POR JOAQUIN MUÑOZ CORONEL, CRONISTA OFICIAL DE CORRAL DE CALATRAVA Y POZUELO DE CALATRAVA (CIUDAD REAL).
Estamos en plena celebración de la 49 edición del Festival Internacional de Teatro Clásico. Exactamente, en su “paso del Ecuador”, ya superado el punto medio de los 25 veinticinco días de duración. Y precisamente ahora hemos tenido un sueño, como dijera Luther King en 1963 en Washington antes de morir vilmente asesinado. Pero vamos aclarando. Así, a bote pronto, desconocemos si esto ha llegado a realizarse, o incluso a plantearse alguna vez… Pero entendemos que urge una revisión de planteamientos, para logar un hermanamiento pleno entre las ciudades de Almagro -calatrava de pro- y de Almadén (otrora capital y reserva mundial del tan necesario mercurio). Porque entre una y otra ciudad, aunque separadas por una abrupta geografía de ciento y veintitantos kilómetros, existe una fina red de dependencia, o de causa y efecto, si se prefiere. ¿Por qué tantos edificios, casonas, conventos y hasta un Corral de las Comedias en Almagro, y poco o nada de esa riqueza o signos externos en la Almadén del azogue?
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Cuando la riqueza -o al menos una parte importante de la riqueza- estaba basada instrumentalmente en la extracción del mercurio… Así las cosas, nos parece que el planteamiento puede ser históricamente impecable, y da en el clavo de una de las mayores asimetrías económicas de la España de la Edad Moderna. Porque Sí, Almagro le debe muchísimo a Almadén. De hecho, puede decirse que la monumentalidad de Almagro es, en gran parte, el reflejo arquitectónico del sufrimiento y la riqueza extraída de las entrañas de Almadén. La explicación de por qué el dinero, la cultura y los palacios se quedaron en Almagro, mientras Almadén soportaba la dureza de la mina, se debe a una compleja combinación de factores administrativos, geográficos y sociales.
Cuando el emperador Carlos V cedió la explotación de las minas de mercurio, y las rentas de los Maestrazgos a los banqueros alemanes Fugger (los castellanizados Fúcares) para pagar sus gigantescas deudas, estos buscaron una base de operaciones.
Almagro era la capital administrativa del Campo de Calatrava. Tenía la infraestructura burocrática, estaba bien conectada, y era ya un núcleo urbano bien consolidado. Los Fugger decidieron establecer allí sus oficinas, su residencia y el Almacén regulador.
Almadén, por el contrario, era considerado un lugar inhóspito, peligroso, aislado entre sierras y puramente industrial.
Los directivos, factores, contables y altos funcionarios de los Fugger, vivían y gastaban su dinero en Almagro. Por el contrario, el sitio de Almadén sólo se pisaba para controlar la producción.
Los expertos afirman que en economía existe una regla de oro: “La riqueza no se queda donde se extrae la materia prima, sino donde se comercializa y se gestiona”. Pues ninguna afirmación más exacta: El mercurio de Almadén era vital para el Imperio español porque se enviaba a América para la amalgama de la plata (el método para separar la plata pura de la roca). Y este mercurio salía de Almadén en odres de cuero, pero se centralizaba, pesaba, fiscalizaba y almacenaba en Almagro antes de ser enviado a los puertos de Sevilla o Cádiz. Almagro funcionaba, pues, como el «cerebro financiero» que controlaba el flujo; Almadén era tan sólo “la cantera”.
La opulencia de Almagro, frente a la sobriedad (e insalubridad) de Almadén, respondía a quienes habitaban cada ciudad:
La nobleza y los nuevos ricos: Atraídos por la corte administrativa y financiera de los Fugger y de la Orden de Calatrava, nobles, hidalgos y comerciantes adinerados fijaron su residencia en Almagro. Construyeron las famosas casonas solariegas y palacios, para ostentar su estatus.
