POR ANTONIO BOTIAS SAUS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA.
En Murcia no existe problema alguno con la vivienda. De hecho, se están construyendo casi 5.600 apartamentos, ‘chaleses’ y mansiones, pisos de todos los tamaños y colores. Tampoco hace falta agua, pues el río Segura la atraviesa colmado de caudales a pesar de recorrer un desierto. En Murcia, espérese que voy, una nueva casa apenas cuesta cien mil euros. No hay baches en las calzadas y hermosas palmeras (que no brachichitos del demonio) adornan sus pulcras aceras.
El único problema reside, al menos para los murcianos, que esa Murcia no es la nuestra. Ni tampoco ninguna de las que existen en Bolivia, Chile o Filipinas y que atesoran el mismo nombre. Me refiero a otra Murcia: la que están levantando en pleno desierto de Arabia Saudí.
La nueva ciudad se construye a unos 50 kilómetros al norte de Riad, la capital del país árabe. La zona, conocida como el distrito Al-Jawan, cuenta con más de cinco millones de metros cuadrados. En esa superficie cabría toda nuestra zona Centro, San Antón y San Antolín (incluido el Luis de la Rosario), San Andrés, El Ranero y San Basilio (con toda su pérgola del mercado y el alcalde Burruezo), pero dejando fuera los barrios del sur y el este.
Ya en el año 2020, la empresa estatal que promovía el llamado Murcia Proyect y tan magna obra adelantaba que en su primera fase acogería a unos 40.000 habitantes. Por entonces, casi no quedaba una casa en venta de las más de cinco mil proyectadas. Así que empezaron la segunda y tercera fase. Y en eso andan, en alcanzar las catorce mil viviendas, que pronto se escribe. Casi 600 millones de euros costará la broma. ¿Y de dónde son los albañiles?
-¡Hombre, supongo que de Sangonera la Verde, cantera de maestros!
-Pues no. Y esa es la única pega que yo le veo a la historia.
De la construcción, sin embargo y aunque tardarán más tiempo, se encarga CSCEC, firma china considerada la más grande empresa de construcción del planeta. El proyecto también contempla un inmenso complejo comercial (el denominado Murcia Mall), que costará 150 millones de euros, instalaciones deportivas, 14 mezquitas y otras tantas áreas de juego, ocho escuelas y cuatro centros sanitarios.
Solo le falta su santuario de la Fuensanta y su Museo Salzillo. Aunque eso parece más complicado en tierras donde el cristianismo está prohibido. ¡Enseguida íbamos a sacar una procesión por las calles de Riad!
¿Por qué la llaman Murcia? Sus promotores aseguran que consideran la capital del Segura español una de las ciudades más bonitas de España, con sus atardeceres de colores ocres, esa luz de su cielo que puede respirarse, los horizontes de palmeras y moreras… Y donde mejor se vive.
En eso, mire usted, aciertan los árabes. Incluso recuerdan que el célebre poeta Al-Randi elogió la urbe hace siete siglos largos. Como escribió Zorrilla (y luego nos robaron los madrileños): De Murcia, al cielo.
Para darnos una lección de orgullo, a nosotros que tantas veces casi pedimos perdón por tener la dicha de habitar este paraíso en la tierra, en el proyecto se destaca que Murcia es una urbe «mágica, llena de patios, jardines y artes arquitectónicas».
Alguna de ellas, como el edificio Moneo, ha servido de inspiración para otras construcciones en el desierto, que ya lo es menos. Y lo mismo el trazado de jardines y plazuelas. Una maravilla. Menos mal que el proyecto arrancó antes de que instalaran esas horrorosas pantallas en la autovía que ocultan la belleza de la ciudad. Pantallas que, además, son ilegales en el tramo del Malecón, protegido como está. Pero aquí no pasa nada, como ya saben.
Pienso yo que nuestra Murcia debería hermanarse con aquella. Por puro interés. Los árabes tienen cuartos a capazos e igual, como hacían con el Rey Juan Carlos, nos regalan algunos millones para, pongo por caso, concluir de una vez la autovía del bancal. ¿No estamos ya hermanados con la ciudad china esa de Nanning y díganme ustedes qué pijo tenemos que ver nosotros con aquella gente? Pues eso.
