POR PEPE MONTESERÍN CORRALES, CRONISTA OFICIAL DE PRAVIA (ASTURIAS)
Tomás López Fragoso, mi catedrático de Instalaciones en los años setenta, en la Escuela Universitaria de Arquitectura Técnica, en La Laguna, estaba enamorado del ruido de las hormigoneras, las prefería a Mozart; le sonaban a música celestial, a actividad y empleo.
Ya sé que hoy es el Día del Libro; yo celebro libros cada día, los disfruto, los padezco y vivo y muero de ellos, pero hoy me da por la gana celebrar mi profesión, aunque no sea el día de San Juan de Ortega, pontífice que hacía puentes. Hoy quiero homenajear a la hormigonera, este cañón recortado que, en la dosis adecuada y bien dirigido, crea espacios de paz.
Todas las personas, no sólo las mujeres, necesitamos una habitación propia («A Room of One’s Own», decía Virginia Woolf); es más, cada cual ha de tener su área neutral, una especie de tierra de nadie («No man’s land») como recomienda Nina Berbérova en su extraordinaria novelita «El junco rebelde». Pues bien, yo, como Tomás, amo la hormigonera, capaz de satisfacer esas necesidades.