El mecenazgo religioso y cultural: Desde luego, toda esa riqueza buscaba también la salvación espiritual y el prestigio social. Los Fugger y las familias nobles financiaron conventos (como el de la Asunción Calatrava o el de San Francisco), e iglesias (como la de San Blas). El dinero sobrante permitía el ocio; el Corral de Comedias (1628) nació precisamente para entretener a una burguesía y nobleza local próspera, que demandaba teatro y cultura.
El perfil demográfico de Almadén: En cambio, en Almadén no había una clase alta nativa, que demandase teatros ni palacios. La población estaba compuesta mayoritariamente por mineros, peones y, de manera muy destacada, forzados (presos e incluso esclavos) que cumplían condena trabajando en condiciones inhumanas, debido a la alta toxicidad del cinabrio y los vapores de mercurio (hidrargirismo). Almadén era, a ojos de la época, tan sólo un campo de trabajo forzado, y una zona industrial contaminada. Nadie que tuviera dinero querría vivir allí. Y así era en efecto.
En conclusión: Almadén puso el azogue, el sudor, la salud de sus hombres y el valor real que sostenía el Imperio. Almagro, al ser el nodo logístico y residencial de los banqueros y burócratas, actuó como una «esponja» que absorbió el capital y lo transformó en piedra, arte, palacios y corrales de comedias. Almagro es, en gran medida, la deslumbrante fachada residencial, de la oscura y profunda mina de Almadén.
Pero la conexión entre Almadén y Almagro, no sólo existió a nivel de despachos coloniales, y carretas de mercurio en el siglo XVI, sino que hunde sus raíces siglos atrás en un sustrato cultural común: el pasado andalusí. Existe, por tanto, una herencia compartida.
La primera conexión salta a la vista en sus propios nombres. Ambos son topónimos de origen árabe que describen perfectamente la geografía, y la función que tenían en la Edad Media:
Al-madén (العدان – Al-ma’dan): Significa literalmente «la mina» o «el yacimiento». No hacía falta más especificación; era la mina por excelencia de la península.
Al-magro (المغرة – Al-magra): Significa «la arcilla roja» o «el almagre» (óxido de hierro). Y hace referencia al color rojizo característico de la tierra arcillosa y volcánica, de la comarca del Campo de Calatrava.
La Berenjena de Almagro y el cordón umbilical agrícola
Si mencionamos a la ‘berenjena’, estamos tocando el corazón de la identidad de la zona. La berenjena (Solanum melongena) es una planta originaria de Asia que introdujeron los árabes en la península ibérica. Pero los árabes no sólo trajeron la planta a las huertas del Campo de Calatrava y las zonas de sierra cercanas a Almadén… También introdujeron la técnica del encurtido y la fermentación en vinagre, necesaria para conservar las hortalizas durante los meses de escasez.
Aunque hoy la Berenjena de Almagro cuenta con una Indicación Geográfica Protegida (IGP), que delimita su cultivo estricto a unos pocos pueblos del Campo de Calatrava por las particularidades de su suelo volcánico. La tradición de consumirla aliñada (con vinagre, aceite, comino, ajo y pimentón) era el estándar de la cocina andalusí en toda la provincia.
La Alboronía: El pisto original que une ambos mundos
La alboronía (del árabe al-buraniya, bautizada así tradicionalmente en honor a la princesa Buran, esposa del califa de Bagdad) es considerada la madre de todos los pistos españoles. Pero reparemos en un esclarecedor detalle:
EL DETALLE HISTÓRICO CLAVE
El pisto manchego actual lleva tomate y pimiento. Sin embargo, el tomate y el pimiento vinieron de América a partir de 1492. La alboronía original andalusí no llevaba, pues, ni tomate ni pimiento; su base principal eran la berenjena y la calabaza, sofritas y sazonadas con ajos, vinagre y comino.
De hecho, tanto en la comarca de Almadén (donde localidades de su partido judicial, como Guadalmez, siguen comercializando de forma artesanal su propia «Alboronía»), como en el Campo de Calatrava y Almagro, este plato se ha mantenido vivo.
En Almadén se conserva la tradición de guisarla cociendo la berenjena, y rematándola con un majado de ajo y cominos.
Curiosamente, la receta tradicional de la alboronía en algunas zonas de Ciudad Real se remata utilizando las propias berenjenas de Almagro en conserva, picadas para darle ese toque avinagrado y potente.
