POR AGUSTIN DE LAS HERAS, CRONISTA OFICIAL DE VALDEPIÉLAGOS (MADRID).
¿Qué es ley de vida? ¿Quién tiene el poder de la justicia para dictarla?
Mi balanza de ateo y de creyente se tambalea como cuando murió mi madre tan joven o mis abuelas.
Mi única creencia ya, es vivir cada instante de la vida. De vivirla con quien desee hacerlo conmigo.
Porque si dios existe no entiendo por qué a veces escribe tan torcido.
Antes de entrar en una blasfemia sin sentido contra los dogmas, permitidme al menos que maldiga a las moiras que me han acompañado en mis adioses obligados en esta vida.
Yo no acuso. Yo maldigo a las burdas hilanderas. Te odio Cloto, por ser la moira que hilaste la vida de mi primo con tu rueca. También maldigo a Láquesis que midió la longitud de tu vida y sobre todo a ti Átropos que con tus malditas tijeras le secciónaste la vida.
Hoy por muy cercano que me quiera encontrar no podré llenar el vacío que tendrán mañana su mujer Rosi y su hijo Gonzalo. Por muchos ánimos que les trasmitamos en estos momentos sólo ellos sentirán el dolor de su vacío más cercano.
No quiero escribir esta crónica. No quiero.
Las lágrimas emborronan las palabras pero era mi primo y debo hacerlo.
Yo te quería. Te sigo queriendo porque nadie muere mientras no sea olvidado y yo nunca lo haré.
Recuerdo tu eterna sonrisa. Tu voz, tu forma de llamarme primo. Los muchos años de distancia que hubo no se por qué, pero si he de buscar culpables fue mi inexperiencia por no actuar por mi y escuchar a terceros. Qué necio fui ¡Cuánto tiempo perdido! Con los años nos encontramos, por Cristina. Qué jodío dirá cuando lea esto. Pero es cierto. Yo no he tenido hermanos ni hermanas pero los he encontrado en algunos primos. Sobre todo los que nunca me juzgaron. Recuerdo cuando te cruzaron la cara en aquella casa de miedos, cuando la enfermedad de tu madre te trajo a dormir conmigo, y a jugar, y a compartir días de la infancia. Pero se te ocurrió bailar sentado a la mesa en la comida cuando sonaba Formula V, y el elegido para realizar juicios y hacer cumplir sus sentencias te cruzó la cara.
Primo… ya estás con tu madre, con la mía, con nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos.
Como decía, nadie muere mientras no sea olvidado. Yo no lo haré nunca pero… ya te echo mucho de menos.
Te quiero, te querré mientras viva y soy tan canturdeos, como tú, que lo haré hasta después que me muera. Lo haré por nuestra bisabuela Ceferina Pascual, de la que tú madre heredó su nombre. Igual que llevo yo el de su marido, nuestro bisabuelo Agustín.
Me viene a la cabeza la ilusión con que me contaste que te prejubilabas para vivir la vida. Y aquel encuentro en Valdepiélagos donde te reencontraste con tus primos. Sólo por eso mereció la pena escribir un libro. Recuerdo aquel día de pesca que me contaste con Emilio y con Antonio, cómo te dejaron sacar una carpa y como fuiste de exagerado llevándoles viandas de embutido. Qué feliz estabas cuando me mandaste las fotos del Mercedes que te compraste. Y cómo me ayudaste a encontrar un coche para Virginia aunque, he de confesarte que además de tu conocimiento buscaba la intención oculta de entretener tu mente fuera de lo que estabas pasando.
Qué lección nos has dado en cada paso de tu enfermedad. Desde las primeras anacrusas de tu destino has sido firme y realista, incluso cuando decidiste que no podías ganar esa guerra.
Te has ido con 64 años, muy pocos años, a las 14:55 de este 25 de mayo maldito, escuchando The River, de Bruce…
Y ahora sólo siento vacío. Y mucho dolor.
Cuánto te quiero.
