha parte de su jugo y aroma, y dejen de tomar otra que aún hubiese percibido sazonándose en el árbol; así es que los frutos son tan diferentes.
