POR AGUSTIN DE LAS HERAS, CRONISTA OFICIAL DE VALDEPIÉLAGOS (MADRID).
La parte trasera del bar de Brazacorta es un sitio emblemático además de extraordinario.
Si miras la foto parece ser un lugar cualquiera pero no lo es. Se trata de un cuadro de detalles.
Lo primero es el camino.
Allá por el siglo XI el caballero castellano Rodrigo Díaz, el que firmaba con su «ego ruderico», marchaba al destierro por este mismo lugar.
No vi caballeros pero sí sus caballos que eran cambiados de lugar por sus dueños regalando otra estampa digna de un cuadro de George Stubbs.
Otro de los detalles son unos postes de alumbrado que asemejan el lugar al erial del farol de Narnia, como si de puertas a otra dimensión se trataran.
De hecho en este lugar nos dejó Pepe hace años. Cuánta soledad en los últimos tiempos cuando nos ha ido faltando gente tan irrepetible.
Y a lo lejos, la torre de Alcoba, tierras sorianas que saqueó Almanzor en en siglo X. Los días claros, de cielos batidos por el viento, hasta la sierra de los picos de Urbión se vislumbra.
Pero lo que me transportó a otro lugar y otro tiempo fueron letras conocidas que después de muchos años agitan el alma.
En la mesa de al lado, en la terraza, sabían vivir.
Lo hacían exprimiendo ese instante aquellos que la experiencia les ha enseñado mediante bofetadas la volatilidad de la vida. Reían y cantaban canciones de épocas jóvenes donde las letras decían mucho porque estaban entre amigos.
La chica de ayer, estaba hoy con nosotros, y las melodías regadas por cerveza convertían ese lugar de Brazacorta, en el Penta de Malasaña.
Y ahora, esperando que la campana de la iglesia toque a misa donde volver a recordar a José Luis me acuerdo de ayer.
