POR JOAQUÍN CARRILLO ESPINOSA, CRONISTA OFICIAL DE ULEA (MURCIA)
La escasez de medicamentos, en los albores del siglo XX, hizo agudizar la inteligencia a los ‘alquimistas caseros’ uleanos. Para la mayoría de las dolencias, se recurría a las propiedades curativas o paliativas de las plantas y sus productos derivados.
El caso que nos ocupa, se remonta al año 1928, en que se cultivó y comercializó la planta de regaliz (regalicia en el argot murciano). En un principio se utilizó como edulcorante, pero, poco después, se observó que mejoraba los dolores musculares y óseos, así como los procesos diarreicos y el raquitismo, por su gran contenido en ácido tánico, ácido salicílico, calcio, potasio, vitaminas B y C; así como sodio y potasio.
Los expertos fueron el matrimonio compuesto por Perico Puche y su esposa Mariquita. Tenían una tienda de ultramarinos, más bien un colmado, donde vendían de, casi, todo. Lo promocionaron de tal forma, que se produjo una gran demanda, hasta el punto que Pedro Puche se dedicó al cultivo de la planta de regaliz, en un trozo de huerta de su propiedad ya qué, con anterioridad, se recolectaba de las plantas que nacían y crecían de forma selvática en lugares húmedos, como los lechos de los ríos secos, barrancos, orillas de acequias y brazales
Perico como experto cultivador y Mariquita como gran alquimista; se consagraron como grandes manipuladores de las plantas de regaliz, en toda la comarca.
De la planta de regalicia, se utilizaba la raíz, antes de que tuviera los tres años, fecha en que comenzaría a echar sus frutos; disminuyendo sus propiedades terapéuticas. También se utilizaban los tallos de la planta, previa resecación y limpieza, para usar chupándolos ó masticándolos, con el fin de aliviar afecciones de la boca y aparato digestivo. La verdadera alquimia, la efectuaba Mariquita, dándole el toque de calidad.
Para ello utilizaba las raíces de las plantas de regaliz, de unos tres años qué, tras ser resecadas, se cocían, tras ser machacadas, haciéndolas hervir, a fuego lento, en calderas de cobre. Con un palo limpio iba removiendo, de forma pausada pero, sin interrupción, hasta formarse una pasta consistente qué, posteriormente, se dejaba enfriar y secar, en unos tableros de madera o cañizos.
Tras ser preparada, quedaba disponible en forma de emplasto. Una vez seco, Mariquita lo troceaba como si fueran onzas de chocolate, ella le llamaba raciones y, según la cantidad, variaba el precio. Dichos emplastos se utilizaban a nivel local, en afecciones de la piel y, a nivel general, disueltos en una infusión de manzanilla.
La regalicia en tallo, también llamada palo dulce, se secaba en zarzos de cañas y, después de ser lavados con agua, quedaban preparados para ser chupados o mascados.
Perico y Mariquita, vendían la pasta hecha tabletas; como si fuera chocolate y, el palo dulce lo vendían suelto por unidades y en manojos.
El éxito fue notorio y los niños acudían por un “palo dulce”, para chuparlo después de la merienda (o en lugar de la merienda). Los mayores lo utilizaban para aliviar los problemas de salud que antes he mencionado.
La clientela iba aumentando y, después del colegio, sus dos sobrinos Antonio y “el canela” se encargaban de distribuir la regalicia en los domicilios de quienes la habían encargado. Los precios oscilaban entre los 10 y 20 céntimos la tableta y a cinco céntimos el manojo de 10 tallos de “palo dulce”.
El advenimiento de las nuevas tecnologías y la entrada en años de Pedro y Mariquita; unidos a que no tuvieron descendencia, ocasionaron el cese de la industria casera de la regalicia, en el año 1943.