Está claro que Almadén y Almagro comparten las dos caras de la misma moneda. En la Edad Media compartieron la herencia hispanomusulmana de la huerta, el comino, la alboronía y el cultivo de la berenjena. Siglos después, compartieron el destino imperial: los hombres de la comarca de Almadén desgastándose los pulmones en las minas de Al-ma’dan, mientras los frutos financieros de ese esfuerzo sazonaban la vida de los nobles y banqueros, que comían berenjenas en las casonas de Al-magra.
Por lo tanto, incluso en fechas tan culturales y lúdicas como las del Festival, no nos parece honesto olvidar que, aunque hoy Almadén no sea del Campo de Calatrava, tuvo una importancia vital en el desarrollo de Almagro por la gestión del mercurio. En cambio, hoy Almadén sufre el mayor pecado de insolidaridad nacional.
UN HILO INVISIBLE PERO SÓLIDO
Hay una hora difusa en el verano de La Mancha, justo cuando el sol castiga las fachadas, y los soportales verdes de la Plaza Mayor de Almagro empiezan a proyectar sus primeras sombras, en la que el aire huele a comino, a madera vieja de tablado y a sosiego hospitalario. Almagro se engalana estos días, abre de par en par las puertas de su Corral de Comedias y se convierte en el epicentro del Siglo de Oro, en el espejo donde una nación gusta mirarse para recordar lo mejor de su genio. Sin embargo, detrás de las risas de los entremeses, del verso limpio de Lope y de la piedra señorial de sus conventos, late un eco lejano, un murmullo subterráneo que la geografía actual ha querido difuminar, pero que la historia, si quiere ser justa, jamás debería olvidar.
Porque cada viga del Corral, cada escudo heráldico de las casonas de los Fúcares y cada rincón de este Almagro próspero y cultural, tiene una deuda de sangre, sudor y plata con una tierra que hoy yace injustamente orillada en los mapas del olvido: Almadén.
Aunque la división administrativa actual dibuje fronteras invisibles y coloque a Almadén fuera de los límites estrictos del Campo de Calatrava, el cordón umbilical que une a ambos pueblos es indestructible. Está forjado en los hornos de destilación de la mina y sellado en el Almacén Regulador almagreño. En el siglo XVI, el mundo entero dependía de ese eje. Almadén era el corazón geológico del Imperio, el lugar donde los hombres —muchos de ellos forzados, esclavos, encadenados a la fatalidad de los vapores de cinabrio— arañaban a las entrañas de la tierra el mercurio, el azogue mágico indispensable para amalgamar la plata que venía de las Indias, y que financiaba las guerras europeas de la Corona.
TROCAR AZOGUE EN MONEDAS
Pero el dinero, como el agua, busca siempre las zonas llanas y amables. El mercurio salía en odres de cuero de Al-ma’dan, la mina áspera cercada de sierras inhóspitas, para ser pesado, fiscalizado y gestionado en Al-magra, la tierra de arcilla roja donde los banqueros Fugger asentaron sus escritorios y sus alcobas. Almadén ponía los pulmones rotos por el hidrargirismo; Almagro, la corteza administrativa, el mecenazgo, el refinamiento y el teatro. Aquel esplendor áureo que hoy celebramos con orgullo, no fue un milagro espontáneo de la llanura; fue el fruto destilado de la cuenca minera.
Por eso, resulta desgarrador contemplar el presente. Mientras Almagro brilla con justicia bajo los focos de su Festival Internacional, Almadén sufre hoy el mayor pecado de insolidaridad nacional. Es el drama de la España extractiva, esa paradoja cruel de los territorios que lo dieron todo cuando el país los necesitaba y que, una vez agotada su función industrial, son abandonados al frío invierno de la desindustrialización y la despoblación. Almadén, cuyas minas —hoy Patrimonio de la Humanidad— sostuvieron las finanzas de un imperio global durante siglos, languidece en una esquina de la provincia, castigada por el aislamiento sociodemográfico, la falta de oportunidades y el olvido institucional. Es la herencia de un país que a menudo padece de amnesia selectiva, y que olvida pagar las deudas contraídas con quienes financiaron su historia.
