POR MANUEL GARCÍA CIENFUEGO, CRONISTA OFICIAL DE MONTIJO Y LOBÓN (BADAJOZ)
Pasada Emérita Augusta, en un letrero se lee: Trujillanos, llamado así por los trujillanos que la fundaron, anticipo del paisanaje que veremos; luego San Pedro de Mérida y Torrefresneda; Vivares y Miajadas. El Guadiana riega los campos. El fruto enrojece la tierra Máquinas cosechadoras, tolvas y tractores arrancan, depositan y transportan el oro rojo a las fábricas. El viajero da principio a la subida. Llega Villamesías, Puerto de Santa Cruz y Santa Cruz de la Sierra. El cielo se proyecta sobre el berrocal, patena donde Dios oficia el misterio de la luz. Materia para maestros canteros trujillanos, que con maestría y buena oficialía labraron una eterna sinfonía en retablos de escudos y balcones.
Llego a Trujillo por el camino donde se santiguan los siglos. Parada obligatoria, generosa parada, cuando íbamos a Madrid. Grabando en la memoria, desde entonces, las torres de Santa María, de Chaves el viejo, de los Bejaranos, del Alfiler, San Martín y Santiago. Torres y almenas del castillo.
Trujillo es una ciudad apasionante. Te envuelve su historia, sus monumentos, el paisaje y paisanaje. El viajero escribe desde la amistad: “Trujillo, hermosa tierra en la que tantas grandezas y bellezas quedan”.
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