POR JAVIER SERRANO COPETE, CRONISTA OFICIAL DE ANGUITA (GUADALAJARA)
La historia, sea ésta netamente natural o sólo histórica y humana, no hace saltos, y, por otra parte, en ocasiones, parece volver a los arquepos. Sinendo como propio el mundo platónico de las ideas primigenias, que lasleyes universales, e interplanetarias, de la sica, en ocasiones, parecen confirmar (con fenómenos como la “evolución convergente” que hizo parecerse a icosaurios y delfines o a Triceratops y rinocerontes, y que, de forma también convergente, hizo que mayas y egipcios hicieran pirámides sin
tener contacto entre ellos) la historia no sólo no hace saltos sino que vuelve a reperse, o parece hacerlo, en una suerte de bucle eterno de déjà vu, o paramnesia, que es un interminable caldo de culvo para la reflexión.
Todos formamos parte, como individuos, de un meszaje de genéca materna (en lo que al ADN mitocondrial se refiere, exclusivamente de esa línea) y paterna. La pureza, salvo en las especies que conocen la reproducción asexual o clonación, no sólo es innatural sino, también, inexistente en un sendo pleno. El propio ser humano actual (Homo sapiens sapiens) posee genéca neandertal, denisoviana y un largo etcétera, producto del cruce (sano para enriquecer el acerbo genéco y combar la endogamia, más o menos intensa, que es uno de los peores enemigos frente a enfermedades y quehaceres biológicos varios, véase el caso de las especies en peligro de exnción tales como el lince ibérico o el demonio de Tasmania…).
La propia “selección natural de grupo”, sin educación, nos predispone hacia el racismo. El “mío” antecede al “yo” en cualquier bebé y el tribalismo es inherente a todo grupo humano en pro de la captura y conservación del mayor número de recursos, desde el principio de los empos. Si se descontextualiza de la riqueza cultural y de la legíma defensa de la singularidad y de las tradiciones (no sólo musicales y gastronómicas, sino, en esencia, lingüíscas, e incluso, religiosas), el propio nacionalismo exacerbado puede llegar a ser una ponzoña tribal esgrimida con egoísmo en pro de la superioridad de unos sobre otros (sea frente a Groenlandia o en la exnta Yugoslavia).
Las crónicas (sean las de Amiano Marcelino, Zósimo, o el godo Jordanes) manifiestan los mismos mimbres de un cesto reiterado en la historia, que ya en el Bajo Imperio romano enfrentó a la macro potencia universal con la alteridad de los pueblos migrantes germánicos (vícmas, éstos, del acoso huno y de un incipiente cambio climáco que acabaría con el esplendor clásico sumiendo al Mediterráneo en el invierno de la Edad Media).
El propio origen, griego, de la palabra “bárbaro” ene una influencia onomatopéyica del “bla bla” incomprensible de los que no hablan la lengua propia. Caracterizados por barbas y pelos despeinados en el Alto Imperio (Adriano y Marco Aurelio popularizaron la moda de vesr barba en homenaje a los grandes sabios, poco prestos al afeitado, de la angua Grecia), los bárbaros fueron pueblos ajenos al imperio (aunque fuertemente influenciados por él) que, lejos de ser una unidad, se unificaban en un concepto diferenciador de ajenidad respecto de los propios que servía de jusficación para el privilegio, y en no pocas ocasiones, la exclusión.
Episodios como el grave desastre de Adrianópolis (9 de agosto del 378 d.C.), que en no poca medida puso los cimientos para la “caída” del Imperio romano como hasta entonces se conocía, y en la que el propio emperador romano Valente falleció pasto de las llamas (resaltándose, así, su crueldad), bien pudieron haberse evitado, no sólo con una policía militar más eficaz, sino con un uso adecuado del fenómeno migrante.
Los hombres de estado de los últimos tiempos del Imperio romano de Occidente tuvieron, en no poca ocasión, un origen bárbaro, véanse los casos de Eslicón (que tuvo a ralla a los godos… hasta que fue cruelmente asesinado a traición, saqueando éstos Roma en el 410 d.C.) o de Aecio, el gran general que, en tiempos de Gala Placidia y Valenniano III, junto a su origen bárbaro y su experiencia conviviendo con ellos, supo unir a una conglomeración de diferentes pueblos capaz de plantar cara a Ala en la batalla de los Campos Cataláunicos, en el 451 d. C., para ser, de nuevo, también asesinado a traición por aquellos soberanos, “puros” de sangre, que no supieron, o pudieron, tratar a tiempo el fenómeno migratorio con el que poder mantenerse en el poder.
La barbarie es sinónimo de escasa civilización, de hecho, la propia “vandalización” ene su origen en los vándalos (el pueblo al que perteneció Genserico y que acabó, con su saqueo de Roma en el 455 d.C., de dictar sentencia de muerte para la romanidad occidental), y, al mismo empo, de una forma de percibir lo otro, que, invocando la selección natural, nos hace ser racistas a falta de educación.
Los tiempos cambian, pero los arquepos permanecen. Por forzado que pudiere parecer, mas como ejemplo de actualidad y, cuanto menos rítmica, manifestación, la pasada noche de Super Bowl fue, no ya un “saqueo cultural” para muchos sino, eminentemente, un desao migratorio hacia el soberano estadounidense que viste hábitos de Valente y debe enfrentarse, una vez más en el empo, al inevitable, y humano, fenómeno de la migración.
Con cantos que recuerdan empos, también romanos, de amuletos fálicos y ritmos dionisiacos, a la manifiesta zafiedad que abunda por lo general en las letras reguetoneras se le unió un desao por parte del “lagomorfo malo” que es cuanto menos “lírica” digna de reflexión en empos de mala educación políca.
Por momentos la escenograa de Bad Bunny pareció recordar la catarsis que sólo la genialidad del “Mozart de Minneapolis”, es decir, Prince, pudo conseguir en un evento equivalente, eso sí, con la no pequeña diferencia del nivel y grado de refinamiento de la música de uno frente al “prehistoricismo” rítmico (que hace inevitable el baile invocando lo atávico) y aquejada sexualidad, rozando lo pornográfico por momentos del actual cantante (también Prince tuvo álbumes como Love Symbol con su célebre, y pegadizo, “Sexy MF”).
Benito dio voz a los nuevos bárbaros ante un nuevo neo-César que hace del abuso una prácca que pretende ser avalada. Aun con un lenguaje que reside en las Anpodas de las loas de Ruben Darío a Hispanoamérica, el bueno de Bad ha conseguido un espectáculo, por antagonismo con la situación actual de intolerancia e ICE, pletórico y que nos hace reflexionar sobre lo eternamente convergente y sobre si estamos siempre, sea España, Europa, EEUU o el Mundo, condenados biológicamente a tratar tarde y mal lo migrante.
¡No volvamos a asesinar a Eslicón o a Aecio, recibamos lo complementario, la mezcla nos hizo especie, y el sincresmo, aún con algunos mimbres vulgares en forma de Reguetón, siempre enriquece!