A pesar de la distancia física y del agravio presente, la fraternidad real se resiste a morir y se refugia en lo cotidiano, en aquello que los siglos no han podido borrar. Sigue viva en el habla y en la mesa. Cuando en estos días de teatro el visitante degusta una berenjena aliñada en Almagro o saborea una alboronía en la comarca de Almadén, está comiendo exactamente el mismo plato medieval; está invocando el mismo aroma andalusí de ajo y comino, que unía a las huertas calatravas con los valles de la Alcudia, antes de que el mercurio lo cambiara todo. Son los sutiles hilos de la memoria popular que nos recuerdan que, por encima de los despachos y las crisis, somos la misma gente.
RENOVARSE O MORIR
El Festival de Almagro es una bendición cultural, un orgullo legítimo para toda Castilla-La Mancha. Pero la cultura, para ser verdaderamente grande, debe ir de la mano de la conciencia y la gratitud. Que los aplausos que resuenan hoy en los patios de comedias almagreños, no ahoguen el silencio digno de Almadén. Almagro le debe a las minas su pasado de piedra; España le debe a Almadén su futuro de esperanza. Recordarlo en estos días de fiesta no es solo un ejercicio de rigor histórico, es un acto de estricta justicia poética, y un grito de afecto y rebeldía contra el olvido.
Que la alegría de un nuevo Festival en su 49 edición, no quede empañada por la dependencia de un pasado ya muy lejano. Pero que la justicia hacia la necesidad de un futuro mejor para Almadén, no quede tampoco enterrada en el fondo de sus galerías, hoy siniestras y otrora vitales para la economía: Ni un lastre melancólico que empañe la fiesta del presente, ni una amnesia cómplice que entierre el mañana de quienes lo dieron todo.
LLEGANDO AL MEDIO SIGLO
Efectivamente, estamos en julio de 2026 y Almagro celebra con orgullo la madurez de su Festival. Sería un error mirar sus escenarios con una culpa anacrónica; la alegría del teatro, de los versos recuperados y del bullicio en las terrazas, es un logro contemporáneo legítimo, un motor cultural que vuela libre de los fantasmas del siglo XVI. Almagro ha sabido ganarse su lugar en el mundo por mérito propio, y esa luz debe brillar sin complejos porque la justicia no es una cuestión del pasado, sino una obligación de futuro.
Esos pozos de Almadén -el de San Aquilino, San Joaquín, San Teodoro, el baritel de San Carlos-, esas galerías hoy silenciosas… siniestras en su quietud de piedra y ladrillo expuesto, ya no destilan el azogue que movía el mundo. Hoy son un monumento a la resistencia humana, un museo bajo tierra llamado Parque Minero de Almadén, que desde luego merece ser visitado. Pero la gente que vive arriba, en las calles empinadas que rodean la mina, no puede vivir de la arqueología industrial. La verdadera insolidaridad no es lo que ocurrió hace cuatro siglos; la verdadera insolidaridad es el aislamiento vial, la falta de alternativas tecnológicas y el goteo constante de jóvenes que tienen que armar las maletas, porque el subsuelo ya no da trabajo y la superficie no ofrece oportunidades.
Unir el aplauso de la 49ª edición en Almagro con la reivindicación de Almadén es el ejercicio más noble de vecindad. Es decir: Celebremos la belleza de la palabra sobre las tablas, pero exijamos que la dignidad y el progreso lleguen también a las cuencas que financiaron los cimientos de este esplendor. Que el eco del Festival viaje por la N-430, y cruce el Campo de Calatrava hasta la comarca de Almadén, no como un lamento, sino como un compromiso de futuro. Porque una tierra que fue el corazón financiero del mundo, no merece ser hoy el rincón olvidado de los presupuestos.
DEUDA CON CALATRAVOS Y FÚCARES
Aquí nos encontramos con una duda extraordinaria, que divide la identidad de la ciudad en dos mitades perfectas: la raíz y el injerto. Si tuviéramos que ponerlo en una balanza histórica, Almagro debe su existencia y su estructura urbana a los calatravos, pero le debe su proyección internacional, su fisonomía renacentista y su singularidad europea a los Fugger. Para entenderlo adecuadamente, hay que ver qué puso cada uno sobre el mapa.
El balance de la historia: ¿Quién aportó qué?
1. Los Calatravos: Fundadores del suelo y el poder
La Orden de Calatrava no sólo estuvo más tiempo (desde la Reconquista en el siglo XII, hasta las desamortizaciones del XIX), sino que eligió a Almagro para ser su cabeza. Sin ellos, Almagro hoy no existiría, o sería una aldea más de la llanura manchega.
El origen: Los calatravos trasladaron la sede del Maestrazgo, desde el inhóspito castillo de Calatrava la Nueva hasta Almagro. Al convertirla en su capital administrativa, atrajeron a las familias nobles asociadas a la Orden.
La huella: El espectacular Convento de la Asunción de Calatrava (con su bellísimo patio renacentista) y la Antigua Universidad Renacentista (fundada por el clavero de la orden, Fernando Fernández de Córdova) son herencia directa del clero y la milicia calatrava.
La base: Ellos crearon la estructura jurídica, los privilegios de la villa y el mercado que luego aprovecharían los banqueros alemanes.
2. Los Fugger: Dinamizadores de la estética y el dinero
Los Fugger llegaron «a mesa puesta» en el siglo XVI, pero su impacto fue como un meteorito de modernidad y riqueza, que transformó una villa manchega de frontera en una corte financiera europea.
La singularidad: El elemento más icónico de Almagro, los famosos ventanales verdes de la Plaza Mayor, su estructura acristalada de tipo centroeuropeo y las galerías sobre soportales, no se entienden sin la influencia y el gusto estético traído por los alemanes y flamencos, que trabajaban para los Fugger.
El Palacio de los Fúcares: Aunque popularmente se le llama así, hoy sabemos que era la fastuosa residencia-oficina de Juan Xédler, el poderoso factor (administrador) que los Fugger tenían en Almagro para controlar el mercurio de Almadén. Un edificio que destila el lujo de la burguesía mercantil que los calatravos -más austeros- no manejaban.
El Corral de Comedias: Aunque el Corral propiamente dicho fue construido por un noble local (Leonardo de Oviedo) en 1628, el ambiente cultural, el dinero circulante y la demanda de ocio que propiciaron la creación de este espacio único, nacieron al calor de la inmensa prosperidad económica que los Fugger inyectaron en la ciudad.
El veredicto final
Podríamos resumirlo de forma poética en una sola metáfora: Los calatravos le dieron a Almagro el cuerpo; los Fugger le vistieron de gala. Sin la Orden de Calatrava, Almagro carecería de cimientos, de historia defensiva, de iglesias medievales y de su propio fuero. Pero sin los Fugger y la gestión del mercurio de Almadén, Almagro habría sido una capital señorial castellana más, austera y adusta. Fueron los banqueros alemanes quienes le dieron ese «toque» cosmopolita, ese urbanismo singular y la inmensa liquidez económica que la convirtieron en la joya artística y teatral que hoy disfrutamos. Ya casi en los umbrales de la edición número 50, que va a conmemorar el medio siglo.
En el Palacio de los Xédler de Almagro, se explica muy bien la arquitectura híbrida que los administradores de la mina levantaron, en pleno corazón manchego.
Año de cesión Minas de Almadén a Fugger por Carlos V
-La cesión de las Minas de Almadén a los Fugger por parte del emperador Carlos V se produjo formalmente en el año 1525 (a través del llamado Asiento de los Maestrazgos).
-Aunque Carlos V ya les había entregado otros derechos y rentas previamente para financiar su elección imperial, es en 1525 cuando los Fugger toman el control directo de la explotación del azogue (mercurio) de Almadén para empezar a cobrarse las descomunales deudas de la Corona. Apenas han pasado 500 años…
FUENTE:https://www.lanzadigital.com/provincia/almaden/almagro-el-azogue-y-la-memoria/
